Es increíble lo desordenada que es Anita Pantin, y el desorden que trasmite a los que la rodean en un momento dado. La entrevista que le hicieron Luisa Barroso y Luis Lozada Soucre, por ejemplo, fue realmente caótica. No tuvo ni principio ni fin. Se habló de todo con tal enredo que parece que nada llegó a decirse. Hubo instantes de altura y de seriedad, y hubo momentos de mamadera de gallo y de relajo. Apotegmas y chismes. Todo se debió al modo de ser de Anita Pantin, una inteligente y bella mujer que se dedica a numerosas disciplinas plásticas. Dispersa, excéntrica, voluble, todo lo hace –eso sí– con buen gusto. Una vez fue a una fiesta en Nueva York vestida de paltó-levita combinado con blue jeans, y una abuelita yanqui sentada a su lado quedó maravillada de tan raro atuendo, en vez de escandalizarse, como hubiera pronosticado algún pacato. La contemplamos con el pie izquierdo calzado con una media roja, y el derecho con una media azul, a eso llega su desorden y lo explica porque encontrar en su casa un par idéntico le llevará horas. A su amiga Dacha Nazoa le gusta la disonancia y la regaña cuando la ve formalmente con un par de medias iguales.

Anita Pantin vive en un pequeñito apartamento que es un caos fenomenal: no tiene gas, el lavaplatos es una bañera de recién nacido; la cama es su “mesa” de trabajo. Apenas ahora tiene fregadero y nevera, y en su compra ahorró Bs. 100 porque su padre le dio 1.000 como adelanto y ella hizo la compra por 900. Anita Pantin no es, como podría imaginarse alguien sin sentido del humor, una “pata en el suelo”. Ella es de viejo y noble abolengo. La calle Pantin de Chacao se llama así porque sus primeros pobladores fueron unos Pantin tatarabuelos de Anita. Su abuelo paterno era Pantin Tovar, descendiente inmediato y directo de Manuel Felipe Tovar, aquel Presidente de la República, tumbado en última instancia por José Antonio Páez cuando este impuso su dictadura en tiempos de la Guerra Federal. Recordemos que este Tovar, cuando era Vice –antes de ser designado Presidente– huyó a Puerto Cabello disfrazado de marinero y con un saco de carbón al hombro para escapar de una de las tantas asonadas de la época. No suena raro, entonces, que ahora Anita Pantin suela vestirse en ocasiones de una manera tan arbitraria.

―Es verdad que son mujeres los Pantin de cierta fama actual. Pero, hay dos personas que van a salvar el asunto. Uno es mi hermano Tomás. Acaba de ganarse seis u ocho medallas de oro en un concurso de fotografías en Texas. Él empezó a estudiar ingeniería y ahora se dedica a la fotografía. El otro es mi otro hermano, José Antonio. Tiene años escribiendo cosas de teatro. Lo que escribe no se lo enseña a nadie, pero va a ser una revelación. En mi casa dicen que a este hermano yo lo corrompí. Mi papá me reclamaba que si ya yo estaba corrompida no era justo que yo corrompiera a mi hermano. La acusación venía por un libro que le presté. Era la época del boom de la novela latinoamericana. Todos los jóvenes querían leer esos libros. Graciela, mi hermana mayor, compró Cien años de soledad, de García Márquez. Y yo gasté toda la plata que tenía, Bs. 60, una fortuna para mí, en La vuelta al día en ochenta mundos, de Julio Cortázar. Se lo presté a José Antonio y se armó un lío. Se lo decomisaron, puesto que no tenía edad para leer un libro como ese. Mis padres censuraban nuestras lecturas por pura ignorancia. El que no conoce algo llega a tenerle miedo. Yo misma debía leer muchos libros a escondidas. Cuando iba al baño y dejaba mi libro en el cuarto o en la mesa, ¡zas!, me lo quitaban. Una vez quise aprender fotografía y, ¿cuál no sería la reacción de mi padre?: “¿Qué te crees tú, que eres un hombre, que te vas a meter en un cuarto oscuro con hombres a revelar fotos?”. Si las fotos se revelaran con el pipí, lo hubiera comprendido.

