Exposición en el Museo Casa Natal de Zapata en Anenecuilco, Morelos

Cañaverales, y una cortina de piedra escarpada enmarcan un valle de exuberancia vegetal donde habría nacido Quetzalcóatl. Un clima severo de trópico húmedo, de selva baja, entre veneros y acequias. Árboles anudados, peñascos monumentales tallados por el sol, los vientos, y la erosión de milenios, una vez esparcido el magma conformador de los dos grandes volcanes, el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, los que pareciera que hubieran jugado con estalagmitas suspendidas en columnas caprichosas de miles de metros, hasta enfriarse, amorfas, y con dimensión fantasmagórica.

Este es el mismo paisaje que desde Cuernavaca entreveía el cónsul Geoffrey Fermin, el legendario personaje de Malcolm Lowry en Bajo el volcán, una de las excelsas novelas de culto y de vigencia a prueba de innumerables relecturas. Su contenido, alimento iniciático, ha sido interpretado hasta por tradiciones cabalísticas. Se trata de una de las narrativas de contexto antropológico mexicano más lúcidas entre la serie de novelas escritas por grandes autores sobre expresiones únicas de nuestro país. Y uno de los grandes pintores mexicanos, Alberto Gironella, lo interpretó también así, como lo veremos más adelante.

Me refiero a la planicie accidentada, ondulada brutalmente, donde nació otro personaje legendario, este sí de carne y hueso, dueño de un alma que se ha resistido a desintegrarse, aferrándose a una memoria histórica y a la remembranza fantástica de antiquísima tradición indígena: Emiliano Zapata. Su comprensión, en clave histórica y mítica, es como el surgimiento de un tatuaje sobre la piel curtida de mujeres y hombres del campo que siguen venerando su lección de dignidad vital y su figura.

Hace unos días constaté ese sentimiento que flota en el aire –multiplicado como mensajes populares en eslogan, grafitis y rótulos de negocios de toda índole–. La percepción se bañó de emociones intensas con las fiestas populares por el aniversario 140 del nacimiento del prócer. Una planta de ladrillos de adobe y techo de palma, cuyas ruinas se preservan en el museo de su casa natal en Anenecuilco, marca el sitio de un peregrinaje laico. Allí funciona también una sala de exposiciones temporales que me concierne, donde pude montar mi serie de Zapatas y Zapatistas, exposición que ha tenido un afortunado recorrido por varios museos de México, pero que ahora goza de un altísimo nivel simbólico: cuadros sobre Zapata expuestos a unos cuantos metros de donde nació ese héroe de ribetes clásicos.

Transferencias de fotografías históricas sobre lienzo y yute con reminiscencias del Origen del mundo, de Courbet.

Esta crónica se desdoblará enseguida en una valiosa opinión sobre una vertiente de mi reciente quehacer, la pintura, en la cual trato de mantenerme lo más alejado posible de la especulación conceptual, y lo falsariamente industrial, como la desplegada por el globero de Koons, al que su “compañía” elabora  productos artísticos, sin la dimensión lúdica y auténtica que disfrutó en su momento la “Fábrica” de Warhol, o el impulso arbitrario y bello de la obra de Rauschemberg. Y la disquisición debo equilibrarla con unas palabras de una crítica de arte y promotora cultural brillante, la maestra María Helena González, coautora, también, con La figura en el espejo. Hacia una semiótica de la imagen zapatista, de un formidable volumen que publicó Lunwerg Editores y Planeta:

“… la exposición Zapata y los Zapatistas… nos ofrece la posibilidad de mirar la figura del caudillo revolucionario a la luz de la interpretación pictórica, siendo una de las aportaciones que la historia del arte contemporáneo mexicano hace al mundo. El artista parte de las fotografías que se conocen del nacido en Anenecuilco hace 140 años y las reelabora, creando con ellas interesantes piezas de mediano y gran formato, que ofrecen a la retina el gozo de coloridas y contrastantes formas. A lo largo de su trayectoria, Font ha mostrado la asimilación de estilos bien conocidos, como el expresionismo, el arte pop y el fauvismo, situación que lo lleva a mostrarnos al héroe a través de las nociones de sugerencia, admiración y emoción…”.

Y la prestigiada autora María Helena González, contribuyendo a desvelar el misterio de la autoría del registro fotográfico más famoso de Zapata agrega en una crónica suya:

“…Mayra Mendoza, subdirectora de la fototeca del INAH, estudiosa del Negativo, dice que el autor de la toma (de la célebre fotografía de Zapata en el hotel Moctezuma de Cuernavaca) posiblemente fue F. Moray o F. McKay, fotógrafos norteamericanos que llegaron a México durante la Revolución, descartando que haya sido el alemán Hugo Brehme, quien se paró frente a la cámara, como se ha creído por años. Los pintores Arnold Belkin, Diego Rivera, Alberto Gironella, Arnaldo Cohen y Edmundo Font, entre otros, se basaron en esta famosa imagen para elaborar pinturas de diverso alcance significativo…”.

El impulso revolucionario, traducido al lenguaje de las artes plásticas, ha propiciado un tratamiento audaz por parte de excelsos artistas como Alberto Gironella. Su trabajo, en la égida surrealista y el sobrio desparpajo con el que plasmó su serie “Entierro de Zapata y otros enterramientos” –que causó el despido del gran poeta Jorge Hernández Campos, por haberla expuesto en Bellas Artes– es el enfoque pictórico más afortunado para mí sobre la poderosa iconografía del Caudillo del Sur.

Y cerrando una pinza recordemos que Gironella se fascinó también con Bajo el volcán de Lowry, ilustrando de modo magistral esa dimensión creativa focalizada en las mismas tierras zapatistas. Coincidencia extraordinaria esta, de uno de los más grandes artistas mexicanos, al plasmar el espíritu de dos figuras que siguen poblando el imaginario de esa región privilegiada por hechos y mitos (a pocos kilómetros de Anenecuilco nació la “Décima Musa”, Sor Juana Inés de la Cruz, en Nepantla, a los pies de los volcanes).

Y aunque José Vasconcelos lo dijo de Cuauhtémoc, yo aplico la misma sentencia suya a Emiliano Zapata: “…Pero un héroe es un hombre que tiene la audacia de romper toda esta maraña de pensamientos cobardes, para poner en obra el impulso interior de la justicia divina. Lo mismo si triunfa que si cae vencido, el héroe es ímpetu sincero y noble arrogancia. Ímpetu que niega y anula los hechos si los hechos son viles, y arrogancia que desafía la adversidad si la adversidad derrota al ideal”.

Noticia: Con el título Entre Zapata y una mujer desnuda, que parodia una celebrada novela, en clave cortaziana, de Jorge Enrique Adoum, estoy elaborando otro homenaje al héroe mexicano –y el “desnudo”, en la tradición de ese tema universal– con técnicas empleadas por Rauschemberg y el uso de múltiples soportes. La muestra la conformarán tres docenas de obras con pigmentos y pintura acrílica sobre elementos orgánicos (tortillas de maíz), yute, madera, vidrio, cuero, lienzo, espejos, tabla roca, transferencias de fotografías históricas, collage y sobre impresos en plotter. En resumen, se trata de una propuesta con tratamiento sui géneris, y echando mano de materiales, en la égida Duchampiana y del “Arte Povera”.

Zapata quijotesca sobre tortilla de maíz

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