Mi primo hermano arquitecto que vive en Caracas me contó el día de Navidad que para preparar su pan de jamón y otros platos decembrinos tuvo que comprar los ingredientes poco a poco, había que adquirirlos cuando fueran cayendo los churupos, por la inflación desmedida acompañada por la dolarización de la economía.

En abril pasado murió mi hermana. Ya la pandemia estaba en auge en Venezuela. A su entierro fueron 4 personas: su esposo, un pastor católico y un par de amigos que se encargaron de trasladar a mi cuñado hacia la funeraria y de allí al cementerio. Ello fue posible, porque los dos amigos contaban con un salvoconducto que les permitía circular libremente por toda la ciudad. Las restricciones estaban al máximo.

Son de las cosas que se viven hoy en Venezuela.

El otro día salió un perfil de Leopoldo López y su esposa en la revista ¡Hola! Inmediatamente saltaron las críticas. Que por qué Lilian había montado un negocio de yoga en Madrid. Que por qué López concedió la entrevista desde su piso en la urbanización Salamanca, la westonzuela de la capital española. No son solamente nuestros dirigentes quienes a veces mean fuera del perol. Los acompañamos en eso en las malas y en las buenas. La gente como que se olvidó que López es rico de cuna y por varias generaciones. Resulta que Chávez tenía razón: ser rico es malo. Así son parte de nuestras discusiones por las redes sociales.

Cada 10 minutos muere alguien en California por el COVID-19. Allí viven mis hijos menores. California es el estado más poblado de la unión americana, el más rico (la quinta economía del mundo) y el que más hispanos tiene (31%). Estados Unidos es el país con el mayor número de infectados por COVID en el mundo (más de 19 millones) y el que más muertos tiene también (más de 336.000). Esto, a pesar de que era el país mejor preparado para una pandemia. Trump no estaba en esa consideración.

Nadie duda que la pandemia de COVID-19 marcó el año 2020. Demasiados muertos. Demasiados enfermos. Naciones enteras confinadas. Mostró el egoísmo del ser humano. Esa es la razón de tantas víctimas de la enfermedad en Estados Unidos. Mucha gente se niega a usar la mascarilla, o a hacer caso a las medidas de distanciamiento social. Es la exageración del derecho a la libertad individual. Ha sido un egoísmo alimentado por un sociópata en el poder, quien a sabiendas de que el virus era cosa seria hizo creer a sus seguidores que no era más que una gripe, algo que pasaría pronto. Si algo bueno trajo la pandemia es que se llevó por delante también al sociópata, a quien hubiera sido más difícil derrotar de haber manejado mejor la situación de la enfermedad.

La pandemia, por otro lado, mostró también el lado bello del ser humano, como los cantos de solidaridad desde los balcones de calles españolas e italianas, las melodías cantadas puntualmente todos los días, por varias semanas, en las calles de Nueva York, en reconocimiento de los médicos, enfermeras y demás personal de los centros de salud. En muchas ciudades y pueblos de los Estados Unidos, proliferaron organizaciones recolectoras de alimentos que ayudaron a quienes no tenían asistencia del Estado. Todavía lo hacen.

La pandemia sirvió incluso para aumentar los momentos de introspección, de meditar sobre nosotros mismos y sobre los seres que amamos. De valorar más su compañía. Las redes sociales y los nuevos medios de comunicación hicieron su agosto (sí, se me cayó la cédula). Compramos más por Internet, leímos más por Internet, nos recreamos más por Internet. Hasta el médico nos vio por Internet.

Yo, particularmente, leí menos libros este año. Me terminé uno sobre las guerras secretas de la CIA en Afganistán y Pakistán, seguí con Sapiens, de Yuval Harari; pasé a la novela de los Dos espías en Caracas, de Moisés Naím, y espero finalizar pronto el de John Bolton, La habitación donde ocurrió. Una de mis resoluciones del nuevo año es que volveré a leer más (además de la prensa venezolana, la americana y las benditas redes sociales).

Pero vi mucha más televisión: series de los canales regulares, películas, series, miniseries y documentales de los canales de cable, de los premium y de las plataformas digitales. Seguí siendo fiel seguidor de la serie Blacklist (Lista negra) de la cadena NBC, una serie con una trama a veces complicada y rebuscada, pero con la cautivante actuación de James Spader. También le fui fiel a Better Call Saul (Mejor llama a Saúl), derivada de la afamada Breaking Bad, pero con una historia precedente. Es sobre el abogado de Walter White en Breaking Bad, Saul Goodman, desde sus incursiones en la defensa de criminales en Albuquerque (AMC y ahora en Netflix). Continúe igualmente con la cuarta temporada de Fargo (FX y Netflix), producida también por los hermanos Coen. Y vi igualmente por cable (ESPN) The last dance (el último baile), la maravillosa serie documental sobre la carrera profesional de Michael Jordan (ahora en Netflix).

Homeland (Showtime) fue mi favorita de los canales premium. Nos dejó en abril, en el pico de la pandemia. Era la serie preferida de Barack Obama durante su presidencia. Otra que me gustó de los premium fue Perry Mason, con los mismos personajes de la serie televisiva de los cincuenta y sesenta, ahora a color, protagonizada por Matthew Rhys, el mismo de la estupenda serie The Americans, y presentada por HBO.

Durante buena parte de la pandemia, me cautivó por Netflix la serie How to get away with murder (Cómo zafarse de una acusación de asesinato), originalmente emitida por ABC, desde 2014 hasta mayo de 2020. Nunca la vi por la televisión regular. Fue una serie muy premiada en la televisión norteamericana, especialmente por la actuación de Viola Davis, su protagonista. El éxito de la serie se refleja en las 6 temporadas que tuvo de duración, con 15 capítulos para cada temporada. Davis hace de profesora de derecho penal en una universidad de Pensilvania, que escoge a 5 de sus alumnos para hacer trabajos especiales y a la larga tanto ella como sus estudiantes se ven obligados a elaborar defensas criminales de casos en los que ellos mismos se involucraron.

Comparto la sensación mundial que causó la miniserie The Queen’s Gambit (La Movida de la Reina) por Netflix, pero Ozark sigue siendo mi favorita de 2020 en esa plataforma. Fauda (3 temporadas, en Netflix), de producción israelí, también me atrajo sobremanera. Haciendo abstracción de que los israelíes aparecen frente a los palestinos como los vaqueros frente a los indios en los westerns de los cincuenta y sesenta, es una serie emocionante, con un ambiente distinto para el televidente occidental y unas mujeres muy bellas, judías y árabes. Y también de Neflix, Hillbilly Elegy, película basada en un exitoso libro del mismo título, estoy seguro de que dará que hablar en la competencia por los Oscar, sobre todo por la actuación de Glenn Close. Tanto el libro (que recomiendo) como la película tratan sobre esa parte de la tradicional clase media norteamericana blanca que se ha venido a menos con el correr de los años, cuya alienación creciente ha derivado en alcoholismo y drogadicción, pero siempre tiene la oportunidad de salir adelante bajo ciertas circunstancias.

Quienes tienen la plataforma de Disney no deben perderse Hamilton, el musical de Broadway.

Hasta el 2021 estaré enganchado los domingos en la noche con Your Honor (su señoría), por Showtime, todos los programas matutinos dominicales de opinión política de los canales tradicionales y Jeopardy, el programa diario vespertino de concurso sobre cultura general.

Feliz año. Pásenlo lo mejor posible.

@LaresFermin

 


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