Doy vueltas por la sala, recorro una y otra y otra vez el pasillo, me asomo por la ventana, vuelvo a la sala para dirigirme a sentarme de nuevo. Luego de unos segundos, me levanto de la silla, vuelvo a recorrer el pasillo, en fin, con esta letanía trato de encarrilar mis ideas, para poder plasmar sobre el papel, los planteamientos que ayuden a explicar un poco lo que vivimos los venezolanos.

Cuando pienso que he logrado esbozar algunas líneas explicativas, me doy cuenta que sigo cayendo en la misma vaina. Es decir, describir la realidad social, económica y política de la nación, los factores que nos llevaron a esta realidad y señalar a los culpables.

De verdad, que los venezolanos pensantes le prestamos más atención a los revolucionarios que a nuestra propia familia. A veces pienso que Diosdado tenía razón, esos apóstoles chavistas nos tienen locos.

Esto es debido que el camino que hemos andado los últimos 20 años no es el correcto, ya que tratamos de alcanzar un sueño y terminamos en construir una pesadilla. No fue ni es la senda adecuada, la que nos indicó en su momento Hugo Chávez y ahora continuada por su sucesor Nicolás Maduro. Los que expresamos nuestra opinión en aquellos días, terminamos teniendo la razón, porque lo que se han dedicado en estas dos décadas es a ahuyentar la esperanza, convertirnos en esclavos y propiciar la lucha entre nosotros por una migaja de pan.

Ese anhelo esbozado en 1998, de redimir a los pobres, de realizar una distribución equitativa de las riquezas, de convertir a Venezuela en una potencia, terminó siendo una utopía, para devenir en un presente doloroso, con un futuro cada vez más incierto.

Ahora, claro estamos peor que antes, pero con un atenuante, hay miedo a cambiar, la cobardía es esencial en el diario vivir, debido a que nos aferramos a la miseria y no vemos más allá del temor.

Hay que asumirlo como sociedad, dejamos escapar el futuro, apostando todos nuestras ilusiones en un resentido social, que con sus locuras y megalomanías, nos condujo al siglo XIX y nos alejó cada vez más de la realidad mundial.

Implantó una revolución impuesta a punta de amenazas, cárcel, difamación, expropiaciones y leyes criminalmente aprobadas, para satisfacer un proyecto personalista de un grupo de comunistas, que creen todavía que las guerras se ganan arrasando en llamas un país como lo hizo Ezequiel Zamora o torciéndoles la voluntad a sus ciudadanos, como lo hizo Fidel Castro.

Llevamos 20 años anclados en la mentira, porque el tiempo se ha detenido en Venezuela, motivado a que cada paso que damos, nos aleja de la existencia como nación. Esa es la gloria del comunismo: hacer a todos (menos a la clase gobernante) igualmente pobres, igualmente ignorantes, igualmente miserables.

Ya no somos ciudadanos, somos rehenes de un grupo que utiliza al pueblo como pieza de recambio para legitimar sus atropellos, porque en su nombre, con ese eufemismo del poder popular, se han tejido los peores desmanes de los últimos años.

Sin olvidar que gran parte de las dificultades por las que atraviesa nuestra patria, se debe a que los ignorantes están completamente seguros y los inteligentes llenos de dudas, por eso las divisiones dentro de la oposición y la cohesión en el facilismo que brinda el chavismo, donde podemos apreciar la locura y atraso más extremo, hasta la sabiduría más eclipsante y lo que es peor, cada bando se cree poseedor de la verdad.

Por lo tanto, hay que asumir nuestra realidad, nuestra justificación como país y la misma consiste en que mientras existan intereses y acomodos, la situación de la nación no cambiará, debido a que no vemos más allá de nuestras conveniencias ni somos capaces de diseñar un porvenir que sea capaz de cruzar la frontera del oportunismo.

A pesar de que estamos inmersos en la pobreza más intensa, no solo económica sino espiritual, representada por una devaluación brutal de nuestro signo monetario, secundados por una hiperinflación que hace imposible adquirir productos de la cesta básica, junto con una pérdida de los valores más esenciales de la convivencia y la paz, esa es la Venezuela que ha nacido, que han amamantado, que han desarrollado y que ha atizado el régimen revolucionario, porque no hay que olvidar que todo proceso reformador, si no tiene garantizadas en su accionar el respeto a la ley y a la libertad, no suele pasar de una simple fiebre acompañada con delirio ideológico, que nos lleva directamente hacia un sistema opresor y totalitario.

Es lamentable, pero ahora pasamos al siguiente nivel, que es la pérdida de la libertad. Porque no es solo la apatía de la sociedad, sino el terror y el pánico que han sabido imponer los revolucionarios como política de Estado, en el cual el venezolano lo han reducido al silencio, acostumbrándolo a vivir en una situación de decepción continua, sufriendo a diario un toque de queda hamponil, respaldado por un cogollo político colaborador con la delincuencia, con el sustento irrestricto de una comunidad cómplice.

Ante tantas atribulaciones, la pregunta de rigor es ¿qué hacer? Lamentablemente somos un país tercermundista, donde prevalece la sumisión del poder civil al poder militar, por lo tanto mientras los uniformados sigan apoyando a este régimen, no por convicción política sino por intereses económicos, la revolución bolivariana seguirá gobernando por muchos años.

Ni las marchas, ni las manifestaciones, ni muchos menos todos los hombres y mujeres que han muerto en las protestas, ni los presos políticos, ni las persecuciones, ni la diáspora de compatriotas buscando mejores opciones de vida en otras naciones, ni los caminantes que van de un país a otro, ni los que se atreven en cruzar el mar Caribe en peñeros, ni los que ruegan por sus vidas por falta de medicamentos, ni los que se mueren de hambre, ni los que son asesinados por la criminalidad desatada, ni los niños de la calle, nada, no hay absolutamente nada que indique que el gobierno actual tenga una pizca de sensibilidad social, todo, absolutamente todo tiene un solo fin, el poder para enriquecerse, sin importar llevar al país a las condiciones más precarias, con tal de seguir aprovechando las ventajas que es controlar todas las riquezas minerales de la nación.

Ya somos una cita imaginaria de la democracia, con llamados a participar en procesos electorales amañados, con candidatos títeres, avalados por partidos diseñados en favor de las exigencias de Nicolás y sus cómplices. Hemos desaparecido como país. Venezuela ya no existe, solo luchamos para mantener el recuerdo de los tiempos de la cuarta república desde la miseria, porque somos el resultado de lo que pensamos, transformándonos en lo que somos ahora, un pobre país rico.


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