Tolerancia y autodeterminación son dos valores fundamentales que aseguran la paz y la dignidad de la persona humana. Extenderlos y afianzarlos a nivel mundial, es tarea que concierne al liderazgo de las naciones civilizadas, con énfasis en aquellas que retienen mayor poder, de lo cual deriva una mayor responsabilidad. No se justifican excesos, pero tampoco es admisible la indiferencia ni quedarse quieto ante el abuso de autoridad cada vez más frecuente en países de exiguo desarrollo institucional, también en aquellos que han sucumbido a las tentaciones del populismo extremo de los últimos tiempos.

Barack Obama decía en el Parlamento británico que todo comienza con el liderazgo económico, en la medida que la idea central de Adam Smith sigue vigente: el sistema de libre empresa es el mayor creador de riqueza e innovación, es el que da rienda suelta a todo el potencial del individuo, el régimen que condujo a la Revolución Industrial activada en las fábricas de Manchester, el que hizo posible el impulso de la informática en los complejos de ocupación del Silicon Valley –el centro mundial de la alta tecnología–. Es por ello –añade Obama– que países como China, Brasil y la India crecen de manera acelerada y sostenida, porque mueven sus economías bajo los principios del mercado, como siempre han hecho Estados Unidos y Gran Bretaña. Ello naturalmente sin ignorar los pormenores del ciclo económico, que aparecen de tiempo en tiempo, exigiendo programas de ajuste.

John F. Kennedy, en ocasión del debate que sostuvo con Richard Nixon antes de la elección presidencial de 1960, comenzaba por recordar la pregunta que se hacía el presidente Abraham Lincoln cien años antes: ¿Puede esta nación existir mitad esclava y mitad libre? En la elección de 1960 –añadía Kennedy–, tomando en cuenta el entorno internacional del momento, las preguntas eran: ¿Puede el mundo existir mitad esclavo y mitad libre? ¿Nos moveremos los estadounidenses sobre el camino escogido hacia la libertad, o lo haremos hacia la esclavitud? Y concluía que todo iba a depender, en gran medida, de la sociedad norteamericana y de cuanto se hiciera en Estados Unidos, de la fuerza de suyo indispensable para la defensa de la soberanía.

Margaret Thatcher en la Casa Blanca, recordando en 1988 su primera visita a Estados Unidos, aludía al planteamiento del presidente Ronald Reagan, según el cual la década de los ochenta del pasado siglo, se vería menos comprometida si occidente mantenía la fuerza necesaria para preservar la paz. Un propósito plenamente cumplido, como nos muestra la historia. Reagan restableció la fe en el sueño americano –añadía la señora Thatcher–, el anhelo de nuevas oportunidades, construido sobre la empresa privada y el esfuerzo individual, situando a Estados Unidos en posición excelsa dentro del concierto de las naciones. Y gracias al coraje, inteligencia y liderazgo de Reagan, la llama de la libertad individual se encendía con mayor fuerza no solo en Norteamérica y Occidente, sino también alrededor del mundo, redimido para entonces de las odiosas tensiones de la Guerra Fría –la carrera armamentística y enfrentamientos políticos e ideológicos que dividieron al mundo en dos bloques: el occidental capitalista y el oriental comunista–. No fue aquel el fin de la historia como sugirió Fukuyama, pero el debate ideológico perdió fuerza y cedió el paso a soluciones pragmáticas y sobre todo factibles a los problemas de la humanidad –las progresistas nunca lo han sido–, hoy circunscritos a los asuntos de la desigualdad, del cambio climático, de los derechos humanos, de la salud pública, entre otros.

Las dos visiones del mundo sin embargo se mantienen en franca oposición aún después de la caída de la Unión Soviética, cuyo estruendoso fracaso –al parecer– no fue suficiente para erradicar las pretensiones continuistas de la Cuba castrista y de otros regímenes rezagados –algunos inesperadamente emergentes– que aún persisten en sostener modelos de economía planificada, de pensamiento único e igualación de clases sociales y sobre todo del autoritarismo disolvente de la democracia como sistema de gobierno.

Mientras tanto Estados Unidos sigue incólume en sus comprobadas fortalezas y sobre todo en su defensa y expansión del sistema capitalista sustentado en la economía de mercado, en la separación de los poderes públicos y en la propiedad privada de los medios de producción. Una nación colmada de cualidades y firmezas, que ha sabido desenvolverse en tiempos difíciles y que continúa prevaleciendo a escala global. Naturalmente, dando espacio a criterios y propuestas alternativas, a la revisión y actualización de la doctrina y la práctica del mercado, con el propósito de asegurar un mayor sentido de lo social en la gestión económica y en el emprendimiento político. También el cambio climático se levanta como tema prioritario de la agenda mundial, ahora potenciado por los efectos del covid-19 que conminó a los gobiernos a paralizar actividades en todos los sectores; de todo ello derivarán lecciones que marcarán la pauta en lo sucesivo.

Los estadounidenses han demostrado que la libertad de elegir trae prosperidad a los pueblos, que la defensa de los derechos universales –fraguados en el pensamiento ilustrado que los valoró como naturales e imprescriptibles– es tarea permanente que obliga enfrentar a las tiranías en cualquier coyuntura e imponer sanciones a cuantos persiguen y reprimen a quienes piensan distinto. También es preciso fortalecer a la sociedad civil y ante todo proteger a las minorías, porque las sociedades libres e igualitarias en el ejercicio de sus derechos, suelen ser mucho más exitosas; la represión apoyada en falsas promesas de estabilidad temporal deviene en antítesis de la democracia y de la igualdad. La libertad, la oposición al totalitarismo en cualquiera de sus manifestaciones, la propiedad privada y la seguridad individual son derechos que anteceden a los poderes públicos constituidos y como tales son defendibles en cualquier tiempo, circunstancia y rincón del planeta.

Así pues, Estados Unidos ha mantenido en el tiempo un enorme atractivo como espacio de oportunidades y emprendimientos vigorosos, fraguado en su defensa de los valores de la democracia y de la civilidad. Con su liderazgo e ideales sobresalientes, sigue siendo un gran poder, asumiendo un papel prácticamente inigualable en los asuntos del mundo contemporáneo. Solo por ello, cualquier declaración o actuación del presidente norteamericano es examinada, valorada en su naturaleza y en su contexto y siempre tendrá repercusiones mundiales. Una presencia cada vez más vigente que no han podido desvirtuar los oligarcas y defensores del comunismo achacoso que todavía deambula como rémora impenitente en la sociedad global.

 


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