Continuamos, aun rodeados por la escasez, la peste y gobernantes verticales, nuestras reflexiones sobre el tránsito y la migración de las ciudades hacia aldeas en el curso de los próximos 50 años.

La solidaridad es un valor ético que, como todos los valores, se verifica en su ejercicio, no en su prédica. No es fácil encerrarla en una definición. Es una construcción social con historia que se incrementa y varía con su ejercicio.  Un referente mayor para los comportamientos y acciones que requieran la presencia o realización de un proyecto.

Un ejercicio que se expresa y se alimenta de la proximidad, de la inmediatez, de la intimidad. Una vida social en la que los otros son diversos y, a la vez, integrados. Persiste una individualidad que posibilita y requiere comunicación, pero una comunicación que va más allá de los instrumentos lingüísticos o digitales. No es normatizable por lo que las leyes y los reglamentos evitan esa palabra por la complejidad de su descripción. No obstante, es frecuente encontrarla en invocaciones y oraciones que piden intervenciones santas o mágicas.

Pero que sea difícil su definición no esconde su necesidad y cultivo. Existe cuando el otro no me es ajeno y, a la vez, el otro da fe, señas, de la necesidad de mi existencia.

En las relaciones sociales humanas hay reproducción y sobrevivencia, pero también exigencias de calidad, complejidad, permanencia sobre las cuales se van agregando otras necesidades y otras satisfacciones.

Como valor ético, es un referente de la condición humana. Es más que una virtud o caridad, que un “dar sin mirar a quien”, no es un desprendimiento. Expresa una necesidad del otro que me resulta imprescindible para seguir siendo y, por tanto, una fuga de la soledad. Así, no es un simple remiendo o socorro al otro necesitado, no es una limosna que busca encontrar recompensa de un juez.

Independientemente de que esté o no inscrita como expresión curricular o disciplinar, sus actos y expresiones son consecuentes a los juegos sociales, a una práctica que puede o no estar formalizada: se da en momento de tragedias, hambrunas, muertes, catástrofes y dolores. Pero también de los otros juegos: la alegría, el disfrute, la memoria de lo pasado, la cuenta del vivir y, en todas, los ritos del acompañar, excusar y oír. De las muchas maneras y permanencias del ser compañía.

Cuando ella ha sido contravenida por la autoridad o la agresión, se palpa su existencia, y si no ha sido encuevada por el miedo, sale, va y grita. No es solo acatamiento de una norma o la respuesta ante un acto de injusticia.

La ciudad no cultiva la solidaridad ni la cohesión que esta pueda implicar. Limitados por los tiempos, traslados, compromisos laborales o intereses políticos o corporativos y migraciones, los encuentros son pocos e incidentales.  A veces deviene en un contenido legal o educativo: se predica, pero sin que se implique la diversidad. De la prédica se pasa muy frecuentemente a la imposición, a la autoridad, a la sustitución de la democracia por distribución o reparto.

No es un simple gregarismo orgánico. En muchas cosas de los humanos se pueden rastrear y encontrar ancestros y similitudes animales u orgánicas. Ha habido una evolución que implica un salto a la cultura y un agregado multiplicador. Pero no es adecuado aplicar a las relaciones animales u orgánicas el término ni la idea de solidaridad. Los colores, los olores, los movimientos, las apariencias y otros componentes de plantas, animales o microorganismos son señas que llegan a otros, convocando respuestas correspondientes que pueden implicar hibridaciones, pero no cultura.

No es el simple efecto de una atracción mutua. Implica complicidades corpóreas integrales cargadas de historia que se realizan con mayor o menor profundidad o complejidad, con mayor o menor permanencia. Así, como con el amor que existe mucho más que sexo y reproducción, vida gregaria o sobrevivencia. Va para el bien o para el mal, para la tristeza o la alegría, para el cambio o la preservación. Contrario a esto, la búsqueda de vida estable y previsible en las ciudades ha traído la migración, a la saturación y a los problemas que de ellas se desprenden: contaminación, miseria marginal y una vida estrecha marcada por ellos.

La aldea

La aldea propicia la dignidad y la solidaridad. El trabajo, la gestión y la producción serán mediados con instrumentos digitales y cibernéticos, tal como ya ha comenzado a ocurrir, precipitados por la pandemia y en el curso de realización de otra época. Esas formas de producir y gestionar se realizarán en aldeas: poblaciones de 20.000 personas con horarios de trabajo reducidos y comprometidos a ser realizados a distancia y con dimensiones y población que facilitarán su aislamiento en casos de pandemias. Esto dejará espacios para el ejercicio de muchas otras funciones y juegos sociales, además de las estrictamente laborales: deportes, encuentros, proximidad, artes, cultos, disfrute y continuidad con la naturaleza.

Miradas y saludos, encuentros y ausencias, acuerdos, desacuerdos y problemas compartidos. Un mundo de necesidades para las que ahora no se tiene ni tiempo o espacios. No es posible ni se trata de llevar la naturaleza a las ciudades. No es cosa de remedios, diseños o medidas de gobierno o corporaciones que en algunos momentos harán falta, pero la migración hacia aldeas, que ya ha comenzado con gran timidez, es un proceso de cultura y población, facilitado pero voluntario.

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