Que un país rico en petróleo y otros minerales viva una crisis energética terrible, en paralelo con muchas otras más, es algo difícil de digerir. Hay que estar absolutamente obnubilado y tener una ilimitada propensión autodestructiva para que un gobierno impulse y permita que más de 90% de la población viva en la inopia. Para una mente equilibrada se trata de algo que no se ajusta al pensamiento racional.

Todo ha sido producto del fatídico proceso que empezó a cocinarse inmediatamente después de que Hugo Chávez Frías asumiera la Presidencia de la República, el 2 de febrero de 1999. Para entonces el líder de Sabaneta miró sus cartas y dedujo que tenía todo a su favor para que se cumpliera el sueño principal de su proyecto: tener el control sobre Petróleos de Venezuela, S. A., la gallina de los huevos de oro. Desde su creación, Pdvsa ha sido la principal fuente de recursos del Estado, de allí que su manejo fuese indispensable para llevar a cabo, sin preocupación alguna, las políticas populistas del gobierno revolucionario.

Durante los tres primeros años del nuevo régimen se designó al frente del ente petrolero a figuras comprometidas con el propósito de hacer realidad el desacertado ideal controlista. Las acciones que se implementaron en ese lapso terminaron en trágico descoyuntamiento cuando Chávez fue aventado del poder por pocos días, como consecuencia de la marcha del 11 de abril de 2002.

Poco después de ese lamentable acontecimiento, las refriegas entre Chávez y el sector opositor se reanudaron, conduciendo al paro petrolero de diciembre del año antes mencionado. En ese momento los venezolanos experimentamos por primera vez las consecuencias de no disponer de suficiente gasolina para movilizarnos. Pero ni de lejos aquella situación tuvo la magnitud de lo que hoy día sufrimos.

Es pertinente rememorar que en el curso de aquella contienda 90 ejecutivos de la industria fueron separados de sus cargos e inmediatamente después se dio un paso más insensato en contra de la organización petrolera: fueron despedidos casi 20.000 trabajadores. Chávez ganó una guerra pírrica que concluyó incorporando a la industria a un enjambre de pícaros y dientes rotos.

Después del anterior descalabro, por varios años el viento sopló a favor de la revolución bonita. El férreo control de cambio que se estableció –el cual entró en vigencia el 5 de febrero de 2003– se extendió más allá de lo necesario, permitiéndole al gobierno convertir dicha medida en una tenaza contra el sector privado y los ciudadanos en general, ahogando así sus libertades, como en ninguno de los controles anteriores.

Ciertamente, superada la crisis que culminó con el paro petrolero, el control cambiario se mantuvo en un contexto macroeconómico en que el Estado incrementó substancialmente sus ingresos de divisas por las exportaciones petroleras como nunca antes en toda su historia. En virtud de ello, la política cambiaria devino en palanca fundamental para el ejercicio amañado del poder, así como para la promoción y apuntalamiento de regímenes políticos de Centro y Suramérica, cercanos al chavismo.

Con la muerte de Chávez y el ascenso de Nicolás Maduro la nave revolucionaria comenzó a perder altura. El boom petrolero había llegado a su fin. Pero nada se hizo para poner en práctica los cambios macroeconómicos que ya eran indispensables. La ceguera roja se mantuvo inalterable. Tales actuaciones, junto con las arbitrarias e ilegales acciones contra la oposición democrática a través del Tribunal Supremo de Justicia, el Consejo Nacional Electoral y toda la estructura represora del Estado, condujo al actual estado de separación de las aguas.

En ese devenir, el férreo control del gobierno de Maduro sobre las instituciones del Estado y de las Fuerzas Armadas (con, por supuesto, el apoyo “desinteresado” de la dictadura cubana), acompañado de su incapacidad para garantizar la alimentación, salud y seguridad de los venezolanos, han transformado a nuestro país en un Estado débil. Esa situación ilegitima su mandato.

Una clara evidencia de esa incapacitación la apreciamos en la crisis energética que padecemos hoy día. Uno de sus detonantes principales es el pésimo estado en que se encuentran nuestras refinerías. Es en ellas donde se elabora el combustible para el parque automotor. Ya para mediados del año pasado las mismas se encontraban en pésimas condiciones por la falta de inversión y mantenimiento de los equipos, así como la insuficiencia de personal calificado.

El propio Rafael Ramírez, expresidente chavista de Pdvsa, se encargó en aquel momento de ponerle su velita a la torta, a través del siguiente texto publicado en su cuenta en Instagram: “Las refinerías están paralizadas o a mínima capacidad operacional. El Palito hace tres años, Puerto La Cruz desde marzo del año pasado, Cardón fuera de operación este año y Amuay no llega a 30% de operación. No reciben petróleo, no producen combustibles. Los gerentes patriotas, con conocimiento y experiencia, están presos como si fueran delincuentes. Jesús Luongo, por ejemplo, sigue secuestrado. Por eso no hay gasolina”.

Lo cierto es que antes, en Venezuela, se producían 1.300.000 barriles diarios de gasolina, mientras que a mediados de 2019 la producción bajó a 120.000 barriles diarios. Pero lo anterior no es todo. Por muchísimos años Nicolás Maduro ha regalado nuestra gasolina. Mientras en México y Estados Unidos se pagaba de 40 a 60 dólares por llenar el tanque de gasolina de un automóvil, en Venezuela ese mismo servicio se brindaba sin costo alguno. Esa alocada política condujo a que el país perdiera por contrabando de extracción más de 18.000 millones de dólares anuales entre los años 2014 y 2016. Por el consumo interno, la pérdida se estimó en 24.549 millones de dólares.

En 2018, desde el Palacio de Miraflores, en cadena de radio y televisión, Nicolás reconoció la realidad anterior pero fue incapaz de hacer los correctivos del caso. Por su parte, los conductores colombianos siempre han estado agradecidos con su paisano por el generoso apoyo que les ha brindado.

Esta semana la revolución ha celebrado en grande la llegada de un carguero iraní con gasolina para que los carros de la revolución calmen sus necesidades energéticas por pocas semanas. Para los opositores una migaja que se cancelará en dólares contantes y sonantes. Sin duda una gran victoria. ¡Qué tristeza!

@EddyReyesT

 


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