Es novela de la infancia, de la pérdida de la infancia, acaso la pérdida fundamental del ser; y del paso a la adolescencia. Es novela de la constitución del yo; y lo es de ese territorio de complejidades y enigmas que es la subjetividad femenina. Su autora es Antonia Palacios (1910-2001); la primera edición es de 1949.

Con elegante prosa, la novela relata la etapa de infancia de Isabel, cuando tenía 8 años, hasta la pubertad. La representación de la “plenitud” de la infancia se enhebra en un tejido simbólico de representaciones de la alteridad: el agua, y sus variaciones: el río y el mar, la lluvia y las lágrimas, el espejo y los vidrios, que aparecen con ritmo de recurrencia. Esas representaciones significan y resignifican el meandro de vivencias de la infancia: la intensa manifestación de la sensibilidad, el cúmulo de sensaciones, el ansia de protección y totalidad; y la pérdida lenta e implacable de la infancia en el viaje hacia la pubertad.

El texto responde explícitamente a lo que quizá sea la intencionalidad, secreta o expresa, de toda novela: narrar el acontecimiento de la vida, ese viaje esencial, a la vez como continúa pérdida y como constitución del yo: plenitud de un estado (la infancia) y adquisición de la conciencia para la posibilidad del conocimiento. Con el reconocimiento de la transformación que se ha operado en su cuerpo y que cambia totalmente el rumbo que llevaba como “niña decente”, Ana Isabel entra a una vida nueva, que aunque siga siendo la misma de antes en sus aspectos externos, ya es completamente diferente en su interior. Su personalidad está afianzada, la relación con sus padres está bien delimitada. Ella es parte de un núcleo familiar definido. El caos y la incomprensión de su vida de “niña decente” ha concluido. La fragmentación de su propio yo ha dado paso a la unidad. La lluvia de lágrimas con que cierra la historia parece responder de manera difusa al temor por la feminidad y la sexualidad que se proyecta en el futuro. El mundo de la niñez como un paraíso perdido, irrecuperable, solo posible de recuperar en la literatura (de allí la frase de Walter Benjamin: “La literatura es la infancia por fin recuperada”), y el camino a la adultez.

Ana Isabel, una niña decente es, por su voluntad de estilo y por su intencionalidad estética, una de las novelas más hermosas del siglo XX venezolano.

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Este texto fue publicado por primera vez en marzo de 2008, en la web del Centro Virtual Cervantes.