Armando Rojas Guardia | Vasco Szinetar©

Por JOSÉ DELPINO

No dejo de preguntarme cuál es la naturaleza de la relación que establece cierta literatura de nuestros días, la que ducha a las palabras hasta dejarlas asépticas y desinfectadas, con los cuerpos que la escriben.

El calidoscopio de Hermes, ARG

Una poesía nunca conforme

Me cuesta una enormidad escribir estas líneas sobre la poesía de Armando Rojas Guardia (Caracas, 1949-2020). La muerte nos deja mudos como experiencia límite, quizás porque nos pone de lleno ante nuestras responsabilidades con la incertidumbre, y con el pasado. Porque nos desbarata esa “nuestra hogareña postura ante la realidad” (1). Y nos pone ante el peligro de consagrar, de inmovilizar. Y es que demasiado perder el aplomo que daba Armando con su persona. Un aplomo místico, activo, que su escritura le fue ganando a pulso a una vida de experiencias límite: la experiencia de la locura, de la discriminación sexual, de la siempre violenta pacatería –o beata, o atea, heteropatriarcal–. Un aplomo que también le ganó al cúmulo de experiencias de catástrofe social que él mismo vivió en Venezuela: desde la modernización acelerada del país, pasando por la larga debacle de la socialdemocracia petrolera iniciada en la década de 1980 –los tiempos de Tráfico–, hasta llegar a la catástrofe del chavismo que nos explotó en la cara en los últimos años.

Sus poemas, su escritura toda, me han desconcertado siempre; pero con ese desconcierto que invita a no conformarse, a tomar partido. En sus textos, la confesión adquiere la dimensión de un acto social, comunitario, expuesto, con el que construye su propia persona ante nosotros en gesto de urgencia. Es así que hizo, y que sigue haciendo tangible con sus palabras, la posibilidad, la justificación, la flagrancia de una fe cristiana siempre fiel a la angustia, al misticismo y a la causa de los oprimidos; es así que sigue convocando la posibilidad, la flagrancia, de un amor no-normativo, homosexual, pero también fraterno, comunitario –nunca dogmático o elitista–; es así que nos interpela con la urgencia, con la demanda de una mirada dolida y crítica del país, y de los repetidos proyectos políticos de soberbia y de saqueo que plagan su historia.

El aplomo de su herejía siempre me sorprende y me agita. También la mezcla de solemnidad y humor con que su palabra poética se mantuvo alejada de toda pacatería intelectual. Esa poesía sonora de decir alargado, “long-play demente” que “con la voz de Francesca” en las entrañas siempre retó la sobriedad inmaculada del canon poético venezolano. Sí, su poesía, “con la voz de Francesca” en sus entrañas, en nuestras entrañas. Con su conciencia de “erecciones imprevistas”, “de incómodos boleros” –genitales, musicales– “del deseo”. Con su interpelación del aquí-estoy-soy-hablo contra nuestra tanta costumbre hogareña, contra nuestra pacatería y tabú de país, y de mundo. Con ese despecho tan propio del bolero, tan caribeño, orgulloso, regio, elocuente, lírico. Con esa melodía verbal –sagrada y obscena– que no pocas veces se desborda sin pudor pero con medida y paladar bien ajustados; sin perder casi nunca la recurrencia, variable, de la cesura y del silencio. Esa poesía que se extiende más allá de la cesura de cada verso como un jazz desbordado, fuera de quicio, y en cuyas sábanas, el Caribe, el Siglo de Oro, Lezama Lima, Ernesto Cardenal, el misticismo, la filosofía de la sospecha (Nietzsche, Freud, Marx…) y del diálogo (Levinas), se entrerredan, se acuestan, luctuosos, con la voz de un Daniel Santos o de una Toña la Negra, con las vibraciones obscenas de una Caracas de lujos, de favelas, mercancías. Porque tiene alma de bar, bolero, calle y guaracha, alma de ciudad su poesía, alma de Caracas tanto como de misticismo, biblioteca y seminario. Incluso si pensamos en libros tan depurados de referencias como La nada vigilante (1994) o El esplendor y la espera (2000), esa brega verbal con la nada y la incertidumbre nunca se desarraiga, por un lado, de una idea profunda de la historia concreta, material, como experiencia compartida y, por el otro, de la poesía como cuerpo y musicalidad.

