Cuando el covid-19, suerte de “asesino serial” (Beatriz Sarlo dixit), concluya su nefasta singladura por el orbe, sus consecuencias iniciales serán una fuerte recesión económica, un reforzamiento del nacionalismo y de las tendencias endogámicas así como un debilitamiento del multilateralismo, la cooperación y la solidaridad internacional. En lo que a Venezuela respecta, la consecuencia probable es la potenciación de nuestros males sobre todo en la ya menguada calidad de vida de la población.

En muchos países los gobiernos están tomando decisiones para tratar de controlar daños, reducir los impactos  de la recesión en ciernes y crear las bases para la recuperación. No se observa la misma diligencia al respecto de parte del gobierno venezolano.

La sociedad venezolana, que todavía (según algunos expertos) no ha llegado a la etapa en que explote la pandemia porque el virus se estaba incubando, emergerá de la misma en las peores condiciones y deberá enfrentarse a su muy particular dilema existencial: su futuro como nación.

Futuro condicionado por la prevalencia de cualquiera de los dos escenarios posibles de  materializarse en el mediano plazo: la continuidad del régimen chavista o su sustitución por uno que lleve adelante el viraje de 180 grados en las políticas públicas, imprescindible para superar la crisis sistémica que padece la República.

No se aprecian indicios o movimientos en el sentido de que el régimen vaya acometer el viraje necesario, tampoco de que se apreste a negociar cualquier cambio significativo que abra las puertas a una superación positiva de la terrible situación que vive el país, lo esperable es el mantenimiento del statu quo.

La irrupción del covid-19 puede terminar siendo una terrible paradoja para el país y su futuro inmediato porque, a pesar de que pone de bulto (de nuevo y con más fuerza) la inepcia e indolencia del régimen para atender con eficiencia los problemas que confronta la sociedad en su conjunto y aumente su descrédito, puede suponer un aumento de su estabilidad inestable y capacidad de sostenerse en el poder en virtud de que sus adversarios endógenos y exógenos no están en capacidad de emplear todo el potencial de su fuerza e influencia política y material para modificar en el corto plazo la situación.

El régimen no está en una situación cómoda (de hecho está montado sobre un volcán), pero asume que su aparato de control social y político está en capacidad de mantener la gobernabilidad y de contener el descontento; confía que las tendencias endogámicas reforzadas por la lucha contra el covid-19 y el debilitamiento consecuente del multilateralismo y la solidaridad internacional abonan a su favor.

De consolidarse esa tendencia el futuro de Venezuela será concluir su viaje, iniciado en 1999, hacia un país crónicamente carenciado y al margen de los avances civilizatorios, necesitado de auxilio permanente porque no es capaz de utilizar sus recursos humanos ni materiales para suplir sus necesidades básicas e insertarse con éxito en la comunidad internacional. Al igual que Cuba y Haití.

Ahora, si los estragos del virus y las carencias de todo tipo presentes y en desarrollo se combinan de tal forma y magnitud que se le salen de control al régimen, podemos entrar en una situación de imprevisibles efectos y consecuencias. El colapso y el caos pueden tomar cuerpo. Por ahora, ese escenario no se percibe posible, mas no se puede descartar.

 


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