Foto AP

Más de una semana tiene Perú en incertidumbre. Pero no hay más que esperar que el Jurado Nacional de Elecciones dé su veredicto sobre las actas impugnadas de lado y lado. La diferencia entre la candidata derechista Keiko Fujimori y el izquierdista Pedro Castillo es de alrededor de 50.000 votos, y eso es precisamente lo que llama la atención por estos lados.

Que lo advierta hasta el premio Nobel Mario Vargas Llosa y que al parecer no haya llegado a los oídos de sus coterráneos, los peruanos, es bastante llamativo. Lo que se jugaba Perú (porque ya casi está decidido) en este balotaje era si ese país se embarcaría en una travesía hacia el abismo utópico de un “luchador social” que quiere transformar la economía.

Pedro Castillo salta a la política desde un liderazgo sindical, con prominencia en la defensa del campesinado de su país, de donde viene. Pero se supone que tiene una formación universitaria y que durante años ejerció la docencia de manera exitosa. Sin embargo, es incapaz de definir conceptos como “monopolio”, contra lo que supuestamente dice que quiere actuar. Eso lo demostró en una entrevista televisiva en plena campaña.

Por detrás de Castillo está todo el discurso del famoso Foro de Sao Paulo, con la demagogia de acabar con la desigualdad y darle protagonismo al pueblo, algo que por aquí en estas tierras se ha estado escuchando desde hace más de 20 años. Y bastante que se lo han advertido a los peruanos los intelectuales de toda Latinoamérica, que se vean en el espejo de Venezuela, porque al final estas iniciativas que parecieran tan “novedosas” y “justas” terminan siendo intentos fallidos en los que las víctimas son los propios ciudadanos.

Pero al parecer la comparación y las llamadas de atención no sirvieron para nada, pues Perú está a punto de dar un giro hacia la pesadilla que está matando a los venezolanos. No les ha bastado ser uno de los países receptores de migrantes que tratan de huir del hambre y las enfermedades. No les bastó ser víctimas de algunas bandas de violentos delincuentes que han visto en ese país una sucursal de sus fechorías en Venezuela. Los peruanos parecen haber creído en el discurso demagógico, oportunista y mentiroso de un candidato que no tiene nada que ofrecer salvo recetas comunistoides fallidas.

Debe ser que el espejo de Venezuela no está muy limpio. Al contrario, se ha empañado por la cantidad de dólares que aún tiene el régimen para importar ideas y lavar cerebros. Lastimosamente los pueblos latinoamericanos no escarmientan en cabeza ajena. El mayor deseo de los venezolanos es que no tengan que pasar por la tragedia de ver destruidas sus instituciones y arrebatada su democracia. Nuestro mal no se lo deseamos a nadie.


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