Foto Pixabay

Algunas facetas tienen humor ácido o negro. Lo tienen a pesar de ser básicamente muy trágico el tema, la Venezuela opositora.  Me refiero, más específicamente, al inclemente crítico que la amó, la puteó, la abandonó.

El asunto comienza históricamente con el dato bastante veraz de que los nativos inconformes o aterrados nos convertimos en duchos en hablar de política, hubo un tiempo largo que prácticamente era el único tópico, tanto mientras se conversaba con el nonagenario abuelo o con la muy bella vecina en la bailoterapia multitudinaria. Le dimos el verbo todo, obsesos y convulsos. Los vamos a demoler así y así.

Es verdad igualmente que eso disminuyó mucho a punta de fracasos de la oposición y victorias arteras de los bichos malos. Hasta que nos cansamos y llegó un silencio espeso en que hasta falta de buenos modales era poner temas de políticas locales tan deprimentes y poco enaltecedoras. Hasta que, cosa curiosa, muy frecuentemente terminó en hablar mal de la oposición, ya abandonada, lo que permitía a muchos borrar los residuos de culpas: de irresponsabilidad, egoísmo y cobardía que los llevaron a concluir que trabajo, familia y placeres son los únicos fines de los hombres de bien.

Había que encontrar una manera adecuada y altiva de salirse del trance. Pues sobraban argumentos para demoler a los políticos opositores que salvo aquellos tres días del golpe de abril habían caído siempre pisoteados, a pesar de usar estrategias de todo tipo. Nada, ineptos, inservibles, y yo nada puedo hacer, solían decir, salvo castigarlos con el verbo en vivo y en las adictivas redes. Como si inservibles, y hecho alguna vez otra cosa que hablar y en general despecho e ignorancia.

Por último, ignorarlos, hasta borrarlos hasta de nuestros malos pensamientos. A lo mío, entonces, que buena falta me hace.

Confieso, antes de continuar, que por supuesto tienen no pocas razones de lo que dicen, pero tan solo pienso que es al país entero, y en especial a sus élites, incluido al predicador en cuestión, a las que hay que juzgar y no solo a los políticos. ¿Quieren el lugar común? Va, en muy buena medida los países tienen los gobiernos que se merecen.

Hago, a ratos, una experiencia que es la que me hace reír disimuladamente. Después que el debutante antipolítico termina su condena inclemente. Y golpea a los políticos por todos lados, casi siempre sin recordar el principio de no contradicción. Todo lo que hacen les sale torcido, él lo sabía y lo sabe. Diálogos, elecciones, abstenciones, golpes, marchas, unidades, líderes, invasiones. Uno oye y no refuta. Esto es poco productivo, al politólogo improvisado, lo que le interesan en verdad son su tranquilidad de cuerpo y alma y el afán por los billetes, no encontrar caminos de la libertad ni esas vainas. Ni siquiera recuerda para atenuar sus inclemencias a los muertos, los presos y torturados, los exiliados, los miles de judicializados, los que están ahí a poca distancia de las balas o las rejas y continúan…No vale la pena. Yo me limito, entonces, a una brevísima pregunta al despiadado crítico, el vecino bebedor y bocón o el columnista doctorado. Sí tienes razón, todas las partidas las perdimos, las cartas estaban todas marcadas. Pero, ¿usted qué haría, usted, usted? Les juro que con esto lo noquea, no falla. Balbucea, gaguea, improvisa cualquier cosa como yo no tengo la fórmula…pero los políticos de antes, Betancourt, Caldera, Teodoro… lo único que importa es salir de la banda de gorilas, y allí están, veinte años, disfrutando.  ¿Es así, pero qué harías usted?, insisto.

En casi todos los casos tiene una última salida, poco gallarda. Es probable que te diga que él no es político, que allá ellos. Tú le ripostas que acaba de dar una cátedra de política y que parecía saber. Salida desesperada: a esos tipos no los saca nadie, no se van a ir, nunca, se están jugando la bolsa y la vida y los militares están en el poder y los gringos ya no son los gringos. Eso es la verdad.  Por eso yo voy a lo mío.

Aplique la fórmula y verá resultados insólitamente parecidos. Habrá descubierto los antipolíticos. Los peorcitos, al menos, los de mala fe flagrante, los típicos. Hay otras modalidades, mojigatos o fascistoides, pero con estos baste.

 


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