La asombrosa variedad de aves establece que las raíces, los  insectos, las hierbas, hojas, semillas, pulpa de frutas, néctares, savia, carroña, constituyan sus alimentos cotidianos, pero una gran proliferación come semillas. Algunas especies están provistas de un pico que les permite partir las semillas cuando son particularmente duras o deglutirlas de un solo picotazo.

Diariamente, observo a dos pajaritos, comensales, porque se hacen presentes todos los días a la hora del almuerzo. Les echo arroz en el jardín frente al comedor y me hacen compañía.

Es una minúscula pareja, creo que debe ser siempre la misma porque, acostumbradas, se aproximan y no alzan vuelo si sienten algún movimiento cercano. En ocasiones es otro pájaro similar, que se autoinvita. Lo distingo porque es nervioso y receloso. A los tres se les hace difícil partir el grano de arroz crudo, lo picotean varias veces y tragan los trocitos ya desmenuzados. Por eso prefieren el arroz cocido porque se dice que crudo puede hacerles daño. Pero también se incorpora una pareja de turpiales. Hermosos, grandes, de intenso color amarillo como el amarillo que ofrece el sol de los dibujos infantiles y una capa negra. Se enfrentan al arroz de manera directa y voraz.

Lo que me fascina y al mismo tiempo me sacude y enerva es el comportamiento de estos pájaros. No es solo la voracidad sino la violencia con la que se impiden comer unos a otros. Se picotean, se engrifan. Uno, más fuerte, acosa y persigue a los otros.

Los de capa negra se comportan con desmedida agresividad. Los comparo con los miembros de algún colectivo chavista o con algún guardia nacional o con la policía misma que dispara perdigones contra el rostro de los muchachos que protestan con todo derecho contra los desórdenes políticos y de cualquier otra naturaleza: crímenes que comete el nefasto régimen militar.

Los pájaros desdicen los elogiosos y abrumadores cantos que les conceden los poetas: sus voces en lugar de tiernas y dulces son agresivas; agitan sus alas, son tenaces y vengativos. Defienden su avidez con ardor y desconocen la solidaridad. Sin embargo, desde la antigüedad se les atribuye un sello indeleble de espiritualidad solo porque vuelan, surcan el espacio y pretenden representar estados superiores del ser. Se les suponía portadores de poderes celestes, eran mensajeros. Y resultaba normal, aceptable, que las pitonisas y los adivinos e iluminados se instalaran en los rincones de los mercados para vaticinar el futuro observando y descifrando el vuelo de las aves.

Se las consideraba como el alma que al desprenderse del cuerpo se eleva. El cuerpo regresa a la tierra, pero el alma –sostenía Plutarco– se purifica en la luna. Luego, el espíritu vuela como un pájaro, pero hacia el sol. Hoy, los ornitólogos no piensan ni hablan sobre los pájaros de esa manera.

En bandadas, en enjambres como las abejas e insectos voladores, las aves son peligrosas, son fuerzas en disolución. Un nube de pájaros devora toda la cosecha burlándose de los espantapájaros. Pero solas, simbolizan el amor, la fragilidad, la ternura, el espíritu benigno.

El alma puede ser como un pájaro en vuelo, pero no significa que esa alma sea pura. Puede, perfectamente, no serlo. De allí que existan almas impuras, aves de mal agüero. Las tenemos entre nosotros: crueles, perversas, capaces de hundir a un país y provocar una catástrofe humanitaria que mantiene en sobresalto al mundo entero; una diáspora que ha aventado a mas de 5 millones de venezolanos hacia otros países creando dificultades inesperadas a las autoridades locales. Son almas sucias, despojadas de esencia, empeñadas en socavar nuestras propias almas impidiéndoles cantar y moverse con serena alegría.

Me place ver a los pájaros cruzar el aire de la tarde, al parecer sin rumbo cierto porque de pronto orientan el vuelo en dirección opuesta, siempre veloces como el viento que ellas mismas aparentan ser. Pareciera que no saben hacia dónde van. pero creo que es todo lo contrario: son flechas que conocen los caminos del aire.

No es lo que les ocurre a quienes creen estar dirigiendo al país venezolano. Vuelvo a decirlo: carecen de rumbo, toman caminos y atajos generalmente equivocados y maltratan a la gente con errores que se envuelven en mantos de prepotente vulgaridad. Picotean en el erario como los turpiales en el arroz y esconden los granos en silos más secos y subterráneos que se encuentran en las Antillas, Andorra o en el banco suizo CBH.

Mis amigos que aún permanecen en el país prefieren el arroz cocido y se esfuerzan por comerlo antes de que aparezcan los chavistas vistiendo no una camisa roja sino disfrazados de amarillo: turpiales de negra capa y atropellada crueldad y prepotencia.