Se ha instalado un nuevo gobierno en Washington y lo sensato y razonable es desearles éxito a Joe Biden y su equipo. ¿Cómo podría traducirse en la práctica tal anhelo? Intentaremos contribuir al esclarecimiento de los retos planteados mediante varias notas editoriales, siendo esta la primera de ellas, y abordando las siguientes preguntas: 1) ¿cómo opera una diplomacia exitosa?; 2) ¿cómo definir el éxito con respecto a la actual situación venezolana, y cómo se enlaza con el ámbito geopolítico más amplio donde se ubica la crisis venezolana?; 3) ¿qué se puede esperar de Maduro y sus cómplices?, ¿se trata de mafiosos o de verdaderos revolucionarios?

En esta nota abordaremos la primera interrogante formulada.

Destacados maestros del arte diplomático han señalado de manera reiterada que una diplomacia exitosa jamás opera en el vacío, sino siempre dentro de un contexto de relaciones de poder, que incluyen generalmente la tácita o potencial amenaza del uso de la fuerza o si se quiere de la presión, en un sentido amplio. Los lectores interesados en el tema obtendrían gran provecho, por ejemplo, de la cuidadosa revisión del brillante artículo que Henry Kissinger publicó en enero de 1969 en la prestigiosa revista Foreign Affairs, titulado “Las negociaciones sobre Vietnam”, complementando dicho texto con un estudio acerca del modo en que tanto Kissinger como los representantes de Vietnam del Norte llevaron adelante el proceso. La lección clave a ser asimilada es sencilla en apariencia, pero de honda significación: una negociación diplomática exitosa reclama avanzar con firme apego al marco de poder, intereses y expectativas que las originan, dinamizan y dan sentido. Las negociaciones para dar fin a la guerra de Vietnam, al menos por parte de Washington, tomaron varios años hasta alcanzar una conclusión mutuamente aceptable, y mientras Kissinger y los representantes vietnamitas hablaban, la guerra continuaba y hasta se intensificaba, los bombardeos y las batallas proseguían y soldados civiles seguían muriendo. Las palabras y las movidas del tablero diplomático avanzaban mientras se escuchaba, metafóricamente hablando, el lejano eco de bombas y de balas.

El punto es relevante a manera de analogía con relación a la trivial y casi frívola discusión, común entre venezolanos de la oposición democrática y también presente a veces en el Departamento de Estado americano, en tiempos de Obama y Trump, sobre las opciones frente al régimen de Maduro. Algunos comentaristas que estos días claman por una línea diplomática, en lugar de la presunta estrategia unilateral de sanciones y máxima presión, pierden de vista que en todo momento, a lo largo de los pasados doce años y en mezclas variables, se han producido reiterados intentos de negociar directamente o en secreto, ejerciendo a la vez presiones de diversa índole.

A pesar de que Obama privilegió la diplomacia hacia Cuba y Venezuela, no fue tan ingenuo como para olvidar del todo que esa ruta existía en un contexto de incentivos positivos y negativos, de “zanahoria y de garrote”. Y el hecho es que el propio John Kerry acabó por decepcionarse de la respuesta cubana a los estímulos positivos de Washington. Los cubanos, como es su costumbre, se aprovecharon de la buena voluntad de Obama-Kerry para beneficiarse en todo lo posible, ganar tiempo y desechar los cambios democráticos y concernientes a los derechos humanos, que los diversos acuerdos alcanzados estipulaban. En otras palabras, Raúl Castro y sus secuaces cobraron y se dieron el vuelto.

En cuanto a tiempos más recientes, no es verdad que la estrategia de Washington se haya basado exclusivamente en sanciones y más sanciones. Una y otra vez se ha intentado que los incentivos negativos caminen en paralelo a ofertas positivas, ofertas que desde luego requieren de parte del régimen madurista una flexibilidad y una disposición que una y otra vez han brillado por su ausencia. Este último asunto, por cierto, será discutido al tratar nuestra ya anunciada tercera interrogante. Pero ahora deseamos concluir con esta reflexión: es fútil y baladí enfocar el desafío de Washington con respecto a Venezuela como una dicotomía entre diplomacia y sanciones, pues no son términos contradictorios sino complementarios. Ni la diplomacia de Obama ni las sanciones de Trump han existido en compartimientos estancos, tampoco necesariamente en una mezcla adecuada, pero han estado comunicadas. Tal vez no todo el tiempo, repetimos, de manera armoniosa y coordinada, en especial con los pareceres de la oposición venezolana. No obstante, no debemos olvidar que la oposición ha estado y está dividida y asume criterios en tensión, tanto sobre objetivos como acerca de la estrategia aconsejable para lograrlos. En cuanto a Maduro y sus cómplices, lo que quisieran es que Washington levantase las sanciones a cambio de nada o de muy poco verdaderamente sustancial. ¿Cómo salir del impasse y sacudir el estancamiento? Continuaremos en un editorial posterior. compartimientos estancos, tampoco necesariamente en una mezcla adecuada, pero han estado comunicadas. Tal vez no todo el tiempo, repetimos, de manera armoniosa y coordinada, en especial con los pareceres de la oposición venezolana. No obstante, no debemos olvidar que la oposición ha estado y está dividida y asume criterios en tensión, tanto sobre objetivos como acerca de la estrategia aconsejable para lograrlos. En cuanto a Maduro y sus cómplices, lo que quisieran es que Washington levantase las sanciones a cambio de nada o de muy poco verdaderamente sustancial. ¿Cómo salir del impasse y sacudir el estancamiento? Continuaremos en un editorial posterior


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