―Por eso, en mi casa los varones fueron los únicos a quienes se les pagaron sus estudios; a nosotras las mujeres, no. Graciela tuvo que costearse ella misma sus estudios y yo no pude hacer ninguna carrera. Quise una vez estudiar en Suiza y la respuesta fue que tenía que regresarme. Es que Graciela estaba recién casada y vivía allá. A mí me mandaron a vivir con ella para que asentara cabeza con su ejemplo. Y no quería ir, porque hacía poco que había empezado a incursionar en las artes plásticas. Clara Sujo me regañó, me dijo que iba a perder el tiempo, que podía retrasarme diez años si no culminaba en Caracas esa primera etapa de creación. Bien, yo dije que me iría por dos meses, pero me quedé más tiempo. Me sedujo la maravilla de estar a los 20 años totalmente libre de las ataduras de mi casa, sin esas prácticas de pura mojigatería del siglo XIX, sin ese disgusto de tener que esconder los libros para que no me los decomisaran. Figúrate que en mi casa solo había un libro de pintura, y estaba por completo vedado a nuestra lectura por incluir varias reproducciones donde se mostraba a gente desnuda. De todas maneras, había una tradición artística en la familia, cierto talento para la pintura. Además, yo tenía unas tías, totalmente distintas del modo de ser de los de mi casa. Recuerdo a una prima hermana de mi mamá, de nombre Susana Gimón de Medici, muy culta, muy ilustrada. En su casa había montones de libros al alcance de la mano. Allí no existía la represión, los niños no éramos considerados como de otra raza, allí se hablaba de todo.

―¿Que cuándo se me prendió el bombillo de la pintura? Cuando tenía cinco años. Un día me dio fiebre, no podía ir a la escuela, mi mamá me trajo una libretita y una cajita de seis creyones para que me distrajera en la cama. Empecé a dibujar unas ramas y unos pájaros; los pájaros me salían como vacas, todavía los conservo. Pinté también una capilla, esa sí me salió bien, cosas de la religión. Recuerdo a mi abuelo en esa capilla de la hacienda, la misma que cita muchas veces Yolanda en sus poemas. Mi mamá me dijo que era muy bello el dibujo de la capilla y así cogí fama de pintora en la casa, ya que por algo teníamos que descollar cada uno de los seis hermanos, nacidos en un corto periodo de nueve años. Desde entonces, una caja de creyones es para mí más efectiva que un cohete para elevarme a otros mundos de fantasía. También, el teatro siempre me ha encantado pero, con esa familia mía, ni siquiera podía pasarme por la imaginación hacer teatro cuando era niña. Fue hace unos años, cuando me encontré con Juan Carlos Núñez, que él me propuso que hiciera unos ángeles para una música de su creación. De primer momento, olvidé su proposición, pero meses después pinté un ángel de pura causalidad y me acordé de Juan Carlos. Se lo enseñé y a él le gustó mucho. Lo usó en una obra que se llama Más música en la historia del hombre. En fecha más reciente, Gustavo Tambascio me llamó para que le hiciese la escenografía de la obra de Elisa Lerner En el vasto silencio de Manhattan, que él iba a montar. Pero, después de muchos líos, renuncié a hacerla. ¿Por qué? Porque no había tiempo, renunciaron varios actores, Tambascio estaba ocupadísimo con miles de cosas. Yo le enseñaba los diseños y él no los veía porque estaba muy cansado, se dormía, y después me reclamaba que no le había mostrado los diseños. Él quería solo pintura en el escenario, yo había hecho doce escenas, y luego él dijo que quería una sola escena, después dijo que quería otra cosa y que iba a buscarse un escenógrafo. Discutimos, peleamos y le renuncié.

―Cuando estuve en Suiza, estudié en el Centro Ginebrino de Grabado Contemporáneo. Yo había trabajado en serigrafía en el taller de Luisa Palacios. No tenía dinero, mi hermana se había ido a Nueva York porque su marido, diplomático, fue trasladado a esa ciudad. Yo no sabía lo que era Nueva York, por eso no me atraía. De modo que yo misma limpiaba mis cosas, zurcía, trabajaba en publicidad. Además, recibía clases de danza y de dibujo. Mi abuela, en Caracas, comentaba en casa: “No le manden plata a Anita para que pase hambre y se regrese, ¡qué horror!, una señorita sola en Suiza, quién se va a querer casar con ella después”. Pasaré hambre, pero no me regreso. Me mandaban Bs. 300 al mes. Luego, me subieron el envío a 100 dólares; y con eso me fui a vivir a Italia. De verdad que pasé trabajo, el cuarto no tenía calefacción y había que buscar carbón en el sótano para prender unas estufas. Agotada, me sentaba en la cama a dibujar y no me salía nada, se me había secado el coco. Fue cuando unos amigos italianos me invitaron a Italia, a vivir, según ellos fabularon porque era mentira, cerca de Siena, al recordar ellos que yo había visitado una vez Siena por unos minutos y me había parecido una maravilla esa ciudad. Otra vez sola en Italia.

―Mi primera exposición fue de gráfica, en la Sala Mendoza. Tengo pocas muestras individuales porque produzco poco. Quiero probar de todo y no quiero abandonar ninguna de las cosas que he probado. La pintura, la danza, el teatro, los títeres, la gráfica, la utilería, la escenografía. Mi ambición es unificar los lenguajes plásticos. Además, como mujer, he tenido problemas para realizarme. Una vez alguien, para solo citar un caso, me dijo que los cuadros pintados por mujeres deberían de tener un mismo precio. Sé que no hay muchas pintoras consagradas, pero hay valiosas, monstruos como Luisa Richter.