La reciente declaración de más de 180 importantes empresarios norteamericanos, incluidos los jefes de Walmart y JPMorgan Chase, no puede sino sorprender al empresario venezolano. Presentada como un giro trascendente en la definición de principios empresariales, la declaración consagra lo que desde hace años habíamos incorporado en Venezuela a nuestra cultura empresarial: la filosofía y la práctica de la responsabilidad social empresarial. Cuando la declaración de los empresarios norteamericanos afirma el propósito de no limitarse a servir a sus propietarios o accionistas, sino también a clientes, personal, proveedores y comunidades, está reconociendo el valor de la responsabilidad social.

La prestigiosa publicación The Economist reaccionó planteando el temor de que la aplicación de estos principios pudiera alentar una generación de ejecutivos sin sentido del negocio. Pero esta declaración debe ser recibida como una rectificación y una aceptación de las muchas desviaciones que han afectado al mundo empresarial norteamericano y que se han expresado en una mayor concentración del capital, una creciente desigualdad, el ahondamiento de la brecha entre la remuneración de los empleados y la de los ejecutivos, la desatención a los temas de la comunidad y a los de la protección del ambiente.

Los principios de responsabilidad social empresarial, asumidos temprano por el empresariado venezolano, inspiraron y guiaron un modo de ser y una conducta empresarial que, sin descuidar el propósito de responder al accionista con beneficios, incorporaron, como centro de su atención, los intereses de la comunidad, de sus propios trabajadores, de los proveedores, socios, clientes y consumidores. Es larga la lista de ejemplos de empresas eficientes, productivas, generadoras de ganancias y, al mismo tiempo, ocupadas de la comunidad y de sus grupos de interés. Para ellas contaban los empleados, sus familias, su formación, su carrera. Contaban los proveedores, su preparación, la asesoría para su crecimiento. Contaba el consumidor y sus exigencias de suministro y de calidad. Contaba el ambiente, tanto para el cumplimiento de las regulaciones como para el apoyo a iniciativas ecológicas o conservacionistas. Contaban las iniciativas privadas para el fomento de la educación y la cultura.

Cuando en Venezuela termine la arrogancia del poder que ha tratado de asumirlo todo para no hacer nada, habrá que volver los ojos a un sistema que permita recuperar el dinamismo económico y activar el sentido de responsabilidad social de la empresa, compelida hoy a la condición de supervivencia. Cuando eso suceda, será preciso recuperar la vigencia de unos valores, abandonados por las empresas estatales, empresas sin resultados, ajenas a los compromisos de productividad y de atención a los usuarios o consumidores, penetradas por la ineficiencia y la corrupción, sin control operacional y de afectación al ambiente.

Recomponer la vitalidad de la economía pasa por una necesaria recuperación de roles: el empresario para liderar empresas productivas y socialmente responsables; el Estado para promover, guiar, proponer políticas económicas y asegurar su cumplimiento. La experiencia no ha hecho sino probar que el Estado animado de pretensiones empresariales termina fracasando como empresario y, al mismo tiempo, descuidando gravemente sus obligaciones primarias.

Venezuela, felizmente, tiene en su propio pasado modelos exitosos en los cuales inspirarse. Las bases están allí, en una tradición empresarial reconocida incluso fuera de nuestras fronteras y en el esfuerzo desarrollado, pese a las dificultades, para seguir formando profesionales y gerentes medios penetrados de la filosofía de la responsabilidad social empresarial.

Una empresa fuerte y comprometida con la comunidad será, sin duda, el mejor antídoto para no regresar al estado de fracaso económico y social que marca el presente venezolano. Para el proceso de recuperación, el país confía en la fuerza de un empresariado que entienda su función como hacedor y promotor, agente de cambio y generador de riqueza social.

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