El chavismo ha convertido a Venezuela en un país de paradojas. Resulta incomprensible que, en medio de la avalancha de medidas tomadas por el régimen para combatir el coronavirus, una más ilógica que la otra, ninguna tenga que ver con la mejora del servicio de agua, algo fundamental para poder salir airosos en esta lucha.

En toda la geografía la gente se queja con razón. Los esquemas de racionamiento no funcionan, igual a lo que sucede con la electricidad, y sirven solo para complicarle más la vida a los ciudadanos. Hay zonas de Caracas que pasan hasta 15 días sin agua, quizás más, y en el interior del país es mucho peor ya que se pueden contar los meses en los que solo sale polvo y cucarachas por las tuberías.

Con este panorama, ¿cómo hace el pueblo para mantener un mínimo de limpieza en sus casas? ¿Cómo exigirle a la gente que se lave las manos frecuentemente, que deseche la ropa cada vez que salga y regrese a su hogar? ¿Cómo garantizar la higiene?

Ni siquiera los hospitales y centros de salud cuentan con agua corriente, por lo que es una hazaña mantener alejado no solo el coronavirus sino cualquier enfermedad. Esta pandemia nos agarra sin recursos, descuidados, con las tres cuartas partes del país destruido y sin esperanza, porque no se avizora que las cosas puedan cambiar en el futuro próximo.

Las excusas para que no haya agua son múltiples, tantas como realidades, pero ninguna que tenga que ver con la incapacidad de un régimen al que le quedó grande el país.


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