Cuando Karl Marx inició su filosofía materialista opuesta a la gran corriente del pensamiento idealista alemán encabezado por Hegel, proclamó que hasta ese momento la filosofía se había ocupado exclusivamente de interpretar al mundo, pero que ya era hora de que intentara transformarlo. A ese fin dedicó el resto de su vida. Con esa misma idea el comunismo promovió revoluciones en todo el mundo y sacrificó decenas de millones de vidas humanas. El resultado fue lamentable. El cambio producido no fue el que Marx quiso. Totalitarismo, autoritarismo, estatismo, culto a la personalidad, restricción de la libertad, expropiación de la propiedad privada, represión, persecución y muerte caracterizaron al nuevo orden social nacido del comunismo. El “hombre nuevo” que habría de sustituir al histórico, egoísta y deshumanizado, no apareció por ningún lado.

La idea fundamental del marxismo y de los movimientos derivados del mismo era sustituir al capitalismo, injusto y explotador, por un sistema más justo y humano basado en el Estado social o comunal. Allí radicó el equívoco de todo ese pensamiento. Marx se enfrentaba a un complejísimo problema social, histórico y antropológico con un cartapacio de ideas preconcebidas. Vivía la fase de industrialización de un modo de producción social (sin nombre todavía) basado en la propiedad privada, la libertad individual y todo un conjunto de usos, normas y costumbres perfectamente adaptadas a la condición humana. La libertad, la competencia, el mercado, el comercio, el dinero, el préstamo, el salario, el ahorro, el interés, la ganancia y el capital (acumulación de riquezas) eran elementos básicos de ese proceso histórico que Marx bautizó en el siglo XIX con el nombre de capitalismo; pero este era algo que había existido en todas las épocas y en todas las civilizaciones (Asiria, Fenicia, Mesopotamia, Persia, Egipto, China, etc.) La industrialización era una fase avanzada de ese proceso. Realmente fue dura y deshumanizada y mereció las críticas que Marx le hizo, pero el error de este consistió en creer que el sistema capitalista podía ser abolido o transformado por una acción revolucionaria. En forma natural él mismo evolucionó, se moderó, humanizó, y de allí en adelante ha contribuido grandemente al progreso de la humanidad.

A diferencia de la esclavitud y la servidumbre, otras dos formas de producción social históricas superadas por el desarrollo capitalista (como el propio Marx lo reconoció), el capitalismo no podía ser abolido o transformado por la acción de una fuerza revolucionaria por más poderosa que esta fuera, sino por el mismo proceso histórico que lo creó, sustentó y reprodujo. Ello quedó demostrado el siglo pasado con el fracaso de los sistemas comunistas y socialistas que intentaron llevar a cabo ese empeño. En forma natural, por la lucha de sus contrarios (obreros y patronos) él mismo evolucionó. Muchos países viven hoy día el sueño socialista por la conjunción de un capitalismo avanzado y de un Estado eficaz y eficiente comprometido con los fines sociales.

Las ideas expuestas, sustentadas por la experiencia de los últimos cien años, deberían ser capaces de convencer a quienes aún mantienen las ideas marxistas y socialistas. Pero no es así porque las ideologías tienen una contumacia que desafía la razón y la experiencia. Los ideólogos sufren un trastorno psicótico, especie de enajenación, que les impide ver la realidad como es sino como la imaginan o quieren que sea. Por eso es imposible que acepten el fracaso de sus ideas aunque esto sea evidente y reiterado. Siempre tendrán argumentos para defenderlas y no perderán la esperanza de hacerlas realidad.

Ese y otros motivos menos utópicos, como los intereses creados, el ansia de poder, la rapiña y la corrupción están presentes, mayoritariamente, en el chavismo. Pero en él se refugian también personas de buena fe ganadas por el marxismo, el castrismo, el socialismo o el populismo tradicional latinoamericano. Se oponen a todo lo que tenga que ver con el liberalismo económico y político, fruto del capitalismo. Indefectiblemente lo asocian al “imperialismo yanqui” y al “capitalismo salvaje”, expresiones que actúan como comodines y sirven de argumento indeliberado a todo revolucionario que se respete.


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