óscar rodríguez ortiz
Óscar Rodríguez Ortiz / Fundación Biblioteca Ayacucho

Por MIGUEL ÁNGEL CAMPOS

Conocí a Óscar en la oportunidad cuando fue parte del jurado del concurso de ensayo de la primera Bienal de Literatura Mariano Picón Salas (1991). No asistió a la premiación, pero poco después estuvo en Maracaibo, invitado por el Museo de Artes Gráficas, hizo una conferencia erudita sobre el ensayo clásico venezolano y en contrapunto con el género. Allí, finalmente, nos saludamos y esa amistad nunca se interrumpió, hablamos por última vez en octubre de 2018. En mis viajes a Caracas siempre lo llamaba y no faltaba tiempo para tomar un café en los alrededores de La Florida o almorzar en su apartamento, donde por algún apremio alguna vez pernocté.

En aquel concurso, donde mi libro La imaginación atrofiada fue elegido, en el tráfico postal el envío se impregnó de un perfume de mujer, quizás de otra concursante, y aquella fragancia despistó al jurado, Óscar solía recordar esto siempre con una sonrisa que nunca era humor. Julio Ortega, otro miembro de aquel jurado, le pidió saber cuanto antes el género de la identidad, pues una mujer no podía escribir así, lo que seguramente Óscar hizo oportunamente. Alguna conversación debió llevarnos tiempo después al previsible asunto ensayo y escritura femenina, y de la que ya no tengo recuerdos. Lo visité en su oficina de Biblioteca Ayacucho, siempre generoso se las arregló para entregarme decenas de títulos casi como donación, esa costumbre se mantuvo y yo solo debía llamarlo y ubicaba para mí autores y títulos en las librerías de Caracas. Otras veces, me enviaba duplicados de su propia biblioteca, era su manera de entusiasmo por la literatura y su emocionario, el generoso sabía entregar lo más preciado, llenando el espacio formal con virtudes, la certidumbre de sus encarecimientos. Su esposa, Teresa Alvarenga, muy consciente de cómo él entendía la amistad, amorosa colaboraba con aquellas relaciones y disponía no solo su hogar sino una intermediación, y a manera de resguardo de lo invaluable.

Observador del país pensado desde una atalaya quintaesenciada, el juicio de su pensamiento intelectual, sus valoraciones puntuales de la representación, allí se sustentaba una ética y se constituía en todo un discurso: el pensador que escribe sobre los ensayistas que han modelado la nación y su cultura. Y sin embargo, en esa elaboración se vaciaba más que el sentido común del investigador que daba con categorías y precisiones, nos dejaba sobre todo un ánimo, una perspectiva muy personal, sus propias convicciones, el disentir de quien había andado un camino sin dejar sobre la marcha ataduras o atascos que impidieran reordenar lo ya valuado.

Atesoró una manera de libertad que le permitía juzgar sin las aprensiones de la coyuntura, soledad y alejamiento de las corporaciones fueron importantes en la elección de un rumbo. Para él el análisis literario no concluía en la pura eficacia de un estilo de una escritura, y más que instrumento profesional, así hay en todos sus trabajos una adjetivación breve pero siempre también una pausa para ver lo solapado, el resto de la dinámica como flujo de un presente huidizo. Era una manera de poner los argumentos ad hominem en una representación pública sin ceder a los protocolos de la sociedad del conocimiento, a sus formatos prestigiosos, decir desde las variaciones donde en lo civil se integran gestos ciudadanos y símbolos para producir unidades cuya continuidad admitan una lectura autoexplicativa. Sus análisis muestran el país simultáneo, el bullir de su pensamiento que no siempre está en los libros, y tal vez debía horrorizarse de esos esquemas escolares que van a buscar seguridad y prestigio contando lo que ha pasado en la economía o la historia. Mínima dosis de correlato e inmersión en las abstracciones, estas explayan el horizonte de aquel en una actitud de realismo prudente, pero fundando siempre el reino de la imaginación y su riesgo. En sus libros no suele haber ajustadas bibliografías, tampoco citas a pie de página, pero sus fuentes están casi explicadas a lo largo de esas páginas, donde se despliega un ejercicio de demostración de estilo singular: insistencia en aclarar la propia voz, vueltas a lo descubierto y una hermenéutica de la duda a partir de una nueva evidencia. Lo leído se exhibe como en quien despliega una variedad de frutos, la autoridad no se remite a un nombre y ningún acuerdo se da por sentado, con estos no se construye, sirven para confrontar la propia convicción; hay un tono declarativo donde el ensayista va hilando, trae e interroga, luego suelta una afirmación cuya mayor persuasión reside en una provisionalidad que la hace fresca y reconocible en su inmediata fundación. Refiriéndose al libro de Díaz Sánchez, Guzmán, elipse de una ambición de poder, ajusta una síntesis donde ya no es posible saber dónde está el puro de registro de lo juzgado y dónde el índice moral de quien examina mostrando: “tendrá una entonación, pero predominante lo desazonado: la historia muestra los males algo así como perpetuos del país, el horror de la época que sigue a la Independencia, reunión de pícaros, arribistas y doctrineros de pacotilla frente al fondo inmodificado de razas o clases a punto de entrar en rebelión”. De Wilde dijo Borges (no Harold Bloom) que tenía razón en todo o en casi todo, con este otro Óscar me ocurre que cuando el crítico hace una entrada al correlato, gusto del venezolano que interroga el paisaje, su glosa resulta como una verdad risueña, como si siempre hubiera estado allí, dicha desde la parsimonia no sorprende sino que reintegra al lector a una desdeñada intuición.

