Un mediocre o una “mediocra” -como dirían, por cierto, los mediocres asistidos por estos tiempos de salvaje mediocridad-, nunca dejará de autocalificarse como el más competente, el más apto, el mejor. El mediocre se halaga a sí mismo, presume de sus arduas batallas y de sus incalculables éxitos, se premia, se obsequia. Acaricia los múltiples títulos de la triquiñuela, con la que cree haber logrado engañar a todos. A fin de cuentas, la apariencia es la única realidad con que cuenta, su un, dos, tres, cinco, diez, veinte continuo, obsesivamente interminable e indetenible, “a paso de vencedores”. Él es the best of the best, la última mutación del homo sapiens, la ‘cresta craneal’ del veinte puntos por los caminos verdes de la trampa. Y cuando se ponen más astutos o más malandros, y logran finalmente asociarse o formar comparsas y cofradías, se puede llegar a creer que se trata de un encuentro de celebridades, de puras estrellas del firmamento. Los cielos de la web se iluminan, los aplausos no paran, los halagos no alcanzan. Cada uno de ellos conoce bien el tamaño del rabo de paja del otro. Por eso, taparlo es taparse. Y todos se tapan. Son piratas, aves de rapiña. Son las consecuencias sombrías de los afanes de la producción en serie y, por supuesto, el producto de los insufribles ‘eternos retornos’ de la industria cultural. Si los chinos pueden producir teléfonos o zapatos como churros, ¿qué puede impedir que se produzcan canallas como chorizos por la simple transmutación alquimica de la calidad en cantidad? Y es que hay que intentar, en lo posible, de ocultar la mediocridad a punta de mala infinitud, porque sólo ella resiste la insuficiencia detrás de una cuantificación externa y convencional, numéricamente artificiosa, plenada por el indetenible afan de contar el mito de sus grandes logros, de sus heróicas metas alcanzadas, de sus in-calculables hazañas. Por eso siempre imaginan en función del “veinte puntos”. Ni más ni menos. Como reza el adagio popular, los mochos se juntan para rascarse.

La expresión “foro” es de origen latino, y significa “lo que está afuera” (foris, foras), más allá de la puerta. De hecho, el forum es el lugar de intersección del espacio público en el que confluyen las vías principales de una determinada urbe, la “plaza mayor” o la “plaza del mercado”, en torno a la cual se ubicaban los poderes públicos y el templo sagrado. El foro es el lugar de reunión por excelencia de todos, bajo la luz del sol. Y, de entradas, establece -como es propio de la cultura romana- la diferencia entre las virtudes públicas y los vicios privados, porque más allá de los límites del domus -del hogar-, está el foro como el gran espejo manifiesto de las propias virtudes. Es por eso que aquellos que han mostrado llevar una vida pública contraria a las leyes de la ciudad, es decir, a la sombra del crimen, se les llama forajidos, o sea, los ‘foraejido’ (de forum y exire), los que han sido exiliados del foro.

En tiempos de mediocridad, el foro ha sido secuestrado por los forajidos. Ya no es más el reino de las virtudes sino el imperio de los vicios. El arma de la decadencia. Se trata de la cabal demostración de la incursión y progresiva sustitución del crimen organizado en el centro nuclear del escenario político y social del presente. La pandemia de la pandemia del siglo XXI. Eso es, de hecho, el Foro de Sao Paulo. Y tal como le asignan a las representaciones que, individual y colectivamente, hacen de sí mismos, no con cinco ni diez sino con veinte puntos, con impecable coherencia, digna de un auténtico sistema de metafísica prostibularia, han acordado una agenda “pospandemia” cuantificada en lo que podría calificarse como los veinte objetivos de la criminalidad, cuyo propósito principal consiste en generar, especialmente en Occidente, un “plan estratégico de desestabilización”, mediante la generación de “movilizaciones masivas” en los países “satélites de la órbita estadounidense”. La creación y organización de cuerpos paramilitares que generen terror; la exigencia de reformas constitucionales que debiliten la estabilidad de los sistemas políticos; el secuestro y manipulación de los movimientos de lucha por “la equidad, el género y el racismo”; la desmitificación de las religiones y la promoción de la brujería, formada en los “preceptos revolucionarios”; el control de las redes sociales y de los mass media, así como la aplicación de “medidas ejemplarizantes” para aquellos comunicadores que se atrevan a denunciarlos; la promoción del aborto y el consumo de drogas “como parte del desarrollo de la personalidad”; la creación de la “teoría de la relatividad de los valores”, cabe decir, que todo lo que favorezca al gansterato es “bueno”; la creación de nuevos “símbolos nacionales”, como el caso de Floyd en Estados Unidos; la intensificación del “culto al líder” o el “Chávez vive” como caja de resonancia; la conversión de la educación en un centro de enseñanza de “la lucha de clases”; la creación de “células” de control ciudadano, espías en las barriadas y urbanizaciones; la destrucción de los partidos políticos; la destrucción de los aparatos productivos; la siembra de “infiltrados” en todas las instituciones públicas y la creación de “estructuras paralelas a los entes del Estado”; la promoción del uso de la moneda virtual (Bitcoin) y el control de la banca, de las divisas y el rastreo de capitales que no sean complacientes con los negocios del gansterato; el reparto de la propiedad mediante las invasiones; el empobrecimiento sistemático de la sociedad, a objeto de controlarla; el pasar “de la brisa a la tormenta” a través de la manipulación de las redes sociales. En fin, toda una proeza. ¡Veinte puntos!

En este tiempo, “la ruta de la seda comienza en Venezuela”, como afirmara Xi Jinping. Desde la coca hasta el opio. Si la llamada “sociedad abierta” no ha empleado aún los mecanismos de inteligencia, control y seguridad que le permitan poner fin a esta auténtica -real- amenaza en contra de sí misma, cazar a los gánsters y colocarles sus respectivos uniformes de presidiario, sólo puede explicarse porque la penetración de las instituciones que la cofradía gansteril dice proponerse, ya se ha producido. Y desde hace ya bastante tiempo. Que el llamado “mundo libre”, que fundaran con tanto esfuerzo y auténtica virtud los antiguos griegos y romanos, sellando el fin de las ambiciones del despotismo oriental sobre Occidente, esté en la actualidad en manos de forajidos, al servicio de intereses financieros ocultos a costa de la desgracia de un mundo cada vez más ignorante, pobre y enfermo, sólo útil para la servidumbre, no es “un tema”, sino el problema esencial, fundamental, a resolver. Mientras más tiempo pase más difícil será la posibilidad de liberar la sociedad de la peste desatada por la mediocridad de un grupo de gánsters al servicio de los intereses de la tiranía oriental. Fue por falta de atención que Venezuela pasó de ser la “tacita de plata” de la América Latina para convertirse en el “pocillo de loco” de la más espantosa de las miserias.


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