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La conocí en un sueño. Es lo que más recuerdo y lo más probable, de otro modo ya la habría olvidado. Era otro país, quizás fue en la capital de Escandinopla, en alguna avenida o en un parque pleno de araguaneyes y jacarandas exuberantes.

La divisé desde lejos entre una multitud. Sonaba la Sinfonía Concertante de Mozart y ella aparecía, altísima, entre la gente. Flaca y gallarda, destacaba por guapa y por su altura sorprendente. Calló la música. Me fui acercando y pude ver que había otros conocidos de semejante elevación. Es que iba con un vestido de flores sobre unos zancos, alentando a gritos con una pancarta colgada al cuello. Sus ojos me miraron y la atracción fue inmediata. Caminamos y caminamos animados por la comparsa que avanzó hasta un edificio gubernamental y desde la acera de enfrente reclamamos a bulla limpia por algo nuestro que nos estaban regateando, nos estaban robando los muy bichos de su madre. No hubo nada que detuviera aquella marcha que se hizo multitudinaria; como profusas fueron todas las que vinieron luego. Y así como la encontré, así mismo se desvaneció entre el gentío.

Ya no la vi más sino mucho tiempo después cuando me volví a cruzar con ella, sentadita en un pupitre de la universidad, con sus sandalias de cuero y sus bluyines descoloridos, su cabello corto y aquellas franelas al vuelo de las que no podía dejar de ver. Enteramente femenina, fresca y desenvuelta, velluda y elástica; con aquella voz gruesa e inesperada desde un cuerpo tan menudo y con tantos argumentos que revelaban la hondura de alguien estudioso y admirable. De nuevo, sus ojos me miraron y aquello fue un embrujo.

Yo venía de una calamidad, calle abajo por la bajada de la amargura, en una condición rebajada de perro a la izquierda. Ella sabía que era yo; supo reconocerme aún en mi nueva y pasajera condición canina. Como le gustaban tanto los animales y le resulté familiar, decidió invitarme a su casa para darme calor. Me impresionó el orden de aquel pequeño y hermoso bulín donde vivía. Yo dormiría en la sala y ella, en su cuarto de princesa, por supuesto. Por la noche comenzó a llover y el calor en la casa se hizo mayor y justo, más aún cuando me dio a tomar una infusión inolvidable de las muchas que tenía en su colección de sabores líquidos. Llovió también allí dentro. Llovieron también allí dentro papelitos de distintos tamaños, colores y formas que viajaban de un sitio a otro, de su habitación a la sala, de la sala a su cuarto de princesa, llevando mensajes pícaros. Las manzanas paseaban de la sala al comedor… Ya no era perro, me percaté más cuando comencé a escribir con mayor soltura. Los papelitos llamaron a las sonrisas y las sonrisas a las risas, y las carcajadas empezaron a poblar aquel hermoso lugar que se hizo mucho más encantador cuando ya estábamos cerca intercambiando más motivos para aproximarnos y el calor se hizo mayor y mucho más justo. La vida se volvió azul aguamarina. Ahí mismo fue cuando me enteré que preparaba maletas, que en pocos meses se iría lejos y que aquello tendría fin en corto tiempo. El amor, el juego, la música y las palabras se volvieron parte de lo que tomábamos a diario. No hacía falta ni comer. Si acaso frutas, mucho coco, manzanas, patilla y muchas limonadas, porque había que refrescar los recalentamientos…

La playa se hizo lugar constante para visitar e ir dejando alegrías y rocíos por todas partes sobre lechos y hondonadas de hojas de uva de playa. En una de esas visitas a la playa, la acompañé hasta el puerto y le dije adiós, alzando la pata del corazón como solo lo hacen los perros fieles. Siempre la veo en los sueños donde la conocí o en alguna costa plena de uvas de playa en flor. Es lo que más recuerdo y lo más probable, de otro modo ya la habría olvidado. Era otro país, quizás fue en la capital de Escandinopla, en alguna avenida o un parque pleno de araguaneyes y jacarandas exuberantes.

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