Tuve la suerte, el privilegio y gustazo, de haber sido amigo de dos hombres excepcionales, entre muchos que la vida me ha puesto en el camino, pero hoy quiero abundar sobre estos en particular. Ambos isleños, uno hijo de Puerto Rico, el otro de Margarita. Catalino Curet Alonso –Tite Curet– y Jesús Rosas Marcano  –Chuchú–, fueron ellos. Los dos periodistas, uno y otro profundamente presuntuosos del tinte de su piel; se consideraban orgullosamente negros y en las letras de sus canciones dejaron infinitos testimonios de ello.

A comienzos de los años setenta del siglo pasado Tite compuso “Babaila” y me contaba, mientras nos tomábamos un “cafeíto” en La Bombonera del Viejo San Juan: “Esa canción no podía cantarla sino un prieto, y cuando me dijeron que la iba a cantar Pedro Juan ¡me puse feliz! –acoto que entre risas supe ese día que el verdadero nombre de Pete “Conde” Rodríguez era Pedro Juan Rodríguez Ferrer– porque solo un negro podía cantarla con el sentimiento y la fuerza que nada más uno tiene”, y de inmediato se puso a tararear: “Babaila fue, / vendido en mercado de esclavos, / Babaila fue…”.  Otra de sus piezas legendarias fue “Las caras lindas” que compuso en 1977 para Ismael Rivera, quien la grabó al año siguiente para incluirla en su disco Esto sí es lo mío. Sus versos iniciales son rotundos: “Las caras lindas de mi gente negra / Son un desfile de melaza en flor / Que cuando pasa frente a mí, se alegra / De su negrura todo el corazón”.

Esta pieza, quiero añadir, fue muy poderosa, y en el mundo musical son célebres dos anécdotas relacionadas con ella. La primera es que cuando Rivera acudió a los estudios a grabar la voz de ese surco, se dedicó a escuchar la mezcla de los instrumentos y luego de escucharla pidió que le pusieran de nuevo la grabación, y la escuchó varias veces, hasta que pidió que se la pusieran a partir de la mitad y que grabaran lo que iba a cantar, porque el solo de tres que había grabado Mario Hernández le estaba “diciendo algo”.  Contaba Roberto Roena que había sido un momento muy especial aquel, cuando el “Sonero Mayor”, sin ensayo de tipo alguno y una sola vez, largó su muy famosa improvisación de los acordes que, desde su instrumento, el músico de Río Piedras había dejado grabados. Y no termina el cuento. El compositor desconocía este episodio y una vez que los acetatos estuvieron listos Rivera le hizo escuchar la grabación. Cuentan que Tite no pudo contener la emoción y se largó a llorar como un niño, Maelo lo abrazó mientras le decía: “Si llego a saber esto, no te la grabo”.

En cuanto a Chuchú, con quien fue infinitamente más cercano el vínculo, cierro los ojos para oír su acento cantarino y pícaro: “De La Asunción somos los negros de Margarita”, y largaba la carcajada. No pocos viajes hicimos en mi vehículo hacia distintas partes del país, en especial a Araya, a visitar a su hermana María y a Pablito Fuentes. Jornadas que se iban en un santiamén en las que la música no hacía falta. Desvariamos, gritábamos, nos emocionábamos, inventábamos, alucinábamos, eran unos viajes que ningún ácido lisérgico podía igualar. Canciones en las que exaltaba su tono de piel sobran, pero ninguna como “Quién ha visto negro como yo”. “Quién ha visto negro como yo, / Quién ha visto negro como yo, / comiendo papa, lechuga, / calabaza y quimbombó… / Con mis dos mujeres vivo aquí, / estoy muy contento con las dos, / a una le doy alma con ají / y a la otra pan con ilusión, / y las dos se desviven por mí / para que parezca un gran señor, / una me acomoda el corbatín, / la otra me refila el pantalón”. Él con su sempiterna intención educativa preparaba al oyente, con esta guasa introductoria, para el final de la canción en la que su declaración vital es esplendorosa: “En tierra soy faro de navegación, / yo soy de la herida cicatrización, / conmigo no hay tablas, siempre hay decisión, / no temo a la muerte de la muerte soy, / como vine al mundo así yo me voy”.

Pienso en ellos dos y me pregunto cuándo serán excomulgados por los ayatolás de la corrección que hoy en día campean a sus anchas en todo cuando nos incumbe. Si expurgaron a Lo que el viento se llevó, Dumbo y Peter Pan; si sacaron de circulación a Aunt Jemima, Dr. Seuss y Los Diez Negritos de Agatha Christie; si han satanizado a todo lo que se menea y se les antoja a los pontífices de la corrección, ¿cómo podemos esperar que ellos estén a salvo del reflujo de la normativa?  Esa misma marea es la que ahora se enardece exigiendo apoyo irrestricto al tonto emancipado de Juan Guaidó, es la misma corte de paniaguados que amenaza y se golpea el pecho con arrebato místico exigiendo unidad. No puedo, y no debo. Me niego a ser comparsa de semejante turba que en nombre de la libertad nos pretende esclavizar con unos patrones que en nada se diferencian de los de los no menos impresentables Maduro, Cabello, Rodríguez y demás sabandijas.

A fin de cuentas lo que hay es una pelea entre ellos, esa casta fétida que presume de su naturaleza política, a dentelladas por ver quién le pone la mano a las finanzas nacionales. Sueltan, así como quien no quiere la cosa y para dejar constancia de su desprendimiento y espíritu de sacrificio, que las arcas de Venezuela están exangües. No falta el bolsiclón que pontifica sobre la condición de botella vacía del erario público, pero ni de vaina hablan de las cifras nada despreciables que han recibido ambos bandos, unos a cuenta de las labores de alcahuetería de sus socios en los gobiernos español, cubano e iraní, por nombrar algunos; los otros a cuenta de ayudas internacionales y de las cuales no han rendido la menor cuenta, mientras sus más conspicuos representantes andan viajando por las principales capitales haciendo vaya Dios a saber qué. Les apuesto lo que quieran que en hostales, pensiones y autobuses no se están alojando ni desplazando.

La verdad es que andan dándole la vuelta a los recursos que son del país y que están regados por el mundo entero. ¿Se puede decir que es una botella vacía los lingotes de oro depositados en el Banco de Inglaterra y cuyo valor se estima en 1.600 millones de euros? Todos son unas garrapatas, porque ni a sanguijuelas llegan, que no se cansan de chuparle hasta el alma al país.

© Alfredo Cedeño

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