La discusión que, a propósito del covid-19, pretende enfrentar a virólogos con economistas olvida, o trata de hacer olvidar, las razones de los políticos. Junto a las motivaciones de orden médico y económico están, en efecto, las políticas, incluso cuando dicen apoyarse en criterios científicos. Se da el uso de los argumentos prestados de la medicina para acusar o culpabilizar a otros, para desviar la atención, para sostener el número de simpatizantes o prosélitos, para ocultar, para hacer o dejar de hacer lo que en otro momento tendría un alto costo político.

No hay duda sobre que la discusión respecto a la pandemia se plantea en términos de un difícil equilibrio, más aún cuando el problema tiene una dimensión universal y afecta valores tan importantes como la vida misma, la libertad, la actividad humana, la relación interpersonal, la generación de bienes y servicios para la supervivencia. No solamente que el daño es visible y afecta a todos, sino que anuncia una nueva normalidad sobre cuyas características apenas nos atrevemos a especular.

La valoración de los diversos argumentos y preocupaciones ha llevado a más de un gobierno a pronunciarse sobre la conveniencia de ir abriendo, paulatinamente y con restricciones, algunos espacios públicos, y de ir recuperando zonas de actividad prioritarias o más susceptibles de ser manejadas con criterios de control de riesgo. Se ha tratado de buscar el punto medio entre certeza e incertidumbre, aceptando lo que dice el experto George Friedman: “La certeza conlleva un costo y la incertidumbre conlleva un riesgo”.

A diferencia de quienes combinan decisiones para un mejor resultado global, el gobierno venezolano ha optado linealmente por la prolongación de la cuarentena. Sin mucha información para la comunidad, se parte de la pretensión de que la pandemia está de algún modo bajo control. Casi no habría que preocuparse. Las limitaciones a la movilidad ciudadana, el cierre de las fronteras, algún aprovisionamiento de material médico, serían suficientes para su concepto de seguridad. Incluso las carencias como la falta de gasolina o la escasísima disponibilidad monetaria jugarían a su favor. ¿Por cuánto tiempo?

Mientras otros países conjugan el interés por la salud de la gente con el de la salud de la economía, en Venezuela la respuesta parece limitarse a prolongar la cuarentena y seguir dando la espalda a la economía. No se percibe intención alguna de apoyarla, de pensar en incentivos para sostener la actividad productiva y frenar su derrumbe. Al contrario, la recurrencia a nuevos controles, los cambios en las reglas del juego, el uso del poder en desconexión con la realidad del mercado, parecen estar más dirigidas a ahogar la empresa que a facilitar su vitalidad.

La falta de gasolina o la escalada dramática de su precio sirve muy bien al propósito de frenar la economía más que de estimularla. La crisis parece haber sido entendida como la oportunidad para terminar de agobiar a las empresas, de asegurarse su control, de modificar las reglas de juego y, desde luego, también para repetir las consignas que culpabilizan al capitalismo y prometen, con su destrucción, el paraíso socialista.

El resultado de una visión inmediatista y políticamente calculada de la crisis es la profundización de la destrucción de la economía. El daño no puede ser más profundo. En el sistema médico, al que se acude como justificación y referencia, funciona el principio de Hipócrates (460 a. C.) “ante todo, no hagas daño”, convertido en juramento médico. Cuando George Friedman recuerda el criterio de riesgo calculado piensa también en la medicina, aunque ponga el acento en la economía. “La aversión moral al riesgo puede convertir una virtud en un vicio”, dice. Harían bien en pensarlo quienes se escudan en el cuidado por la salud, pero simultáneamente dañan conscientemente su calidad de vida al afectar la economía de la que depende y se nutre.

Atendiendo las razones de la política se ha abusado del discurso del riesgo y se ha usado el aislamiento como elemento de control y de contención. Todo bajo control, o todo por el control.

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