Por ALEJANDRO VARDERI

La avidez de lo otro. Lo uno y lo otro:

máscaras distintas de un único ser dividido.

Nueva York desde Washington Heights

Una imagen recurrente en mi imaginario del acontecer de Washington Heights, nuestro barrio emplazado sobre la parte norte de Manhattan, es Alicia dirigiendo la elaboración de las hallacas decembrinas. Diversos recipientes, con los ingredientes finamente picados, aparecían escrupulosamente ordenados junto a las hojas y la masa para que Dinapiera Di Donato, su compañera de viaje, Gerardo Febres, el amigo siempre cercano, y yo, el vecino y colega universitario, nos abocáramos bajo su estricto comando a rellenar, envolver y amarrar en tanto ella, desde una silla al frente, supervisaba el performance fumando uno de sus característicos tabacos.

Desde tempranas horas de la madrugada —Alicia acostumbraba recogerse temprano y levantarse mucho antes de la salida del sol— había estado abocada a la confección del guiso y de la masa, así que le tocaba descansar, mientras nosotros armábamos la cadena de producción salpicada por sus agudos comentarios. El ambiente literario hispano en Nueva York, los pormenores del Departamento de Lenguas Modernas de BMCC —el college de la City University of New York donde ambos trabajamos—, los matices de las interpretaciones de algunas de sus boleristas preferidas, se nutrían del saber y el sabor de su afiladísima lengua.

Degustar las delicias de “un saber acuerpado a la palabra” como continente de ese sabor dable de, en palabras de María Fernanda Palacios, “conducirnos por los vericuetos seductores y enceguecedores de Eros en la lengua, la lengua traviesa, la lengua deseante, apetente y apetitosa”, era invariablemente una fiesta de significados múltiples. Aquí los sobreentendidos y el double entendre añadían su sazón a nuestros diálogos —Alicia comentaba que yo era al único a quien dejaba meterle mano a la masa de sus bollos— concernientes a algún sustancioso episodio, vivido en la Caracas dejada atrás hacía tantos lustros.

Y es que en la oralidad y la escritura de Alicia Perdomo la pulpa de los vocablos continuamente rezumó ese jugoso decir, donde la erudición y el deseo hallaron su balance crítico en los textos sobre autoras afines. No extraña entonces que fuera una escritora de tanta riqueza léxica y fina ironía como Elisa Lerner, el sujeto de su libro Variaciones de un personaje. O que alguien tan inmerso en la densidad poética de los significantes, a partir del paso del tiempo y la recuperación de la memoria como Victoria De Stefano, centrara sus investigaciones acerca de la metaficción y la narratología.

Todo ello, concebido desde un rincón de Manhattan donde ambos habíamos hecho casa y desde nuestros despachos en la universidad. El hecho de contar con el mismo vecindario y lugar de trabajo, además de tener vínculos literarios, procesos internos e intereses culturales y estéticos comunes, generó una complicidad creciente a nivel personal y profesional. En tal sentido, fue Alicia quien tomó la batuta del Coloquio anual de nuestro Departamento, cuando me retiré tras dos décadas organizándolo, y pocos días antes de dejarnos físicamente pasó varias horas conmigo en Zoom, llevándome de la mano por las plataformas digitales, a fin de prepararme para poder impartir clases a distancia, tras haberme yo alejado de las aulas durante la pandemia gracias a un año sabático.

El extenso conocimiento que obtuvo Alicia en todo lo relativo a la enseñanza en línea y su amplia generosidad para con los colegas quedan en el recuerdo de quienes compartimos el quehacer académico y los platos criollos en la cotidianeidad universitaria de Manhattan. Para la fiesta navideña del Departamento o colgadas sobre las puertas de los profesores aparecían sus hallacas y el pan de jamón, ofrecidos con una risa ancha y una voz resonante e inconfundible. Cuando había que diseñar un afiche, diagramar el programa para alguna actividad, rehacer la página digital del Departamento, ahí estaba Alicia dispuesta y eficiente. Sus aportes al Mes de la Hispanidad, el Mes de la Mujer, la Asociación LGBT del college, entre muchos otros, quedan en el corazón de sus colegas quienes se unieron desde todas las facultades para  homenajear y evocar su paso por las aulas neoyorkinas.

