A principios de 1998, apenas comenzaba la carrera hacia las elecciones de diciembre de aquel año, en las que Hugo Chávez sacaba ya muchos cuerpos de distancia a los partidos de siempre, publiqué en El Universal de Caracas un artículo titulado «¿Por qué no me asusta Chávez?», menos por mortificar las alarmas y aprensiones de los lectores más conservadores de ese matutino que por encarecer la candorosa idea que por entonces nos hacíamos muchos de la inmutabilidad del sistema político venezolano que nos regía.

Hallaba esa idea, en verdad, muy tranquilizadora, y por eso la saqué a dar una vuelta para sosegar a las buenas personas que consideraban abismalmente aterradora la sola perspectiva de una Venezuela donde no gobernasen ni AD ni Copei. Mi idea se formulaba, en espíritu, así:

“Tranquilícense. No importa cuán extemporáneas y retrógradas luzcan ahora las posturas de Chávez, ni cuán fundadas sus críticas al sistema político ni cuán radicales sus consignas en materia social, ni mucho menos cuán arrolladora fuese la simpatía por comandante que reflejan los sondeos. Tengan en cuenta que lidiar con las imponentes realidades de un país tan complejo como el nuestro, pero, al cabo, un país hecho a los usos democráticos y, todo hay que decirlo, hecho también a las artimañas moderadoras del munificente petroestado, habrá de apaciguar al exgolpista trocado en gobernante.

“¿No hay en esto mismo, en el solo hecho de que, derrotado Chávez en toda la línea como conspirador jefe de una logia militar golpista, no haya tenido más remedio que entrar por el aro del juego democrático, al grado de lanzarse como candidato a la presidencia, una demostración de la salud y la supremacía moral de nuestra democracia? Chávez no pasará de ser el pintoresco y dicaz mandatario de un populista, clientelar y corrupto país caribeño.

“Chávez ganará las elecciones, quién lo duda, y el chavismo, sea lo que fuere, habrá llegado para quedarse y muy posiblemente mutará en endemia, como el peronismo. Será algo traumático y quizá bochornoso de ver, pero nunca tan catastrófico como se piensa. Fracasará, amigos; por descontado habrá de fracasar. Entonces volverá el desencanto cual torna la cigüeña al campanario: en un par de quinquenios el electorado dará una segunda oportunidad a los partidos de antaño que, con seguridad, habrán aprendido la lección.

“Dejen la alharaca, señores, y sírvanse otro whisky. Alternancia es el nombre del juego. Todavía tenemos petróleo en el subsuelo. Volverán lluvias suaves. ¡Compórtense! Esto no es ninguna tragedia”.

Insisto en que no era yo el único en pensar que, de llegar Chávez a la presidencia, la agreste realidad completaría la educación requerida por un inquieto oficial de paracaidistas, pobre, provinciano, ignorantón, bienintencionado pero de mostrenca formación política, para convertir al epígono venezolano de Fidel Castro en un insuficiente mandatario en guayabera. Poca gente tal vez, pero la suficiente, pensaba igual que yo.

Los ricos, por  ejemplo, también pensaban así. Los barones de la prensa y el arrogante mundo de los altos ejecutivos de la petrolera estatal, convencidos estos últimos de su imprescindibilidad, solo veían en Chávez un accidente de fin de siglo, un poquitín retrógrado, pero accidente al fin.

Solo algunos de los proverbiales poderes fácticos gesticulaban alarmados, pero, llegado el momento, ninguna de las Venezuelas sauditas dejaría de ofrecer desayunos en la sala de redacción, ni de costear viajes, de allegar compañía femenina y oportunidades para buenos negocios, tratando de despertar a Chávez de su extático sueño de torcer el rumbo de la historia planetaria desde un pequeño país sudamericano y apaciguar, así, su fogosidad antisistema.

Nada costaba ser ecuánimes: el bipartidismo corrupto y cleptómano se había ganado a pulso la anunciada derrota electoral con su indignante descaro y su criminal insolidaridad hacia los pobres. Se merecía una tonificante derrota electoral que habría de concretarse cuando 56% del universo votante posible votó por Chávez en 1998.

En cuanto a lo que vendría luego, mi artículo declaraba fe en una opiácea superchería enérgicamente difundida por historiadores de mucho predicamento en Venezuela, la superstición intelectual de que hablo rendía culto a una presunta singularidad venezolana.

“Somos únicos —rezaba la versión más legible—; no somos violentos como los colombianos ni adoradores perpetuos de Eva Perón; nuestro apenas imperfecto bipartidismo es, sin duda, alternativo y no se parece en nada a la dictadura perfecta del PRI; somos la democracia más antigua y sólida de la región”. La última batalla de nuestras guerras civiles se había librado en 1903; el país era pacífico, democrático, antimilitarista, plural y solidario. Laico hasta lo profano, mamador de gallo, aficionado al beisbol y a los concursos de belleza. ¡Ah!, y el petróleo, ¡cómo olvidarlo!, obraba como gran amortiguador de las inequidades.

El corolario de aquella tranquilizadora martingala sobre la singularidad venezolana era este: lo que se nos venía encima no era más que un cambio de elenco, ruidoso, zafio y cuartelario, cómo negarlo.

Pero fatalmente destinado a fundirse con la élite social hasta entonces dominante. Nadie pudo ni quiso siquiera contemplar la posibilidad de dejar de ser un petroestado insolidario —polvo de estos lodos— y convertirnos en una anómica y sangrienta distopía militarizada, para colmo satélite de Cuba.

Tranquilizaba pensar que, de tiempo en tiempo, solían venir estos radicales relevos, cabalísticamente en años terminados en ocho: la guerra federal en 1858, el fin del llamado liberalismo amarillo en 1898, la irrupción de la generación del 28, el derrocamiento de Rómulo Gallegos en 1948, la caída del dictador Pérez Jiménez en 1958. Otro elenco, el de Chávez, estaba llamado a hacerse presente en 1998, pero la sangre no llegaría al río porque éramos, como llevo dicho, democráticos, pacíficos, antimilitaristas, igualitarios viajeros frecuentes a Miami.

Nuestra religión laica era el populismo redistributivo y la democracia representativa; nuestro santo y seña: la movilidad social que deparaba el petróleo. ¿Otro cambio de elenco? ¡Bienvenido! Las élites se encargarían de cooptarlo. ¿Una dictadura narcomilitar de extrema izquierda? Difícil de creer.

A la Venezuela de hace 25 años le venía como un guante el título de una novela de Sinclair Lewis: Eso no puede pasar aquí.


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