“Han convertido la política en un combate inútil acerca de cosas que a nadie importa. Venezuela no le importa a nadie”. Con estas palabras expresaba la señora Calvo, una de las tres vicepresidentes del gobierno español, su menosprecio y, peor aún, la ausencia de empatía hacia la tragedia humanitaria venezolana creada por el “socialismo del siglo XXI”, un híbrido de miseria y genocidio. Confieso que las sentí como una bofetada y una brutal agresión; la sola mención de sus palabras me hierve la sangre.

Conviene aclarar que lo expresado por la señora Calvo se hizo lo que se conoce como el  Europagate o Abalogate o Delcygate. El gobierno español incumplió un acuerdo establecido en la Unión Europea y desconoció las sanciones impuestas a los amigos de Maduro. El guion de argumentos semejaba una ristra de mentiras cuya entrega se hizo en varios fascículos y ante las preguntas de la sociedad la vicepresidente respondió con acritud inusitada. Artículos y vídeos esclarecedores del suceso nos ahorran palabras. Invitamos al lector a revisarlos para comprender un hecho que está lejos de haber concluido.

Tras cada nueva explicación y justificación el hecho se tornaba más oscuro, se ensombrecía. En criollo diríamos “no aclare que oscurece”. El incidente y las explicaciones del mismo han sido ironizados en hilarante videos y fotos a través de las redes globales. De pronto, con aquella primera afirmación “no pisó suelo”, el espacio aéreo dejó de formar parte del territorio.

Afortunadamente, la tragedia humanitaria de los venezolanos existe para varias decenas de jefes de gobierno, vicepresidentes, líderes de partidos políticos, organismos internacionales y para los demócratas del mundo, quienes se preocupan y ocupan de encontrar remedio a la barbarie del régimen venezolano. Los incontrovertibles datos del Informe Bachelet, el cual desnuda la violación sistemática de los derechos humanos por parte de quienes apoyados en las bayonetas ostentan el poder, corroboran el interés de las Naciones Unidas por la precariedad de la situación venezolana.

El interés y preocupación por ese inmenso éxodo se manifestó en la reunión convocada por quien hasta hace poco fue la alta representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, Federica Mogherini, conjuntamente con Eduardo Stein, representante de Naciones Unidas para la diáspora venezolana en las Américas. El objetivo de la cita era sumar apoyos de centenares de organizaciones de todo el mundo para atender la crisis humanitaria y la migración. Su interés es signo de humanidad, de empatía por el sufrimiento del otro y ello se agradece. Esa inmensa lista contrasta con la visible y notoria, por pequeña, de quienes se colocan de perfil frente a la violación de los derechos humanos y la salida masiva de más de 6 millones de venezolanos, superior a la de Siria cuyos ciudadanos huyen de una confrontación bélica.

De la precariedad de la situación venezolana, con niveles de empobrecimiento y deterioro desconocidos previamente en la región, sin agua, sin electricidad, sin medicinas, etc., no escapan los ciudadanos españoles, sus hijos y nietos, quienes permanecen en el país que los acogió. Muchos de ellos sufren en carne propia las confiscaciones, expropiaciones e invasiones promovidas por el régimen, de sus empresas, fincas y propiedades; resalta de entre ellas el caso de Agroisleña, empresa cuya demanda al gobierno de Venezuela por expropiación se ventila en los tribunales. Este gobierno, además, viola el acuerdo bilateral de pensionados y jubilados. Las situaciones descritas despertarían el interés y la atención de cualquier gobierno que se precie de serlo.

El desinterés manifestado por la señora Calvo indica que se desentiende de las empresas españolas con dificultades para repatriar los beneficios desde Venezuela: Repsol, BBVA y Telefónica, entre las más emblemáticas de todas ellas. También a aquellas otras con contratos de exportación de bienes y servicios desde España. La indiferencia revela su indisposición a promover la participación de las empresas, inversionistas y tecnologías españolas en la futura reconstrucción de Venezuela. Con ese hastío indispone a las empresas españolas a realizar alianzas estratégicas y  joint-ventures y coloca al mercado venezolano, urgido de inversiones, fuera del radar del tejido empresarial español.

La terca realidad desmiente que Venezuela “no le importe a nadie”. La policía española ha detenido a varias personas relacionadas con la investigación a Raúl Morodo, ex embajador de España en Venezuela en el período de Zapatero, por una trama de blanqueo de fondos de Pdvsa. Recientemente, la banca suiza aportó datos de interés para este caso. En medio de esa investigación, se “suicida” en extrañas circunstancias un ciudadano imputado a horas de participar en el juicio de esta investigación que promete arrojar información de mucho interés.

Señora Calvo, el señor Zapatero, ex dirigente de su partido político, manifiesta con sus actos su desacuerdo con usted. Ejemplo de ello es el elevado número de viajes que ha realizado a Venezuela, el más reciente de ellos en el contexto del Europagate, y se supone que por motivaciones estrictamente personales. También le interesa muchísimo a su colega, con quien comparte vicepresidencia, por cómo se colige de sus muy diversas apologías y expresiones de idolatría al difunto presidente de Venezuela. No podemos dejar fuera de la lista de interesados a las empresas españolas exportadoras de bienes y servicios con destino Venezuela.

También importa a los dirigentes políticos, a los parlamentarios y a las organizaciones de la sociedad civil de signo democrático que han hecho suya la dramática situación de Venezuela, a connotados líderes de su partido, como el ex presidente Felipe González, quien ha sufrido las agresiones de Maduro y Cía. Hasta el partido que usted representa ha participado en acuerdos que denuncian la situación y exigen salidas democráticas en el Parlamento Español y en el Europeo.

Importa a los seres humanos, a las decenas de miles de retornados, a los centenares de miles de hijos y nietos de quienes encontraron en Venezuela su país de acogida, a los familiares y amigos, a los compañeros de trabajo y estudio, a los empleados, a la red de amigos españoles solidarios con los venezolanos, que han acompañado a hacer las maletas que llenan de medicinas, artefactos, repuestos y alimentos de los que carece el país. A los gobiernos locales que atienden los problemas de los jubilados y pensionados, impedidos de sus derechos contenidos en el acuerdo bilateral de seguridad social que el régimen venezolano viola. Ciudadanos que votan en Venezuela y España y están pendientes de las acciones u omisiones de cada partido político.

A cualquier gobierno en España debería importarle el aporte al PIB de parte de los varios centenares de miles de venezolanos, cuya demanda agregada motoriza la creación de empleo y riqueza. Un elevado porcentaje de ellos son además emprendedores, y el papel que podrían desempeñar en el proceso de internacionalización de la empresa y la difusión de tecnologías y conocimientos no puede ser banalizado.

Las palabras de la señora Calvo no pueden opacar el interés mostrado por el pueblo español y los partidos demócratas en el éxodo venezolano, quien reconoce el trato humano y solidario recibido al llegar a esta tierra. Mientras esto escribo, vienen a mi memoria anécdotas de Rómulo Betancourt, quien rompió relaciones diplomáticas con España en la época de la dictadura y con los dictadores latinoamericanos, Trujillo en Dominicana y Somoza en Nicaragua; quien reconoció al gobierno republicano español en el exilio y dio preferencia para ingresar en el país a los exiliados españoles que lo solicitaban. Fue precisamente durante los años 1946-1947 cuando se produjo la mayor afluencia de exiliados españoles a Venezuela. Hay suficientes razones para la empatía y el interés por lo humano, por las libertades y la democracia, motivos que justifican nuestro compromiso de impulsar una red democrática global con el nombre de ese insigne demócrata venezolano.

@tomaspaez


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