El presidente Guaidó ha enviado delegados a la capital de Estados Unidos, para que se reúnan con funcionarios del gobierno. El tema es Venezuela, por supuesto, y demuestra cómo avanza el empeño para tratar de terminar con la usurpación de Nicolás Maduro. El diálogo puede crear suspicacia, especialmente en la opinión de los nacionalistas que tienen todo el derecho del mundo de mostrar sus diferencias con este tipo de acercamientos, motivo que aconseja hacer los comentarios que siguen.

Como la crisis no encuentra solución intestina, ¿se deben paralizar los movimientos para superarla mientras soplan mejores vientos? Como el usurpador se burla de la actividad política que realiza la oposición dentro de los confines del territorio, ¿hay que dejar las cosas a la buena de Dios mientras se opera un milagro?  Si consideramos que la tragedia venezolana concierne a los países democráticos del mundo occidental, que han manifestado su apoyo a la restauración de la democracia y que sufren sus consecuencias debido a la diáspora de nuestros compatriotas que trastorna la normal convivencia en numerosos contornos del extranjero, se debe aprovechar ese interés para que el barco explorador de libertades no se pierda dentro de los límites de nuesttro mapa.

Debe agregarse el hecho de cómo el usurpador se burla de las gestiones de la oposición, y la estampida de sus delegados que asistían a la reunión de Barbados promovida por el gobierno noruego. La dictadura aceptó  en principio una mediación internacional, es decir, la posibilidad de que intereses extranjeros participaran en la política intestina, pero se levantaron de la mesa sin aviso ni excusa cuando les pareció conveniente. Además, la  dictadura no solo desprecia a la oposición, sino que también la agrede cada vez  más a través de la represión y tratando de impedir el trabajo de la legítima AN. ¿No son circunstancias escandalosas que, debido a que no encuentran solución aquí, deben buscarla en el extranjero?

El interés de la ONU, de la UE y de la OEA debe considerarse en el análisis del panorama. Así mismo, la actividad constante de los gobiernos del hemisferio que forman el Grupo de Lima. Entienden que el problema venezolano les concierne y que deben participar en su desenlace. No solo por las noticias que reciben del horror doméstico y por las migraciones que trastornan sus economías y sus rutinas, sino también porque la oposición venezolana ha solicitado su colaboración y no se ha quedado con las manos vacías. Todos estos factores hacen que ahora el presidente Guaidó envíe delegados a Washington, para acelerar el cese de la usurpación que la sociedad le ha encomendado y con el que se ha comprometido desde enero. Si sus planes han  encontrado en Estados Unidos un formidable aliado, ¿va a dejarlos colgados en la mitad del camino?