La comedia romántica no nació en Estados Unidos, pero hay que admitir que ahí echó sus raíces y floreció con la vitalidad que solo la fábrica de sueños podía darle a un género hecho a la medida de los tiempos que corrían. Dos fenómenos, aislados y terribles confluyeron para este último beneficio de los espectadores. El primero tuvo una fecha precisa: el 24 de octubre de 1929 la Bolsa hizo crack precipitando la Gran Depresión y, con ella, entre otros muchos efectos colaterales, la necesidad de evadirse de una realidad gris y agresiva. El segundo fue el ascenso del nazismo, que obligó a más de un talento a huir de Alemania y engrosar las filas de la industria del cine americano. En rigor, la comedia romántica había empezado antes, probablemente con la emigración temprana del genio de Ernst Lubitsch en 1922. Pero ambas catástrofes confluyeron en una renovación de los géneros, realzados además por el sonido que recién llegaba al cine.

Y la comedia creció y se desarrolló con una característica central difícil de definir. La ligereza es la palabra más adecuada en español aunque no logre transmitir la carga de frivolidad, ingenio, falta de profundidad y trasfondo serio que sus equivalencias en inglés («lightness») o francés («légereté») sugieren. Porque el género exhibe ante todo una despreocupación esencial por una trama sólida, prefiriendo la acumulación de situaciones, absurdas a veces, ocurrentes otras, apenas despegadas de lo cotidiano las más de las veces. Frente a las estridencias de la comedia de errores (la célebre «screwball comedy»), la comedia romántica prefería la sonrisa a la carcajada, el susurro al grito, la caricia al porrazo.

Woody Allen, se sabe, es ahora un viejecito venerable, perseguido por los cultores de la corrección política (¡el hombre no puede encontrar editor para sus memorias, caramba!). Para regocijo de sus seguidores, sigue dirigiendo al menos una película al año, en una paleta que va desde el musical (Todos dicen te amo), el drama moral (Hombre irracional), hasta la comedia romántica. Porque Allen, nacido en 1935, es un hijo de la depresión, pero además es el neoyorkino por excelencia. Su visita a la comedia romántica, bastante frecuente, solo puede ser bienvenida.

La anécdota cede el espacio a las situaciones. Una pareja joven viaja a New York, de donde él es originario para que ella entreviste a un director famoso. A partir de ahí los caminos de ambos se dividen y los personajes se dejan arrastrar por las alternativas que se plantean, sin mayor reflexión o medida de las consecuencias. Porque lo que importa es la atmósfera. La de una tarde cualquiera de Nueva York con lluvia, como solo puede pintar la lluvia a una gran metrópoli. Y los sentimientos originalmente planteados se van disolviendo a medida que la tarde progresa y que los sucesivos personajes, cada uno con su drama a cuestas, van enturbiando sus vidas. No hay una lógica estricta, afortunadamente.

Las distintas posibilidades, a cada cual más improbable, se acumulan con la misma facilidad con la que los personajes secundarios entran en la anécdota, llevándola, como el viento a la lluvia en un sentido o en otro, hasta terminar en un final inusualmente feliz para el cine de Allen. El balance es simpático, el cineasta logra una de esas películas con las cuales creció en la Nueva York de los lejanos cuarenta y cincuenta y logra recomponer, en clave contemporánea, la picardía de aquellas comedias, las de Lubitsch (La tienda de la esquina), de Frank Capra (Sucedió una noche), de Billy Wilder (Sabrina). Estamos lejos de la gravedad de algunos de sus últimos opus, como la siniestra Rueda de la fortuna, o la desoladora Blue Jasmine. A los 83 años de edad, activo como nunca, el gran Woody se da el lujo de atisbar a la alegría.

Un día lluvioso en Nueva York (A rainy day in New York). EE UU, 2019. Director: Woody Allen. Con Timothee Chalamet, Elle Fanning, Selena Gomez y Jude Law.