En la penumbra de la noche, muy cerca del amanecer, en medio de la zozobra, del descontento y la desconexión, pasan por mi mente resonadoras preguntas sin respuestas claras:

  • ¿En qué sociedad sobrevivimos?
  • ¿En qué país nos estamos criando?
  • ¿Cuál es el legado que estamos dejando, más allá de las ambiciones individuales?
  • ¿Realmente luchamos por lo que merecemos o nos acostumbramos a lo que tenemos?

Jamás, jamás, jamás, me hubiese imaginado ser parte de esta nueva epopeya nacional, en búsqueda de algo más que un país.

Ya la normalidad es una ficción, sin embargo, este cuento se debe acabar y somos muchos los que estamos dispuestos a ponerle punto final.

Echar una hojeada en las páginas históricas nos hace fortalecer, de algún modo, las convicciones a las que debemos aferrarnos para seguir librando lo que nos ha tocado, por el destino, porque muchos no lo escogimos.

El país que alguna vez constituyeron nuestros próceres independentistas se ha caído a pedazos por las demencias de algunos pocos. Aunque duela, la verdad es que la maldad, el rencor, la división y tantos otros sentimientos negativos se han apoderado de nuestros conciudadanos.

Letal es el futuro que nos espera, sí no se corrige el problema de fondo, pues pronto tocaremos fondo.

Nos ahogamos en la eterna búsqueda de la razón absoluta, interminables carreras “presidencialistas” hasta “concejalistas”, la odiosa sempiterna línea divisoria entre izquierda o derecha, blancos, azules o amarillos y los interminables ataques desmesurados y sin criterio, hacen que la población venezolana caiga sumisamente en un letargo portentoso, de cuál es difícil de escapar.

¿De verdad se es tan ingenuo para pensar que, luego de tanto, el país se construye solo? Kelsen se debe estar retorciendo en su sepulcro porque el concepto que muchos tienen de democracia es algo torcido.

Quizás muchos debieron reprobar Historia Universal porque, en su práctica, las acciones hablan por sí solas.

Más allá, en el terreno álgido y tumultuoso de la “sociedad civil” escondida en la baranda a conveniencia, encontramos una gran dosis de odio inmensurable hacia sus contrapartes. Un odio acérrimo e incorregible como si se tratara de un enemigo a destruir o volver “polvo cósmico”, como dijo hace mucho tiempo el intergaláctico destructor.

Al parecer ese discurso está rindiendo sus frutos. ¿En serio la hipocresía es tan fuerte como para pensar que la lucha es de un solo sector?, ¿de verdad siguen creyendo que la lucha es por el espejismo de pequeñas reivindicaciones? Pues, la soledad en estos momentos no es buena aliada y la crítica acéfala mucho que menos.

La catarsis debe tener resultados positivos, la crítica debe generar acciones constructivas, el odio debe ser suprimido definitivamente.

La necesidad de la unificación de las fuerzas vivas es imperante, más que los intereses individuales, las razones por las que lucha un estudiante que se forma en medio de un campo de guerra universitario, son las mismas razones de la lucha de un médico que batalla en los hospitales troyanos, la lucha de una enfermera que no consigue insumos es la misma que la del maestro que no tiene ni para el pasaje que le permitirá llegar a la escuela, la lucha ardua que tiene un político en medio de represión y persecución es la misma que tiene una familia en la búsqueda por conseguir algún rubro.

La lucha es la misma, el objetivo debe ser el mismo y la reivindicación es una sola: construir un país. Quien no lo entienda, pues ya sabemos para quien juega.

@JorgeFSambrano

#RendirseNoEsUnaOpcion


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