Desde luego no está para juegos de niños lo que le pasa a la oposición venezolana, tanto aquí como allá fuera de nuestras fronteras. No es una desgracia, ni menos aún un  naufragio. ¿Por qué los políticos no se van a enredar en sus propias trampas, en sus ansias de poder, en sus ambiciones minúsculas, aunque, como ya lo hemos vivido, florecen en medio del caos que padecemos y vivimos?

¿Pero eso los perdona o más bien los condena a seguir una ruta que ya está vencida y destruida para siempre? Si alguien quiere cambiar a Venezuela para siempre (algo poco menos que imposible) debería al menos despojarse de la hipocresía que se ha acumulado, en capas crecientes, durante estos años no solo chavistas sino en los estertores democráticos que llevaron a Rafael Caldera a destruir a su propio partido y convocar a una chiripera de izquierda para que, sobre las cenizas de su ahora odioso y fastidioso partido, se armara una tarima presidencial que a nadie le interesaba como no fuera a su propio y desproporcionado ego, y vaya que lo era. Era un Buda intocable y sapiente como nadie. Y es que nadie podía ser el doctor Caldera: esa hipótesis, desde luego, estaba denegada.

En visto de lo cual el poder, o su representación, debía volver a su lugar originario, la tropa, el jefe militar, la democracia no como un niño atado al cordón umbilical sino como un feto abandonado en un castillo rudimentario, soñado y construido por los niveles más bajos y menos instruidos de la sociedad civil y militar. Usaron como máscara de Carnaval la figura de Simón Bolívar (¿a quién más podían echar mano para justificar su torva ambición?) y, entre indiferencia de los ciudadanos y el descrédito de la democracia representativa, la presencia militar elevó su vuelo olvidando que había sido causa y desgracia de la historia pasada y moderna de Venezuela.

La muerte de Hugo Chávez profundizó la desgracia, pues abrió la puerta a sus segundones, y con esto no puede decirse otra cosa que, muerto el sheriff, los bandidos se apoderaron del pueblo. Como ocurre en las películas del salvaje oeste, que hicieron de nuestra juventud  momentos fundamentales.

Hoy la oposición venezolana olvida estas lecciones de la historia, se dividen, se atacan y se lanzan contra sí con una furia que nadie entiende. ¿Acaso somos tan malos, tan intransigentes y tan incapaces de entender que unidos podemos derrotar una dictadura? ¿Es que hemos perdido la esencial cordura que han practicado los pueblos a la hora de derribar una dictadura? Nos negamos, desde luego, a creer en tal suicidio.

¿Las diferencias, las tendencias, los enfoques, las discrepancias, seguirán siendo los motivos fundamentales para que, Dios lo quiera, lleguemos a una concordancia que permita una unidad que irrumpa ante el Muro de Berlín que impide nuestra unidad y fortaleza para rescatar nuestra democracia? ¿Será posible?