Quizás su señera pasantía en la revista Zona Franca le haya servido para contrastar la eficiencia de la crítica académica y las necesidades del punto de vista, en aquella revista se ejecutó una tradición de lo nacional donde la disidencia se nutría del compromiso con lo acumulado que debía ser revisado y no negado. Si Liscano representaba muy bien aquella pasión, redactores como Óscar Rodríguez Ortiz y Julio Miranda podían ser siempre la actualización o el recordatorio, y no estamos hablando de estilos de políticas culturales, sino de los perfiles del hacer intelectual donde ilustración y compromiso coinciden sin ceder ni estorbarse.

Lector de perspectiva, sus objetos no siempre están a la vista, para él la obra literaria se construía por acumulación, y si ataba un nombre desde la personalización era para ver cómo mejor se iluminaba al resaltarlo. Sus prólogos, apostillas e introducciones comienzan por una referencia impersonal, no nombra sino que ordena, configura y fiado de su saber del panorama, este nunca le falla porque en la escritura examinada están los ecos de una doctrina, la del hombre guiado por los hilos de una genealogía donde no hay rupturas ni saltos. Sus ensayos, casi invariablemente, comienzan bordeando una periferia, especie de rodeo para aclararse a sí mismo de dónde viene el asunto, luego nos lo muestra en su hilado presente, una manera de evocar antecedentes y régimen sin hacer capítulo aparte. En trabajos como los dedicados a Rodolfo Moleiro, Díaz Sánchez y Briceño Iragorry, este procedimiento resplandece, y nos vemos en trance seductor: una floresta invisible se nos revela, la obra aparece inmersa en una ecología persuasora. Y no es afán de ilustrar con datos del flujo, es sobre todo una hermenéutica; nos hace ver la obra en una perspectiva aluvional, condicionada por las carencias y vacíos, también por sus actos autárquicos de fuerza; su regusto por los ecos intergeneracionales es todo un horizonte de trabajo para el sumariador convencido de que no todo está a la vista.

Dio un contexto a nuestro ensayo de la identidad, rastreó la venezolanidad en nudos de tensión moral, pero siempre distinguía las señas del autor, sus insumos obraban gracias a la potencia de un catalizador que separa y enfatiza, sea Mariño-Palacio o Augusto Mijares, podía anotar con soltura aquello que se fugaba de la genealogía, lo completaba desde una intuición alimentada por imágenes menos visuales que energizadas. Si se trataba de ritmos o tendencias veía lo marginal y lo destacaba como revelación, indica en el costumbrismo, por ejemplo, cómo en su variopinta mirada falta la presencia del hombre como hecho humano, demasiado sumido en el paisaje de lo parroquial, y esto le quita encanto, y cuando este juicio es enunciado ya nos parece inobjetable. Sobre la transición del ensayo nacional, que en una “segunda modernidad” se descubre contemplador de su propio objeto, Miguel Gomes ha valorado con justeza esa verificación de Óscar Rodríguez Ortiz, resalta su periodización para fijarla más allá del llamado contenidismo, repara en esas marcas que dan al ensayo su autonomía en un presente autorreferencial, “ensayo que con frecuencia se tiene a sí mismo por objeto”, y estamos aquí en el corazón del proceso creador como asunto.

