Los imprevistos como accidentes, enfermedades, malas noticias, situaciones apremiantes o consecuencias no deseadas, son como las visitas inesperadas. Te sorprenden y seguidamente te trastocan toda la planificación que tenías, bien sea porque se reciban con calma, histeria o exageración, dichas situaciones se imponen como el fuego, cuyas bondades son absolutas bajo control promoviendo condiciones de temperatura confortable, la cocción de los alimentos y la productividad. Realidades así, también se constituyen arrasadoras en condición de descontrol como los incendios que parecen cobrar vida propia y destruyen todo a su paso, dejando poco lugar para querellas o reflexiones, y tal nivel de devastación que cuando se mira atrás, no parece existir nada que recuperar, solo cenizas. Un poder dual así, que se constituye generador y destructor debe ser respetado con vehemencia.

Descendiendo por el acantilado del pensamiento, elucubraba en esto como una analogía de la contundente visita divina, que en su amor permite infinidad de situaciones, las cuales según nuestra condición y apertura de mente y corazón, se convierten en oportunidades de generar condiciones confortables de vida y progreso o escenarios de muerte o espacios para sucumbir en desgracia, frustración y desdicha. Le comparo con una visitación porque todo lo que arde, requerirá ciertas condiciones que permitan la combustión  y fenecerá oportunamente.

Hay quienes visualizan la divinidad dentro de ellos, o la perciben como un ente maligno a la espera de total destrucción, pero que tal si mudamos dicha percepción nefasta más propia de un reflejo de la naturaleza humana que de lo perfecto; y se abre el corazón aquello que es difícil de racionalizar y requiere la fe que solo una entrega total puede gestar. No hablo de prácticas litúrgicas o palabrerías repetitivas que no llenan a nadie, me refiero a la oportunidad de un encuentro sincero con Aquel que no podemos controlar o manipular. Por el contrario, su presencia de impredecible transformación arropa todo a su paso. Él se abre espacio a sí mismo, eliminando aquello que le es indigno, injusto e inoportuno. Una visita suya te obliga a pesar la vida, te recuerda finitud y te inspira eternidad.

Las posibilidades siempre son infinitas, aun cuando nos cuesta divisarlas en el horizonte de las circunstancias, pero asumir una actitud de rendición puede ser una estrategia útil. Entiéndase dicha rendición, como entrega a la voluntad divina y no como incapacidad para luchar la batalla que se requiera o sobreponerse al impacto recibido. Es una sublime actitud y expresión de requerir intervención divina, ante los escenarios por grandes o pequeños que sean; una forma de depender de la gracia divina para hacer frente, resolver y seguir adelante con una mejor versión de quien puedo y decido ser.

Humean las fumarolas de lo que un corazón se permita vivir, para bien o para mal. La visita siempre se va, y lo que queda atrás resulta ser más un reflejo de lo que somos que del fuego. Irónico, que un mismo exógeno tenga tan múltiples efectos, según el intrincado diseño interno de quien le alberga, por mucho o poco tiempo. Si por fuego se purifican las cosas valiosas y por fuego se queman las impropias. Pues entonces, solo la pureza sobrevive a las llamas ardientes que deambulan probando todo a su paso. Seamos de los que resultan refinados y no desolados en su transitar.

@alelinssey20


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