Por MARÍA CLARA SALAS

Dice Benedetto Croce (1866-1952) que la humanidad proviene del dominio espiritual. La poesía de Armando Rojas Guardia es testimonio de esa humanidad. ¿Cómo se logra? Posiblemente a través de muchas vías, pero hay algunas que son especialmente señaladas en su poemario Patria y otros poemas (Caracas, Editorial Equinoccio, 2008). Ya en el primer poema, “Patria”, se ubican los verdaderos caminos y sujetos: “los efímeros, los quizá, los transeúntes”. Intereses que no ha tenido la Patria, obsesionada por los “sueños opulentos de la historia”, preocupada no precisamente por los más indefensos sino por una “pátina absurda de grandeza”. En su poemario, Rojas Guardia mezcla los temas personales con las miserias de la Patria. Los olvidos de la Patria se asumen, se reconocen como propios. Admitidos los errores, es posible, siempre, amar a la Patria y perdonarse a sí mismo.

En un sentido ya íntimo, el poeta recurre a la imagen de la desnudez en un intento de recuperación de la primera inocencia, la búsqueda de la inocencia es un hilo tenso que estructura el poemario. Lo desnudo se manifiesta como exigencia, como dolor y espejo de la verdad que no debe ni necesita ocultarse.

Incluye Rojas Guardia en su poemario el fragmento bíblico de Génesis (3:9-11) para recordar el relato de la pérdida de aquella desnudez inicial:

El Señor Dios llamó al hombre: –¿Dónde estás?

Él contestó: –Te oí en el jardín, me entró miedo porque estaba desnudo (…). Y el Señor le replicó:

–Y ¿quién te ha dicho que estabas desnudo?

La desnudez del hombre, hecha de circunstancias dramáticas, no implica el olvido de Dios. El poeta describe la fragancia que sigue su espíritu:

El olor del madero unge la noche,

vuelve exhaustos mis versos al nacer

y no puedo velar, acompañarlos

camino del Pretorio.

(“Retén judicial”)

No es fácil estar junto al encarcelado o el pobre. Pero sin esta unción de lo terrible, ¿quién puede emprender el camino? Al lado de la noche está la belleza.

En el poema “Las cosas”, la belleza aparece como una intuición esencial de lo que se es, antes de la duplicidad de la mordida. En este poema, el trayecto que se propone es el siguiente: “Si dejáramos ser / a las cosas, las sencillas / que nos cercan y acompañan / desde su centro silencioso /… yo sé que reinauguraríamos el mundo, / el esplendor orgánico del cosmos, / frutal ya antes de morderlo”. La máxima tomista se recuerda: pulchra enim dicuntur quae visa placent. Se dice que son bellas las cosas que nos agradan. ¿Cómo rechazar lo que nos place? La visión del poeta se demora largamente en las cosas pequeñas. Rojas Guardia eleva sus llamadas a lo absoluto desde lo más elemental. Placer y sufrimiento, revelación a través de lo sensible conducen a una visión que transforma sus impresiones en arte.

Imposible es, como pensaba Croce, separar el contenido de la forma.

“Nazco a la fe” es una confesión sobre lo difícil y sobre el don que lo marca: “Nazco a la fe a cada hora”. El lugar de este nacimiento es “sobre el suelo consabido y entre las paredes de costumbre”. No titubea, el poeta, al decir que su fe se parece “al barrer uniforme de la escoba, al sumiso calor de la cocina”. “Esta fe es ardua por anónima”. No por ello menos intensa. Resulta poco usual encontrar tanta sinceridad y abandono en manos del lector. Con inusitada pasión por lo divino, Armando Rojas Guardia pregunta:

¿cómo decir que escojo para siempre

nacer hacia esta fe cada minuto

bajo la urgencia en paz, impostergable,

de padecerla al sol y de gozarla

como llanto fetal en aire pleno?

El poeta elige la fe: “afán de pulcritud, fuego obediente”. En “Nazco a la fe” se exaltan las epifanías de lo cotidiano, la teología de lo ínfimo: “sumergidos en el polvo cotidiano: / ¿no es aquí adonde nos conduce / el camino de Teresa de Lisieux?”. Recuperar lo pequeño, lo olvidado, lo infame es el propósito que lleva derechamente a “La desnudez del loco”: título del último y extenso poema del libro, texto en el que se enlazan los principios y la herida, la confidencia íntima y el amor primero.

“Se escapó desnudo”, dice San Marcos, refiriéndose a sí mismo (Mc. 14:51-52) al narrar el episodio de su huida al ser acosado por los que perseguían a Jesús en el huerto. En otra parte, el evangelista Juan, refiriéndose a Jesús, recoge las palabras: “Está loco de atar, ¿por qué lo escuchan?” (Juan 10:20). Ambas citas dirigen la meditación poética de Rojas Guardia sobre los insólitos caminos que se abren a la comprensión y recuperación de la desnudez que no le teme a la mirada de Dios. ¿Cómo puede ser que la locura, lo marginal, lo cotidiano, la desnudez sean caminos? ¿Cómo un modo tan atribulado de vida puede rescatarse?

… toma conciencia de la gracia

que ha sido recibir la enfermedad

como invitación a vivir de otra manera,

con temor y temblor ante el milagro

de existir todos los días, bajo el cielo.

Ciertamente, “la poesía de Rojas Guardia tiene una calidad de jamás oída”, fórmula que utiliza Gabriela Kizer en su prólogo al libro Patria y otros poemas.


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