La tal pandemia –junto con otros males que padece Venezuela– ciertamente ha producido cambios en nuestra forma de percibir y vivir la vida diaria. Unos dicen que esos cambios permanecerán en el futuro y otros afirman que en nuestro país, tan pronto la cosa afloje, regresaremos a nuestra habitual forma de vivir despreocupada, feliz, poco previsora, simpática, amiguera, generosa etc. Este columnista se decanta más por la segunda alternativa sin dejar de reconocer que alguna cicatrices quedarán, como ocurrió al finalizar la devastadora Guerra Federal que con todas sus históricas consecuencias no consiguió modificar en forma significativa las muy gratas características de nuestro gentilicio.

Sin embargo no viene mal reflexionar acerca de las evidentes ventajas con que nosotros, gente del siglo XXI (que no del “socialismo” de la misma centuria), estamos logrando transitar y sobrevivir los rigores de una tragedia de dimensión planetaria como es el covid-19 sin perjuicio de reconocer que, además del maléfico virus, quienes viven en Venezuela vienen soportando la prima adicional de la falta de agua, escasez alimentaria, cortes de electricidad, confiscación de la señal de Directv, carencia o racionamiento de gasolina , hiperinflación y otros “beneficios” que nos concede un gobierno que afirma haber sido lícitamente elegido y orientar su gestión para el beneficio del pueblo, etc.

Imaginémonos cómo habrá sido transitar en medio de la gripe española de 1918 cuando la mortandad alcanzó a decenas de millones de personas sin que para entonces existieran tampoco vacunas ni estuviesen disponibles los recursos de comunicaciones, asistenciales, de entretenimiento y otros que existen hoy, aunque sea de manera imperfecta o limitada.

Para aquellos de nosotros que por A o B razones hemos podido acceder a los medios que con bastante economía ofrece la tecnología moderna, la pandemia nos ha permitido y hasta incentivado a renovar viejos contactos, comunicarnos en forma casi presencial con familiares y amigos, realizar reuniones profesionales, políticas o culturales a través de la maravillosa plataforma Zoom que tuvo a bien inventarse y difundirse justo a tiempo. Es cierto que permanecer encerrados cobra su precio en términos psicológicos, pero también hay que reconocer que hasta en una pandemia la podemos pasar bastante mejor gracias a estos nuevos recursos que el genio y la inventiva humana nos proporcionan, cada cual según sus intereses.

El pasado jueves 11, por ejemplo, nos dimos el lujo de ser partícipes –del montón, nada especial– de un foro de la Corporación Andina de Fomento que festejó su quincuagésimo aniversario. Expositores al alcance gratuito nuestro fueron un premio Nobel de Economía (Joseph Stiglitz) desde Nueva York, la secretaria general de la Cepal desde Chile , el secreario general de la OCDE desde París y el antiguo presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y emérito latinoamericano Enrique Iglesias desde Madrid. Lujo total, gratis ¡y lo demás es cuento!

De seguidas, el mismo día pudimos presenciar por la misma vía de Zoom un foro en el que se reflexionó sobre la democracia en nuestro continente a la luz del antecedente de la transición española a la muerte de Franco. Expositor: nada menos que Felipe González, a quien solo escucharle discurrir con su modestia, simpatía y excelentes ejecutorias en su haber constituye un privilegio sin contar con el hecho de que las estadísticas de la plataforma reflejaban que el número de conectados al evento superaba las 3.500 personas, lo cual, sin duda, hubiera requerido disponer de un teatro o centro de convenciones de adecuada capacidad y comodidad.

Siguió un evento vía Instagram ofrecido por el Foro Constitucional Venezolano a cargo de una destacada especialista en el que se conversó, en forma interactiva, acerca de la inhumana suerte que arropa a nuestros compatriotas emigrados que se ven obligados a regresar caminando desde lejanísimas latitudes para verse rechazados en la frontera de su propia patria. ¡Trágico!

Lo anterior más miles de otros eventos y recursos al alcance de casi cualquier persona que disponga de un teléfono celular inteligente (Whatsapp, Twitter, Instagram, Messenger etc.) hace que una proporción relevante de la humanidad en general, de manera democrática y casi sin exclusiones pueda tener y formarse una visión bastante independizada de los monopolios mediáticos acerca de cuál es el entorno cercano y lejano de tal suerte, que ni los más dictatoriales gobiernos tengan la posibilidad de interferir con la difusión de la información y el deseo de participación de la ciudadanía. Los propios desgraciados eventos que recientemente sacudieron a Estados Unidos en toda su extensión son prueba fehaciente del poder de la comunicación. Así, pues, no parece que quienes hoy aspiran a encerrarnos en las cárceles de la desinformación vayan a poder continuar mucho tiempo más haciéndolo . Solo tenemos que tener cuidado con el cáncer de las “fake news”, que también son un arma de cuidado.


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