Los inventores siempre fueron un bocado de excepción para el cine, tal vez como forma lejana y tortuosa de saldar la displicencia –real o fingida– con la cual Louis Lumière habló alguna vez del invento que lo haría famoso. (Don Louis, más preocupado por su óptica, y siempre según la leyenda, le negó al mago Georges Méliès la venta de su aparato ninguneándolo con un “no quiero estafarlo buen hombre, esto no es más que un pasatiempo que no durará más de dos semanas”).

En todo caso del otro lado del Atlántico, un empresario con varias patentes en su haber, unas narinas bien desarrolladas para los negocios y una creatividad alineada con los tiempos que corrían, desarrollaba una variación del mismo, el kinetoscopio, que permitía una visión individual de las películas. (En realidad, Edison se había inspirado en una invención de un Sr. Muybridge pero esa es otra historia).

Antes de dedicarse al cine, Edison había hincado sus dientes en la electricidad y más concretamente en el bombillo eléctrico. Y la “guerra de la corriente”, a la que alude el título original de la película es una crónica, hábilmente dramatizada de su pelea con George Westinghouse en la carrera por llevar la electricidad primero a Estados Unidos, y luego al mundo. Conviene ubicarse en el momento histórico del caso. Estados Unidos ha sorteado con relativo éxito el desgarramiento de la Guerra de Secesión y el Norte Industrializado, ambicioso y expansionista señorea sobre un país que ha crecido luego de anexar Texas y marchar hacia el Pacifico. Con una salvedad que no hace sino realzar la hazaña expansionista. Lo ha hecho a oscuras, con tracción humana, animal o a vapor.

Hay dos enfrentamientos en la película. El primero, rápidamente despachado por el libreto es el enfrentamiento con el gas. El segundo más especializado es el de la corriente continua (propuesta por Edison) contra la alterna (propuesta por Westinghouse). En realidad, y a los efectos dramáticos, la verdad técnica importa poco. Lo que está en juego son dos visiones de los negocios y del mundo. Westinghouse, un hombre de propósitos y metas claras contra Edison, un talento desbocado empeñado en crecer horizontalmente, con base en el registro de patentes (registraría unas 1.093, entre las cuales la del fonógrafo, la famosa bombilla eléctrica y el cinematógrafo). Entre ambos surge la figura malograda de un visionario italiano, Nicola Tesla, cuya vida amerita por sí sola una película.

Una guerra brillante tiene el mérito de situar el conflicto no solo en el plano técnico o empresarial, que cumplen un papel contextual. El libreto sabe humanizar a sus personajes. Edison es, en la intimidad un padre preocupado y un esposo devastado por la muerte de su esposa. Tesla es un visionario de poca visión estratégica, Westinghouse es un hombre gobernado por su instinto comercial y sus éxitos pasados, no en vano vinculados a ese instrumento de la expansión: el caballo de hierro de los filmes del oeste. El ferrocarril. Visualmente, la película tiene la audacia de pasearse por los tonos oscuros de un mundo aún sin electricidad. No es uniforme. Hay alguna largueza ocasional o una falta de ritmo probablemente porque es difícil imaginar un mundo a oscuras, cuando su tema es precisamente la falta de luz. Pero es una película magníficamente actuada. Un ancla lanzada al mundo actual, igualmente preñado de nuevos inventos, en un contexto capitalista más salvaje tal vez la hubiera hecho un gran filme y no la crónica correcta que finalmente es.

Una guerra brillante. (The Current War). Estados Unidos, 2019. Director: Alfredo Gómez Rejon. Con Michael Shannon, Benedict Cumberbatch, Nicholas Hoult, Tom Holland.

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