Mantícora de Carlos Vermut, es una exploración cuidadosa y temible sobre los monstruos reales. Mucho más, desde la percepción de la posibilidad que tengan un rostro corriente. La combinación crea, quizás, una de las mejores películas de terror españolas del año. 

Julián (Nacho Sánchez) tiene una imaginación desbordante. Al menos, es lo que admiran los fanáticos que disfrutan de los monstruos que crea para videojuegos. Los suyos, no solo son aterradores, también son curiosamente sustanciales.

Una entidad agresiva, violenta y la mayoría de las veces desagradable que lo ha convertido en una celebridad en el mundo virtual. Para el diseñador, un monstruo es una perversa concepción de la belleza. Tan expresiva, artística y consistente como cualquier otra obra que exprese al hombre como creador de mundos privados.

Esta singular y en apariencia sencilla premisa, es la que la sostiene la historia de Mantícora, de Carlos Vermut. Pero lo que parece otra versión sobre las máscaras detrás de las que se oculta la perversidad realista, se convierte, gracias al director, en algo más. Mucho más desagradable de lo que podría suponerse. En especial, a medida que el argumento deja claro que cada criatura de Julián, es, en realidad, un símbolo.

No solo de sí mismo (que lo es), sino de también, el tortuoso camino que transita para evitar caer en la oscuridad definitiva. Julián lleva un secreto a cuestas. Uno tan retorcido, deplorable y siniestro, que únicamente puede expresarlo a través de criaturas temibles. De expresar el dolor y el miedo a través de un mundo alterno en que puede huir de ese lugar en sombras en su interior.

El asco convertido en una criatura con vida propia 

Pero no todo es tan sencillo y mucho menos, cuando Vemut, experto en lidiar con los horrores con rostro humano, empuja a Julián hacia el estrato de la realidad. Luego de salvar a un niño de un incendio, el abismo que se esconde en sus criaturas virtuales está más cerca que nunca de lo tangible. Para el personaje, un supuesto acto heroico se convierte en una conexión con esa raíz de lo consciente, depravado y abyecto.

De miedo por la pulsión de una necesidad monstruosa que apenas controla. Un espacio de puro aislamiento y repugnancia, del que personaje lucha por salir, sin lograrlo. Julián, de pronto, debe enfrentar directamente que es un depredador feroz. Que podría, serlo, en cualquier paso. Que lo será, si cada pieza en su vida termina por sujetar algo más temible y al parecer, inevitable.

Los ensueños del miedo convertido en una lúgubre visión de la naturaleza humana 

El tema de la pedofilia y la pederastia es uno de los tabús más complejos al narrar en cualquier ámbito del cine y la televisión. Vermut lo logra, no al profundizar en sus lugares más sucios e incómodos, sino a la oscuridad en lo sugerido.

El verdadero monstruo en Mantícora, es una tragedia a punto de suceder. Tan cercana, que resulta repulsiva por su mera posibilidad. Vermut se acerca con cuidado al núcleo de lo desagradable, del miedo, de lo espantoso. Lo muestra, lo narra en fragmentos que podrían llegar o no a llevar a una conclusión terrorífica.

Pero en realidad, Mantícora no está interesada en el hecho de lo que ocurre o tampoco, en el que ocurrirá. Lo que realmente obsesiona al fin, es la sugerencia de una crueldad inminente. Todo el relato trabaja cuidadosamente en la atmósfera, se esfuerza por construir una sensación irrespirable. Cada vez más aislado, enfurecido, envilecido, Julián es un monstruo que comienza a perder los límites de la realidad y lo que ocurre en su mundo particular.

Pero esa línea, cada vez más difusa, debe enfrentarse a una realidad monótona. El argumento, explora como Julián, lucha contra lo que anida en su mente, lo que poco a poco se va saliendo de control. El guion, también de Vermut, abre espacios y líneas narrativas alrededor de algo agobiante. De la posibilidad de un horror que Julián encarna en su soledad, de la búsqueda de una insatisfacción violenta. Mantícora es la historia en lenta reconstrucción de una aberración que todavía no ocurre, pero que se construye paso a paso. El miedo se hace nítido, mientras el asco se convierte en una tensión irrespirable y densa.

Una de las grandes cualidades de Mantícora es su atención a elaborar un recorrido por lo pérfido desde lo humano. Vermut quiere que la película sea un golpe de realidad sobre lo que puede ocultar los rostros corrientes. Los pecados inconfesables del hombre común. Acaso, sus tramos más aterradores es cuando Julián pasa del mundo real al virtual, para dejar en evidencia que la oscuridad en un núcleo en su mente. Una región tan incontrolable que está a punto de salir de control, de sostenerse sobre un paso amargo y cruel que lo transformará en una criatura infame.

El monstruo que devora y el hombre que devora al monstruo 

La metáfora de la realidad virtual que separa a Julián del mundo que le rodea es obvia. La perversión que le abruma, jamás le permitirá pasar una línea invisible hacia una relación normal o tener amigos. El personaje mira el mundo a través de la cofia que le lleva a su propio mundo de monstruos. Al mismo tiempo, su impulso depravado le separa de cualquier posibilidad de esperanza, felicidad o comunión emocional. Por completo, solo, confinado a un silencio intelectual total, el monstruo que Julián se sostiene en un sufrimiento oscuro y cada vez más deplorable. Un terreno resbaladizo que el personaje debe recorrer sin saber le llevara, finalmente, a la caída definitiva.

Al final, el monstruo que es Julián es trágico por el mero hecho de su destino inevitable. Como las criaturas que crea, está destinado a luchar para perder. Por último, a caer en un abismo devastador. Un punto que la película de Vermut maneja con habilidad y que brinda, quizás, uno de los finales más perturbadores del año.


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