El título anterior alude a la muy subjetiva caracterización que hago de los rasgos centrales observados en las relaciones entre Venezuela y Colombia en el período comprendido entre 1830 y el presente, a fin de escalar una visión de conjunto, la útil perspectiva histórica, a partir de la cual comprender la difícil situación por la que atravesamos hoy y así proyectar hacia el futuro en común, destino de porvenir con ciudadanía y progreso en democracia.

Como se recordará, ambos países vivieron un experimento unitario que junto a otras naciones se concretó en la llamada Gran Colombia, creada en 1819 y disuelta definitivamente en 1831.

A partir de ese momento el tema de la definición territorial ocupa lugar privilegiado, casi que único y obsesivo, al menos a la luz de la historiografía más publicitada sobre la materia, donde se acentúan con fines de toda índole los aspectos conflictivos, escabrosos y dolorosos, de esa relación.

Sacando cuentas tentativas de esa primera etapa, la de la controversia territorial, encontramos que ella dura 111 años y termina, en el papel, en 1941 cuando ambos países firman en Cúcuta el Tratado sobre Demarcación de Fronteras y Navegación Fluvial.

Sin entrar en detalles sobre ese traumático siglo y once años que dura el período mencionado, y una vez firmado el tratado citado, que de paso dejó una histórica y obscura frustración que aún late, nos encontramos con dos países que a pesar de sus conflictivas situaciones internas, emprenden juntos un trayecto pendiente.

Entre sobresaltos, retrocesos y avances, van apareciendo actores, temas, apremios y tendencias regionales, que en su conjunto van definiendo una agenda binacional cooperativa e incluyente, donde las necesidades políticas, económicas y sociales, obligan a emprender nuevos proyectos constructivos y se despiertan conciencias aplazadas. Especial papel adquieren las regiones de frontera y sus gentes, antes relegadas, que marcan con su lenguaje y fuerza los diccionarios pospuestos de una cultura política de y para la integración.

Este período que llamaremos por exclusivas razones expositivas. “Primer paréntesis binacional de agendas globales y cooperativas”, abarca a grandes rasgos el espacio de tiempo comprendido entre 1941 y 1965 cuando aparecen nuevamente apetencias sobre definiciones territoriales ahora referidas a las áreas marinas y submarinas. Petróleo a la vista. El golfo de Venezuela en el ojo del huracán.

Finalizado pues ese primer paréntesis cooperativo (1941-1965), que dura aproximadamente 24 años, se inicia una etapa febril de negociaciones complejas, que adquirieron peligrosa importancia en la vida política, militar e institucional y de la opinión pública, creando tensiones insospechadas que nos llevaron al borde de la guerra en agosto de 1987. La agenda de la cooperación había pasado a un segundo plano.

Una vez superada la conocida “Crisis de la corbeta Caldas” y luego de dos años de virtual silencio, se inicia en 1989 el “Segundo paréntesis binacional de agendas globales y cooperativas” que ha sido en opinión de muchos en el que mayor esfuerzo binacional hemos realizado por construir un núcleo sólido de integración democrática entre ambos países.

Ese paréntesis que dura una década finaliza abruptamente, hace 20 años, con la llegada de Chávez al poder en 1999 que acompañado por Uribe y Santos del otro lado de la frontera, en una lógica de chantaje bilateral, dan al traste con la ilusión gran colombiana. Las ambiciones nacionales conjuntas se oscurecen en las aguas de las haciendas políticas personales, disfrazadas con el soporífero trapo rojo de los intereses nacionales ahora teñidos con supuestos ingredientes ideológicos.

Posteriormente, con la llegada de Maduro al poder, su creciente debilidad y urgencias de oxígeno, los significativos cambios producidos en Colombia ya firmados los Acuerdos de Paz con las FARC, hoy entre interrogantes, crecen las distancias, se cierra el comercio fronterizo, se rompen las relaciones, se militariza la frontera, además se enturbia el panorama geopolítico, todo lo cual hace que hoy sumándose resuenen otra vez, los tambores fantasmales de la guerra.

Sacando cuentas inexactas a partir de mis estimaciones anteriores caigo en cuenta que el 82% del tiempo de la vida republicana de Venezuela y Colombia ha estado marcado por la tensión y el conflicto y que tan solo 18% del esfuerzo oficial al menos ha estado dedicado a crear y mantener un núcleo sólido y de inquebrantable solidez integradora.

Estas conclusiones anteriores son preocupantes pero al mismo tiempo permiten aclarar el rumbo del proyecto que deberemos emprender juntos, Colombia y Venezuela, para restablecer la democracia y la paz en nuestras naciones y así romper con el círculo vicioso de las tendencias expresadas en el título del presente artículo, que son la tensión, la dispersión de los esfuerzos, la repetición de los ciclos y la fragilidad de las buenas intenciones.