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Por equipo editorial 

Cuando se acerca la fecha de las elecciones presidenciales, nos encontramos con una población cada vez más decidida a cambiar el lastre político que hemos soportado en el siglo XXI, y emprender un camino donde retorne la esperanza, el optimismo, la identidad nacional.

No obstante, el régimen, que controla todos los poderes, continúa con sus prácticas de persecución política, intimidación y hasta encarcelamiento de quienes se han mostrado en favor de la dupla de Edmundo González Urrutia y María Corina Machado, siendo esta última la que lleva adelante por todo el país el mensaje de apoyo y la necesidad de organización, para que el 28 de julio Venezuela abra las puertas hacia otro destino.

Por ello, resulta condenable ver el cómo las instituciones acopladas ante los designios de la cúpula neototalitaria, cierran hoteles y posadas, restaurantes, y hasta humildes locales y dueños de sonidos y tarimas son cercenados en sus derechos, llegando al paroxismo de retener una curiara por el hecho de haber transportado a María Corina Machado hacia el espacio geográfico de una de sus concentraciones.

Igualmente, se obstaculizan vías y hasta se cometen acciones de paralizar el tránsito hacia las ciudades y pueblos donde la oposición organiza sus eventos, sin que ello concrete su acción de evitar las multitudinarias muestras de apoyo que la líder de la oposición lleva en cada mensaje, y en cada orientación, pidiendo por la salida del madurismo.

El madurismo convertido en una plaga política ha vivido y sentido en su escuálida campaña, el rechazo mayoritario de una población que cansado de sobrevivir con míseros salarios y pensiones, además de tener que resistir con pésimos servicios públicos, reclaman y abuchean al candidato oficialista quien pareciera, ignorar cuáles son las necesidades de la gente, cuando se desplaza en caravanas, donde sus escoltas son los únicos referentes de compañía.

Nicolás Maduro lleva casi 12 años en el poder donde jamás se había visto, niveles semejantes de destrucción. Habría que sufrir de algún grado de vesania para aprobar tanta crueldad, y donde el salario mínimo de 3 dólares mensuales, solo representan un territorio en estado de descomposición, como un enorme basurero a cielo abierto, que solo destila lixiviados al resto de la sociedad.

Entramos en la recta final del evento electoral. Los venezolanos solo aspiramos volver a tener la paz que nos fue robada y que el futuro nos llene del retorno de nuestros hijos y nietos. Venezuela se juega su destino.


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