Estas reflexiones sobre el desplazamiento de la gente de las ciudades hacia aldeas durante los próximos 50 años, se siguen dando en el ambiente y determinaciones de la Plaga, pero esta vez y a propósito del tema de las migraciones, me extenderé en el ejemplo y la situación de Venezuela.

Según la historia y sus estudiosos, migrar es inherente al ser humano y el trazado de sus rutas, que arrancaron desde el sureste de África, nos lleva por todo el mundo, en todas las épocas con una variedad amplia de propósitos. Incluso, sin estos, sino obedeciendo a la propia condición humana.

Del caso venezolano se puede hablar por ser representativo y en curso.

Un país levemente constituido en su independencia de un imperio español, ya en crisis por las ocupaciones napoleónicas, sigue con varias vacilaciones y repeticiones en varias regiones, las directrices de un grupo de avanzados, embriagados y atentos a las ideologías emergentes del Enciclopedismo, el ejemplo de los Estados Unidos y auspiciados por las rivalidades de Inglaterra con España. Grupo genial y profundo que dirigirá la guerra de independencia y escribirá las pautas republicanas de ella.

Pero la guerra se lleva la vida de una buena parte de esos líderes y deja la dirección de la recién parida república, en gentes con más ambiciones que cabezas y que se pelearán entre ellos, con variadas excusas y oportunidades, por más de los cien años siguientes. El país no logra entender ni realizar el proyecto modernizador, industrial, racional de los libertadores.

Una condición costosa y miserable que seguirá en Venezuela hasta el petróleo.  Al no haber ni las formas ni los instrumentos, la fuerza cohesionadora que no lograban los caudillos,  la abonó el petróleo y la gente deslumbradas por esa riqueza, ya usada como palanca de mando, emigró. Abandonó los campos y se aglomeró en ciudades o alrededor de campamentos donde vivían los petroleros. Y los políticos y negociantes, muchas veces en sociedad o complicidad con transnacionales o caudillos militares con aspiraciones, usaban los ingresos petroleros para mantener la dignidad rota y la voluntad amarrada.

Comenzó otra manera de ser que a nosotros nos gusta llamar “petrofilia” y otros, los más, “rentismo petrolero”.

Se hicieron remiendos tardíos para industrializar, pero poco podían competir esos proyectos con la fuerza enajenadora del petróleo. Se buscaron excusas, proyectos y dogmas de un siglo atrás para tomar consignas, pero la dignidad rota no tenía oídos.

Hoy, sin petróleo y sin proyecto, el país hambreado, tiranizado y asustado por su abismo, vuelve a emigrar, pero esta vez por el mundo. Una fuga de derrotados que se miran, los unos a los otros, buscando culpables.

Otra de las muchas maneras de migrar.

Parece que ya es tiempo de entendernos.

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