Hace un año, nadie que fuera cuerdo pensaba en la posibilidad de que Donald Trump no continuara al frente del Ejecutivo de Estados Unidos después de las elecciones de fin de 2020. Analistas de uno y otro lado daban por descontada una victoria suya en el proceso electoral y la razón no admitía mucho razonamiento en contra: la situación económica norteamericana era boyante.

Pero ahora canta otro gallo. El argumento de haber alcanzado en tres años la expansión más grande de la historia reciente con un récord de empleos inimaginable se ha derrumbado como consecuencia de la pandemia que aún azota a la gran nación.

Lo que viene quedando en el panorama, entonces, es la posibilidad que Joe Biden se arme con la Presidencia de la nación más poderosa del Planeta un escenario que tirios y troyanos ya analizan y que pareciera que tiene al madurismo muy entusiasmado por considerar que un golpe de timón importante en la conducción de la política exterior norteamericana les abriría esperanzas de convivencia pacífica con Washington, lo que a esta hora, con Trump a la cabeza es un sueño irredento.

Flacas esperanzas son las que abrigan los adláteres y achichincles del dictador venezolano, al dar por descontado que, con los demócratas en la Casa Blanca, la percepción de la debacle venezolana cambiará radicalmente y, por ende, su política de sanciones y de estrangulamiento económico y aislamiento político del país y de sus altos personeros.

Para los observadores del devenir de la gran potencia resalta que son muy escasos aquellos temas en los cuales del bipartidismo norteamericano ha hecho causa solidaria. El del rechazo del régimen chavista es uno. Y también su desacuerdo con cada una de sus expresiones: el desmantelamiento de las instituciones democráticas, la violación de derechos humanos, el secuestro de las libertades, su connivencia con el narcotráfico, su estrecha amistad y cooperación con el terrorismo islámico y su comandita con la Cuba comunista, además de su rampante corrupción.

La estrecha cooperación y coincidencia doctrinaria y estratégica de la Venezuela de hoy con regímenes como el de Irán y su revolución islámica y la posibilidad de que esta relación contamine a otros países del entorno latinoamericanos no es algo que se pasa por alto a quienes estarán a cargo de la formulación de la política exterior de Joe Biden.

¿Les parece esta afirmación un cuento de caminos? Pues deberían escuchar con atención el diálogo sostenido por dos altos representantes especiales del Departamento de Estado: Brian Hook para Irán y Elliot Abraham para Venezuela en un foro del Hudson Institute. https://www.youtube.com/watch?v=WTFs8x5Rp14&feature=youtu.be

Uno y otro funcionario expresan claramente como la posición de Estados Unidos en torno a esta perversa “relación recientemente energizada de dos Estados parias” –Irán y Venezuela- es una “bipartisan policy”, es decir, una política compartida por los dos partidos que aspiran a la presidencia.

Ambos coinciden en que Irán es un factor principal de distorsión en Oriente Medio y Venezuela puede convertirse en un ente propulsor de inestabilidad en la región latinoamericana y caribeña. Ni el actual gobierno de Trump, ni un eventual gobierno de Biden, cejarán en su determinación por evitar que esto ocurra.

Es el mismo caso con Cuba. Este Joe Biden, con quien tanto creen contar en el chavismo para atornillarse en el poder, ha sido y es un campeón de la lucha norteamericana contra la Cuba comunista.

Los ejemplos anteriores versan sobre cuestiones de principios e ideologías políticas, pero hay otros elementos que nos hacen pesar que el pensamiento liberal norteamericano, que ahora enfrenta un fenómeno de creciente de desglobalización, se reafirmará en un gobierno demócrata presidido por Joe Biden. El diario El País de España lo reseñaba la semana pasada. El programa de gobierno de Biden en lo económico, sustentado en el eslogan de “comprar americano”, claro que le disputa a Trump el nacionalismo, al basarse en un masivo programa de inversión pública y un enfoque nacionalista de la producción y el consumo. ¿Qué tiene en común ello con el totalitarismo comunista propugnado por la revolución bolivariana? Allí tampoco habrá cambios que jueguen a favor del desvencijado chavismo.

Por último, para quienes aún no lo sepan, el equipo de Biden le ha reclamado a Donald Trump una mayor determinación en resolver los problemas que representan Venezuela y Cuba en nuestro hemisferio. Ha dejado bien claro, a lo largo de la campaña, que aspiran a que la postura del presidente Trump no sea tan blanda como ha sido hasta el presente y que abandone el electoralismo en lo que se refiere a sus posturas sobre estos dos países y su relación con el voto hispano de Florida.

Total, es cierto que no está labrada en piedra una victoria electoral republicana. Lo que es claro y diáfano como el agua es que la política exterior de ambos, la del arrogante Trump y la de ecuánime Biden, será la misma en torno a los dislates de la Venezuela revolucionaria.

Que no se hagan ilusiones, pues, quienes piensan, alrededor de Miraflores, que con Biden en Estados Unidos la partida está ganada. Digámoslo en perfecto criollo: en lo atinente al  régimen venezolano, Biden será el mismísimo musiú… pero con diferente cachimba.


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