Teniendo una extrovertida personalidad, Alicia no era sin embargo amante de las fiestas y salidas nocturnas. Desaparecía cuando comenzaba a sonar la música y los colegas empezábamos a bailar; y aunque cada año la invitaba a mi cena navideña, pocas veces llegó, dejando que fueran Dinapiera y Gerardo quienes la representaran en tales affaires.

Un lugar para crear y existir

Nueva York puede ser un lugar inhóspito y excluyente, pero para quienes como Alicia supieron adaptarlo a sus intereses vitales y profesionales, se vuelve refugio seguro contra la violencia exterior y los dramas dejados atrás con el exilio. Al asilarse en los Estados Unidos, a principios del nuevo milenio, Perdomo perdió un país y ganó una geografía: la circunscrita a las coordenadas del barrio dominicano donde, pese a no comulgar con la bachata y el merengue, halló inflexiones, olores y, en especial, sabores cercanos a su periplo caraqueño.

De hecho, no tenía que andar muy lejos para descubrir mercados y botánicas donde localizar los instrumentos pertinentes al recetario criollo y al culto de sus deidades tutelares. De los resultados creativos, provenientes de la alquimia gastronómica en su minúscula cocina y la construcción de sus complejos altares, la autora extrajo el sustento material y espiritual para enfrentar el dolor de la separación de sus seres queridos a quienes, dado su estatus migratorio, por varios años no pudo visitar sino con el pensamiento, a menos que se desplazaran hasta su apartamento siempre acogedor y accesible. Allí tuve, por ejemplo, la oportunidad de cantar boleros con Milagros Socorro de paso por la ciudad y recobrar, tras varias horas amarrando hallacas, el repertorio romántico venezolano desde la bien surtida discoteca virtual de Alicia.

Porque la distancia física no alejó a la escritora de sus afectos e intereses que, en la arena literaria, se correspondían con las sexualidades otras, la crítica feminista y la novelística de autoras comprometidas con el discurso político de los años sesenta —donde destaca el poder de historiarlo con su prólogo a No es tiempo para rosas rojas de Antonieta Madrid—, teniendo ello un lugar privilegiado en sus cursos universitarios, ensayos y ponencias nacionales e internacionales.

Los proyectos literarios y académicos de la comunidad hispana en Nueva York se vieron enriquecidos con los aportes de Alicia Perdomo quien, desde su lugar escogido para crear y existir, siguió promoviendo la literatura venezolana y homenajeando a escritores de análogas resonancias. Darío Lancini, por ejemplo, de quien publicó una personal semblanza en Enclave, la revista que coedito desde el Centro Graduado de CUNY. O la misma Elisa Lerner, sujeto de varias charlas y artículos promovidos, entre otros, por el Latino Artists Round Table (LART), cofundado por la autora asturiana, y compañera de oficina de Alicia en BMCC, Paquita Suárez Coalla.

Hasta Bob Dylan y su discutido Nobel encontraron eco en la pluma de Perdomo, según la tesis de que compositores como Agustín Lara y María Greber, cuyas letras le gustaba tararear, hubieran podido ser candidatos y hasta ganadores del Premio de la Academia Sueca. Aquí Gotham —precisada por el mismo Dylan como “la ciudad donde uno podía morir congelado en medio de una calle concurrida y nadie se daría cuenta”— entra en la diégesis probando y probándose mediante lo sabroso del léxico y sus variantes argumentales. El Museo de Arte Moderno (MoMA), las fotografías que de la ciudad consagró Alfred Stieglitz, la revista Rolling Stone, donde se perfilaron muchos de los cantantes de la escuela del Hudson, espejean la escritura de Perdomo llevándola, como el flâneur de Baudelaire, por una topografía que en el entorno limitado por la isla de Manhattan va, de los más icónicos rascacielos al sur, hasta un bosque natural en la punta norte. Un bosque, además, muy próximo al edificio de Alicia, trayéndole con su verdor la exuberancia de otras geografías.