Su poesía entera, andamio de versos sonoros, es la imagen dialéctica, compositiva, del lujo y del silencio, de la mayor complejidad y la mayor simplicidad humilde que allí se dan la mano. Es también la imagen dialéctica de la vívida tensión en vilo, como urgencia así vivida entre lo individual y lo colectivo. Esta poesía, esta escritura, nos presentan un interés desbordado en sí mismo que es, a la vez, la sostenida tendencia de someter ese propio “yo” al escarnio; al escarnio de la Otredad, del prójimo, del país, de las necesidades más inmediatas de lo colectivo. En este sentido, sus poemas nos invitan a despertar de nuevo siempre de todo sueño lírico autocomplaciente. El poema en Armando es siempre un sueño melodioso que despierta, que se hace consciente de su precariedad tanto como de su propia potencia. Nos despierta, se despierta siempre esta poesía, por un lado, gracias al desafío barroco del laboratorio de sus mezclas intelectuales, o de sus vértigos subjetivos, materialistas y místicos a un tiempo. Y, por el otro, nos despierta también esta poesía con la miríada interminable de sus antídotos. Uno de ellos, la “anécdota boba” (2), que, en toda su precariedad, al que escribe el espejo le devuelve: “y hoy soy apenas el neón enfermo de esta luz / el roce minucioso de este lápiz, / este papel mugriento donde atisbo / una sintaxis monótona de días” (3).

La poesía de Armando nos mantiene atentos tanto a la potencia como a la limitación de toda práctica intelectual. En ella, la nada, la incertidumbre o la contemplación, no son alternativas sino en la medida en que nos mantienen vigilantes, atentos, pendientes de la existencia del prójimo y de la injusticia. No son el rechazo de la Historia o de lo “mundano”, sino más bien su extrema postulación como espacio de encuentro con lo divino. Y para Armando lo divino no es otra cosa que la manifestación del Dios de los parias, de los excluidos.

El sujeto como acto y creación

Tanto sus poemas como sus ensayos podemos entenderlos como zonas de subjetivación, como zonas de pliegue (4). Su poesía es el taller obsceno donde hace posible su vida, su persona, y con ella la vida de otras; donde pliega y repliega las posibilidades de hacer-subjetividad frente a un mundo, y un país, que se empeñan en conformidades, en fobias sexuales, en políticas de la opresión, en fascismos flagrantes o velados, en la destrucción de toda comunidad bajo las consignas del miedo, o de la higiene social, cultural, mental, fisiológica. Es el empeño de sus poemas hacer de su artesanía de subjetividades un territorio político, particularísimo; nunca una arena de meros juegos “esteticistas”, o posmodernos. Su poesía nunca se refugia en el sujeto como única alternativa; como eso que nos queda, como el resto, o el opuesto, el sucedáneo de la política. No. La escritura toda de Armando se impone la tarea de exponer al colectivo las aporías fértiles del sujeto. De ese sujeto que intenta hacer-se y ser-se desde la escritura y desde la fidelidad a ser paria, marginal. De ese sujeto que pretende reclamar, ganar, agitar un espacio para sí en una sociedad que lo asfixia.

No se trata de jugar juegos de subjetivación, sino de jugarse en la subjetivación, e intentar nuevas formas de enfrentar las opresiones. En el caso de Armando esto pasa por explorar las posibilidades acotadas –pero necesarias, potentes, valiosas– de la propia subjetividad como punto de partida y de retorno. Si la poesía de Armando se preocupa obsesivamente consigo mismo, hay que entender que el sí mismo aquí no es otra cosa que un vacío que se pliega sobre la exterioridad de lo material, de lo colectivo, del prójimo: nada vigilante en permanente tarea imperfecta de diálogo. El sujeto es algo que siempre se intenta, es más una práctica que una cosa, algo que hay que constantemente crear. Claro está que los sujetos que somos son también sedimento y memoria. Pero si algo nos dice la escritura de Armando, si es esta fiel a algo, es a la idea de que no debemos refugiarnos cómodamente en versiones cerradas de lo que somos, sino que nos pide “renunciar a lo interior ya confortable” (5).

