Biden
Foto Reuters

Llegó el 20 de enero. Joseph Biden tomó posesión de su cargo. Luego de algunas peripecias  la potente institucionalidad norteamericana se impuso. Algunos –tal vez bastantes– no han quedado conformes, pero lo cierto es que una vez movidos todos los resortes y recursos que permiten las leyes el tema ha quedado jurídicamente saldado. En lo político tal vez queden abiertas grietas que será necesario resolver.

Lo cierto es que luego del bochornoso evento del asalto al Capitolio –templo central de la democracia– por fin se pudo llevar a cabo la tan deseada transmisión pacífica de la primera magistratura de la nación aun más poderosa del mundo. Queda ahora por ver qué deparará el futuro en una sociedad que no está tranquila porque  persisten en ella tensiones largamente vigentes que de tanto en tanto erupcionan con inusitada violencia ante la aparición de chispas capaces de promover incendios de difícil control.

La ceremonia formal llevada a cabo con despliegue de tradición republicana dentro de un marco de austeridad y mesura dictado por la pandemia y las medidas de seguridad extrema, cumplió con el rito cuatrienal repetido ininterrumpidamente desde la investidura de George Washington en 1799. El 20 de enero cada cuatro años es  un momento importante en el que los juramentos, las promesas y los legítimos anhelos de los norteamericanos toman vuelo para luego irse decantando en las mayores o menores realizaciones  cuando lo posible pasa a medirse frente a lo deseable siendo el pueblo –sin excepción alguna– el que ha dado el veredicto desde la fundación de la república. No es poca cosa.

El discurso inaugural del recién juramentado presidente Biden nos lució  moderado, reunificador, desprovisto de ánimo retaliatorio, sin por ello dejar de lado el propósito de llevar adelante  los cambios de orientación que las  nuevas autoridades estimen apropiados.

Bastante se ha comentado acerca del rumbo que tomarán algunos de los temas más críticos que preocupan a los norteamericanos, algunos de ellos, mas no la mayoría, relacionados con la política internacional que se piensa adelantar.

Si queremos ser realistas debemos tomar nota que la palabra Venezuela no fue pronunciada ni una sola vez en las intervenciones que tuvieron lugar. Sí se mencionó el cambio climático con el anuncio del reingreso de Estados Unidos (ya concretado el primer día) al Acuerdo de París, la restitución de la colaboración con la Organización Mundial de la Salud que coordina la lucha contra el covid-19, la recomposición de las alianzas políticas y militares con Europa, la contención de Irán y Corea del Norte como peligros inminentes etc. Nada se dijo de la defensa de la democracia fuera de las fronteras, ni si es que aún “todas las opciones están sobre la mesa”, ni sobre cooperación económica ni tampoco acerca de otros temas que a los venezolanos nos resultan importantes. Sí es cierto que el entrante secretario de Estado, Antony Blinken, expresó que por el momento  se seguía reconociendo a Guaidó y que no había planes para reducir la presión  frente a la dictadura venezolana, pero sin ofrecer mayores precisiones.

Aunque nos pese es necesario que los venezolanos, de todas las tendencias, tengamos claro que el abordaje de los temas que a nosotros nos conciernen de manera muy decisiva, serán analizados y discutidos según la agenda y el interés nacional que determine el señor Biden y su administración. Ni Maduro, ni Guaidó, ni la restitución de la democracia venezolana figuran entre los temas prioritarios para ser tratados en las semanas inaugurales del cuatrienio. Así, pues, los venezolanos lo que debemos hacer es fortalecer la unidad opositora para que cuando llegue el momento nuestros interlocutores sepan con quién habrán de dialogar, lo cual –de momento– no está muy claro. Deberemos tener muy en claro que en la medida en que Venezuela no sea percibida como un peligro real con capacidad de metástasis, su turno en la agenda no será prioritario.

Dentro de la meta de fortalecer la unidad opositora debemos proyectar la certeza de quién o quiénes la representan. Si usted fuera un funcionario entrante en el Departamento de Estado y se le presentan por separado uno a uno los muchos que afirman representar el sector democrático: ¿qué haría usted frente a una AN legítima en continuidad constitucional, los alacranes, el G4, los que tienen voluntad de diálogo, los que consideran que eso es una traición y toda la demás fauna que con mejor o peor  intención se atribuye representación”.

Los que hasta ayer abrigaban el sueño imposible de “todas las opciones están sobre la mesa” ¿qué argumento sustituto propiciarán? Los guerreros del teclado que desde Twitter ofrecen y exigen soluciones mágicas, ¿ante quién desatarán su furia?

Tanto la usurpación –si pretende permanecer en el poder– como  quienes aspiramos a que se vayan lo más pronto posible debemos entender que una u otra alternativa se hace más o menos factible, según hacia dónde se canalice la influencia o presión de Estados Unidos. No son ni China ni Rusia ni Irán los factores definitorios  del desenlace de nuestro contencioso interno. Ellos no son nuestros aliados naturales sino actores de un ajedrez mundial en el cual Venezuela no es la reina del tablero sino apenas un peón sacrificable en el juego. Reconocerlo no es muy grato, pero –con la mano en el corazón– ¿usted, lector, ve otra alternativa?

@apsalgueiro1

 


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