Escritura a contracorriente desde el paisaje neoyorkino 

Frente a la pantalla del ordenador desde su hogar en Washington Heights o desde su oficina universitaria frente al Hudson en Tribeca, Alicia Perdomo dominaba la isla de norte a sur y, con idéntica presteza, las claves de su escritura. Ajena a la arrogancia que suele enquistarse en los espacios intelectuales y académicos, fue creando un sutil y sagaz corpus crítico, disperso hoy en publicaciones universitarias e independientes, como continuación a la carrera de editora, investigadora y ensayista iniciada en Venezuela durante los años ochenta.

Como todo intelectual que se precie, Perdomo despertó pasiones, ya fueran a favor o en contra, lo cual le ganó amigos pero también enemigos, si bien las decepciones no hicieron mella en su capacidad de trabajo ni en la ecuanimidad de su línea argumental. Ello era reflejo de un talante ético e imparcial que en su posición, por ejemplo, de redactora de una revista universitaria, le hacía pedir que la publicación de un artículo polémico se hiciera junto a otro de sentido opuesto, a fin de mostrar las dos caras de un mismo asunto y desmantelar la presión de los grupos de poder. “¿Quién ejerce el poder? Y ¿dónde lo ejerce? (…) no se sabe quién lo tiene exactamente; pero se sabe quién no lo tiene”, puntualizó en el estudio sobre Elisa Lerner, refrendando con ello tal actitud y exponiendo la red de resentimientos y chantajes, donde más de una vez se vio envuelta sin buscarlo, sufriendo en carne propia las componendas de quienes lo detentaban.

Pero pese a los males exteriores y los fantasmas interiores, la autora supo empinarse por encima de las miserias, produciendo una obra que revaloriza fundamentalmente la escritura hecha por mujeres en Venezuela y la inserta en el canon continental. Ello, paralelamente a su exploración de la “avidez de lo otro”, tal cual asentó a propósito de su lectura homoerótica de Lezama Lima, haciendo acopio del aparataje teórico tocante a los estudios de género y el neobarroco latinoamericano, en un ensayo donde disecciona el acaecer de un ente escindido.

“Un único ser dividido”, como calificó ella al cubano, oscilando entre el placer barthesiano del lenguaje y el desenfadado erotismo de Bataille, en cuanto a la verbalización de la auténtica dirección de su deseo. Preocupación esta que se hallaba igualmente en su imaginario, por pertenecer asimismo a lo que Armando Rojas Guardia definió como “una especie amorosa para la que no existe, diseñado, un orden cultural”, especialmente en el ámbito hispanoamericano. Una verdad, que la llevó a arelarse en una geografía más conducente a poder expresarse abiertamente, tan pronto se deshizo de la “máscara” que constreñía su libertad de amar y de escribir. Porque, tal cual ella misma formuló refiriéndose a Bryce Echenique, “en el fondo de todo acto escritural, la primera intención de quien lo realiza es revelar su propia imagen”.

En la última parte del recorrido vital e intelectual, desarrollado a plenitud desde el paisaje neoyorkino, Alicia Perdomo reveló y nos reveló los pormenores de un hacer y establecer dables de fundar una casa por partida doble: la que construyó y nos brindó, junto a Dinapiera Di Donato, y la que erigió con el resplandor de la escritura, iluminando las dos facetas de su devenir como mujer y como ensayista. Imagen y reflejo, entonces, la vida y la obra de Alicia Perdomo quien, como la otra Alicia, seguirá observándonos eternamente desde el otro lado del espejo.


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