Su poesía de la experiencia expuesta no nos propone al sujeto como último refugio, como lo último que nos queda –especie de consuelo de la pospolítica o de un ethos inerme despolitizado–. Más bien nos propone una subjetividad en creación como punto de impulso, como una posibilidad que no se disocie de otras formas de acción, de política. Si insiste en las zonas de subjetivación es porque las concibe como uno de los primeros frentes donde se afincan nuestras opresiones –económicas, sexuales, religiosas–; uno de los lugares donde podemos alterar las condiciones de posibilidad de la emancipación y la justicia. No el único, ni el último, claro está. Pero sí un bastión necesario, ineludible.

Por un legado sin complacencia

Con la muerte de Armando más que nunca se abre su obra a un terreno de peligros. Darle los más diversos sentidos a la actualidad de su palabra nos queda como tarea. Su partida hace incluso más grande la brecha de posibilidades según la que podemos interpretar su obra. Entre otras cosas, cómo respondemos la pregunta por los límites, o limitaciones e implicaciones de sus herejías intelectuales y poéticas. Nos deja una poesía que nunca intentó ser complaciente. Lo peor que podemos hacer es convertirla en un tesoro, consagrarla, llenarla de aura vaga, de solemnidad vacía. Tenía Armando un increíble coraje de mediar la realidad con su escritura, en posiciones nada cómodas, nada fáciles, encontradas: una especie de orgullo intelectual por persistir en la paradoja creativa, en las “imposibles” reconciliaciones religiosas, políticas. Darle paz a su “obra”, convertirla en monumento, consagrarla, despolitizarla, deshistorizarla es perderla del todo. Es hacerla cuerpo perdido.

Su legado no es un cofre cerrado con un adentro de tesoros. Es un espacio abierto, obsceno, contestatario. Veremos muchos Armandos distintos en los homenajes que fueron y vienen. Quizás más de los que podíamos ver en vida. Algunos de esos Armandos me serán francamente incómodos. Toda lectura es un acto político, aunque a veces se disfracen las lecturas de otra cosa. Yo deslindo mis límites de lo que no puedo negociar de la obra de Armando. Entre otras cosas, no es ella una “gran” obra “a pesar de su condición homosexual” o de su fe cristiana tan cercana al marxismo. Tampoco es una obra cristiana “a pesar de su materialismo místico”, o viceversa. Es una obra potente políticamente precisamente en la medida en que es, todo junto, todo reunido, una poesía cristiana, homosexual y comprometida con la liberación, y afincada en un misticismo de lo material.


NOTAS

(1) Armando Rojas Guardia, Obra completa: Ensayo: 1985-2005 (Mérida: Equinoccio; El otro, el mismo, 2006), 279.

(2) Armando Rojas Guardia, Obra poética (Mérida: El otro, el mismo, 2004), 126.

(3) Rojas Guardia, 130.

(4) Mi lectura de la escritura de Armando Rojas Guardia como zona de subjetivación política la desarrollo a profundidad en Ética del sujeto ex-puesto (tesis de maestría). Allí, entre otras cosas, hago contribuciones teóricas y críticas para una política de la subjetividad. Para ello dialogo con los certeros comentarios de Rafael Castillo Zapata sobre la escritura de Armando, así como con el pensamiento de Gilles Deleuze y Michel Foucault sobre las zonas de subjetivación. Ver Rafael Castillo Zapata, «Prólogo», en Obra poética, de Armando Rojas Guardia (Mérida: El otro, el mismo, 2004); Michel Foucault, El coraje de la verdad: El gobierno de sí y de los otros II. Curso en el Collège de france (1983-1984) (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2010); Gilles Deleuze, La subjetivación: Curso sobre Foucault: Tomo III, vol. 3, 3 vols. (Buenos Aires: Cactus, 2015); Gilles Deleuze, Foucault (Barcelona, España: Paidós, 1987); José Delpino, Ética y estética del sujeto ex-puesto: La escritura de Armando Rojas Guardia (Máster, Caracas, Universidad Simón Bolívar, 2014).

(5) Rojas Guardia, Obra poética, 235.


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