Escribimos sitiados. Las noticias de la peste y de la miseria nacional nos permean hasta la angustia. No obstante, continuamos nuestras reflexiones sobre el tránsito de las ciudades a aldeas en el curso de los próximos 50 años, con el aliciente de Kamala Harris y su futuro como líder mundial.

El machismo y el feminismo tienen estirpes similares. No sabemos bien cuándo comenzaron, pero desde el Antiguo Testamento y antes, el juego social debería seguir la voluntad de los hombres.

En los humanos convergen para expresarse, en los que nos gusta llamar la integralidad corpórea, en la condición real del humano en la que lo espiritual y lo fisiológico o carnal se dan como una sola sustancia. Componentes biológicos, espirituales, ambientales y culturales, en esa integralidad resultan indistintos, están en todo.

Aproximándose más, se encuentra esa integralidad, pero hay elementos sexuales, anatómicos, fisiológicos diferentes a los hombres. En ellas se dan, distintivamente, el equipaje sexual y maternal, que permean su vida y manera de ser.

El sexo es ambiguamente receptivo. Una receptividad de trampa que atrae para capturar, ya desde la danza entre óvulos y espermatozoides. Se cultiva y expresa física y culturalmente: se construye la seducción y sus rasgos y momentos que van, más allá de las hormonas y glándulas, a modales, gestos, vestidos, voces, sonidos y artes. Rasgos y momentos que, atrapados por el poder y los negocios, terminan en estereotipos y modas.

La maternidad, como preñez, supone expresión física, modos y maneras. Una preñez que culmina en el bello y doloroso momento del parto. La mujer, con ese costo, prepara la ternura, un lenguaje y actitud que serán indispensables en la crianza del hijo. La libertad del haber creado y el cerco de tener que permanecer.

Ese cuido y atención al hijo, como otros momentos de la maternidad, toman ya definidas presencias culturales: maneras de ser madre que se trasladan y expresan en toda la mujer y en toda la cultura. Confesa u ocultada, la maternidad llega a todo lo social. Aun cuando trata de ser reducida a sus fisiologías, lo femenino está en todo.

No obstante, lo femenino se ha reducido a momentos o instancias que navegan en un universo masculino. La cultura occidental, ahora globalizada, lleva esas condiciones a las que hacen resistencia, con fuerza creciente, movimientos y actitudes feministas antidiscriminatorias.

El masculino sabe de la seducción y las trampas, pero no puede menos que dejarse, entre suspiros, quejas y llantos. Hay una pinta y unos modos masculinos que llegan a violencia: las guerras han sido cursos masculinos, en tanto que la permanencia y la conservación lo son femeninos.

No sabemos si existe un machismo organizado: los machos parecen estar sentados en su poder dominante y no necesitan organizarse para hacer, organizadamente explícito, su poder. El machismo, con diferentes niveles, se encuentra en estructuras, costumbres y sexo.

En muchos países esas cosas están cambiando y los perfiles se tornan a veces confusos. El solo hecho de ser mujer supone, en la gran mayoría de países y culturas, una carga de discriminación y violencias explícitas o implícitas, incluyendo su aceptación como cosa natural y legal, pero hay grandes distancias de unos países, culturas y religiones a otros. Así que es imposible establecer lo femenino en una definición universal.

Entre ello, se dan cosas peligrosas, como el control del sexo del hijo. No es sencillo cambiar los órdenes genéticos por voluntades, gustos o preferencia, como ya ocurrió durante años en China.

Hay cifras decrecientes, al punto de reducir la población interviniéndola. Se exigirá una cierta actitud consiente ante el aborto, a veces necesario,  y las inseminaciones artificiales. No todo lo que es técnicamente posible hacer, es éticamente admisible.

Estos conflictos, violencias y discriminaciones presentan un curso histórico de cambio y disminución, lo que nos permite decir que, siguiéndolo, dentro de 50 años y en las Aldeas, se habrán superado y la mujer participara de la actividad social tanto como los hombres.

El hijo será el hijo de todos. Con una natalidad acorralada entre la conservación o la extinción (ahora en muchos países la natalidad por mujer es inferior a dos hijos, mientras que en algunos otros llega seis por mujer) la preñez, nacimiento y cuido del niño será asunto de todos y se habrá superado la pretensión racista de controlar sexos y rasgos con recursos artificiales.

Además de los privilegios que obedecen a la maternidad, la mujer entonces, calificada para participar, estará presente y activa en todo.

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