En un juicio menos relativo, Gomes propone lo que llama “iconización de ideas” para integrar sus estudios sobre el ensayo a una identidad de la literatura venezolana sustentada en aspectos distintos a sus conflictos temáticos. Esto que lo lleva a prescindir de los pronombres personales, lo llama “liponomía”, y Gomes está pensando en un título como Placebo (1990), pero es posible extenderlo al resto, habría así en sus libros una tensión donde el crítico se desplaza hacia el ensayista en busca de otra clase de autonomía, esa de la voz regulada para señalar no desde el pronombre sino en uso de unos objetos, instrumentos o conceptos, el momento de esta indagación ya no sería solo un catálogo de libros, también la manera como son leídos – “no solo se hablará de un terrorismo estructuralista; y no solo se hará mención de la rigidez y los dogmas críticos tratadísticos que se contraponen a la libertad del ensayismo” (Gomes). La comparación con Pedro Emilio Coll se ajusta desde la posición y el gusto que delimita y evita abarcar – “este escritor ocupa en la segunda modernidad venezolana, como él la llama, un lugar similar al de Pedro Emilio Coll en el modernismo”. Como Coll, ponderó sin pontificar, hizo fluir un estilo de espaldas a las eficacias del tratado y su sanción escolar. Ver desde un punto cenital y elegir, darse tiempo, anotar al vuelo para luego moldear, desdén por los tratados, simpatía por lo fragmentario.

Atrás queda el ensayo de totalización, estudiado como tensión moral de un imaginario más que republicano etnológico. En el suyo propio el descriptor se inclina sobre una explosión, trozos y muestras que dan el tono de otros intereses, así para Rodríguez Ortiz prevalecen en el ensayo “la energía de imágenes sobre los conceptos”, estos son la rigidez de un canon que se hace forense, la sociedad y sus emblemas, aquellas la proliferación, la novedad fecundante. Lo prologal es todo un género en su escritura, no es esbozo ni presentación, parece más bien síntesis donde una fisiología se muestra en su alfa y omega, por lo general está aplicado a reediciones y libros huérfanos, sin adecuado pasaporte, y siempre revaloraciones. Crítico, le exigía a la crítica verse a sí misma, no se ha reparado lo suficiente en la dedicación de su obra a situar el flujo de una función, cómo el examen de la literatura debe estar inmerso en la situación de los instrumentos y su estatuto; si reclama la indolencia en edición y difusión de autores, también recuerda la responsabilidad de una escritura ya no paralela sino simultánea: “la crítica debe ser critica de sí misma de sus insuficiencias”. Es un recordatorio recurrente en sus análisis, pide para esta una conciencia orbital, contemplar su propio tiempo de gestación, pues ella es producida en el mismo torbellino de la obra artística, corresponde a un momento de sedimentación y contaminación, la cultura que observa –el ajuste de Semprúm establece el vector cabal, cuando dice que al cerrarse un ciclo clásico adviene siempre un gran crítico.

Atento a los ritmos sociológicos, Rodríguez Ortiz entendió la importancia de emplazar las generaciones literarias más allá de una cronología, incluso de sus afinidades, y sobre todo las cargó de relaciones extraliterarias, y esto cuán útil resulta para entender la literatura en un continente donde el escritor ejerce tareas de veedor y a veces de comendador. Las generaciones se interpelan, y esto le interesaba para comprender la representación en sociedades donde las instituciones de la ilustración son inconstantes o precarias. De los poetas de los años cuarenta dirá que se estudiaron a sí mismos, esto me parece un hallazgo admirable, y no es cargo sobre la ausencia de crítica, es ampliación de las coordenadas de lo intelectual en un medio ocupado de otras urgencias, y por eso mismo devorador. Memorable es su indicación de cómo la generación del sesenta califica y legitima el pasado en la medida que esté a la altura del presente, y no es presentismo de historiadores, es la validación ruidosa de quienes se creen solos en el mundo. Señala, no sin ironía, la dedicación de la crítica universitaria académica a la modernidad como un objeto supremo. Y no hemos reparado lo suficiente en cómo hay una periodización muy segmentaria, oculta las génesis aunque resalte aquello surgido de la vanguardia y sus rupturas, se incluye ahí esa “práctica que es afán de modernizar a un autor de otra época, ganarlo para un tiempo distinto…”. Si descreía de los cultos obsesivos, como ese de la modernidad, en cambio entendía esos apropiamientos como diálogo útil para enlazar tiempos separados por lo irregular en una cultura de espacios restringidos. La agrupación de escritores ofrecía un problema que él encaró desechando la sucesión de ritmos y buscando otra uniformidad, las familias en el tiempo, en ese sentido Mariño-Palacio le resulta un unificador, su capacidad de sincronizar lecturas extremas, de mezclarlas con éxito, dice, le descubre a un “modernizador” que pone al día desfases del ciclo nacional.

