Durante largos años hemos expuesto nuestro caso ante el mundo por todas las vías posibles para desenmascarar a la dictadura en Venezuela. La terrible realidad que nos tiene hechos jirones a los venezolanos ha quedado contundentemente evidenciada por la diáspora que –cual protesta errante– se ha encargado de contextualizar el drama en el escenario internacional.

La respuesta puntual con ayuda humanitaria, así como el apoyo con medidas que reducen el margen de acción del régimen, son importantes, aunque insuficientes para terminar de desmontar a la dictadura. El estoicismo del pueblo venezolano, que a conciencia resiste las consecuencias de las sanciones a cambio de un desenlace, comienza a resentirse. Esto sucede, en buena medida, cuando la solidaridad internacional, con sus excepciones, se ha limitado en numerosos casos a comunicados, acuerdos y pronunciamientos que, si bien son necesarios, corren el riesgo de plasmarse en indefinida retórica. Muchos de esos países parten del criterio fatalista que recientemente ha expresado el canciller de la UE, Josep Borrell, cuando admite que, como a Lukashenko, a Maduro se le tiene que tratar aunque no lo reconozcan.

El desmedido afán hegemónico de este régimen totalitario constituye un abierto desafío propio de aquellos a quienes poco importa guardar las formas, tanto en el país como el exterior. Sentirse factor importante para los intereses geopolíticos de gobiernos extranjeros los ha llevado al envalentonamiento y al alarde. Tratan de neutralizar su precaria legitimidad y sustentabilidad, con el apoyo y complicidad de países que tienen peso específico en el plano internacional, concretamente en su incesante lucha contra los valores occidentales. Para ellos la democracia debe ser subyugada y sus instituciones defenestradas en un nuevo sistema político.

Todo lo dicho corresponde a una realidad dicotómica en la que surgen algunas situaciones tan insólitas como la de tener simultáneamente a un dictador y a un presidente interino ejerciendo el Poder Ejecutivo en Venezuela. Como insólita también es que en el ámbito diplomático esos países aliados designen y mantengan a sus embajadores acreditados en el país, presentándole credenciales al usurpador y a la vez concurriendo a algunas reuniones y ceremonias tanto con Maduro como con Guaidó; y, de igual manera, cuando esos países reciben y mantienen simultáneamente a los embajadores de Maduro y de Guaidó.

Esta ambigüedad no es otra cosa que el reflejo de lo que el país transmite. Una Venezuela desdibujada con una “soberanía compartida”, con instituciones paralelas (AN.,TSJ, Fiscalía, etc.) legítimas e ilegítimas a la vez; con dos gobiernos, uno militar y el otro ciudadano; con elecciones un día y otro no, jamás puede enviar mensajes ni recibir respuestas y tratos coherentes. Esto no puede seguir al garete.

Este es un aspecto que merece ser tratado con mesura; fundamentalmente, por quienes conocen el ámbito diplomático y manejan la política internacional. Consideramos conveniente que se implemente un monitor que pulse en el plano internacional todo cuanto se deba conocer sobre las posiciones, conducta, intereses y políticas de los países que lo conforman y de los organismos que integran, que nos permita articular estrategias dirigidas a consolidar criterios y materializar decisiones. Urgen acciones.


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