Su ensayo “La poesía leída por la crítica”, aunque no su último trabajo, sí de su último libro, y además cierra el índice, es todo un ruidoso murmullo, en tanto asunto inédito, sobre una relación arisca y casi pendenciera. Allí le interesa mostrarnos una cierta ajenidad de la crítica vuelta sobre sus elecciones, sin dar cabida a la complejidad de su objeto, lo llama apenas “malentendido”, aunque abunda lo suficiente para dejar planteado un iluminador problema de tensión de los géneros. “Es interesantísimo terminar leyendo entre líneas que muchas veces la detracción de la poesía venezolana en tanto conjunto se parece a los análisis sociológicos sobre nuestras imposibilidades como pueblo” –es una muestra más de esa manera suya de encarar la crítica, contaminada de ethos y en permanente necesidad de abrirse a la genealogía de la cultura social. Su bonhomía y calidez, el hombre virtuoso que era, parece extenderse ya señero cuando ciñe un universo de imágenes, cuyo significado siempre será para él de fuerte acento emocional. Sus recursos debían estar a la altura de una diversidad, y eso lleva a la tolerancia, pero también a la integración de los elementos de lo acondicionador de lo estético; sin ceder a la crítica de la cultura, entendía la ascendencia de lo preformador como una ontología. En sus ensayos se entremeten, en claras certidumbres, nudos de las ciencias sociales, la clase media, la posición del escritor, estatuto de las generaciones, todo en una fecundación de la obra indeterminada.

Atento a la noción de recepción, con frecuencia nos llama la atención sobre autores releídos por la crítica en expectativas totalmente distintas, y no es un desacuerdo o falla, quiere recordar el carácter validador de la literatura ensamblada en un tiempo, en ningún caso relativismo, así resulta ilustradora su revisión del poeta Rodolfo Moleiro o su “Mariño-Palacio, el moderno”. En ese ensayo, “La poesía leída por la crítica”, está de cuerpo entero el escritor labrado y hecho a pulso, el observador de un arte, también el lector que quiere crear para su sociedad y su tiempo un espejo referencial resguardado de lo precario de la coyuntura. Interroga los textos clásicos y ve en ellos el lento ritmo de lo acumulado y no por inercia, sino como modelación de lo estable, de allí salen paradigma, gustos y regustos, y por cierto una nacionalidad: sus caracteres, la imaginación debía entonces ser puesta a buen recaudo, desde y más allá de la crítica literaria. Soltura y coloquialidad exhibe Óscar en aquel ensayo, suma de una madurez que ha logrado prescindir de las pruebas, como dice Ortega y Gasset del ensayo. En ese texto paradigmático está como en un diorama la literatura venezolana y su estatuto: malentendidos que son fuente de persuasión, aquí la corrección paralela de los prestigios escolares, allá la autonomía de obra misma, el ritmo de la explicación se asemeja a un coloquio magistral o a un monólogo. Es la madurez de un tipo desde hace rato infrecuente en nuestra vida intelectual, la palabra que lo signa sigue sonando extraña: autodidacta se dice, y como si fuera poca cosa. Self-made man ya descubre la conquista de un mundo y permite ver al hombre solitario y en autonomía de criterio, en todo caso no es fácil haber ejecutado una carrera como la suya, interpretador de la obra y sancionador de imágenes en la era de la sociedad del conocimiento que exige procesos académicos y títulos, situado en el punto extremo de esa cadena.

Se hizo de un enfoque y lo impuso en su efectiva dispersión, citado dentro y fuera de la academia, cuando se trata de un autor que Óscar ha tratado debía ser obligado echar un vistazo, ascendencia de un lector que arropa y con la autoridad de cierto ecumenismo, pero también de la ilustración que conquista simpatías sin pretender ser erudita. Cómo logró construirse esa atalaya obviando cierto condicionamiento del ascendiente académico, ese prurito que aún persiste en la vida intelectual cuando se inclina ante las burocracias de la profesionalización (en una posición de franco desenfado, Mariño-Palacio ironizaba sobre el doctorado inocuo). Ya se sabe, la cultura de masas es hija no tanto de la libertad como de la elección, si aquella aborda al ciudadano, esta lo confronta, le hace explicar, y ejecutar, sus silogismos, y así ya se es hombre del mundo. Mucho de esto hay en la posición de quien puede darse el lujo de posponer métodos y hasta de ser anacrónico –hacer derivar la autoridad ya no de un sistema, sino de tentativas sustentadas en el punto de vista del pensador que demuestra argumentando. Por la libertad de criterio, la insistencia en un desarrollo autárquico, y sobre todo por el alejamiento de modas y cenáculos, solo otro nombre así puedo recordar, otro autodidacta: Laureano Vallenilla Lanz.