Cuando salga esta publicación habrán transcurrido 10 días de las elecciones convocadas por el régimen, en las cuales se pudo apreciar la falta de confianza del pueblo venezolano en el sistema electoral, expresado en una alta, o mejor dicho altísima, abstención; y por otro lado, la comprobación fehaciente de los últimos acomodos, pues candidatos que no figuraban ni detrás de la ambulancia lograron alcanzar curules en la Asamblea Nacional. Conclusión: las elecciones fueron una gran farsa sobre otra farsa.

El régimen de Nicolás Maduro trató por todos los medios de darle un tinte democrático a ese proceso comicial, pero no pudo esconder su talante autoritario y cavernario. Es público, notorio y comunicacional, el ventajismo que disfrutaron los candidatos del gobierno (con peculado de uso incluido) con respecto a unos rivales que fueron escogidos a dedo, apoyados por partidos políticos acéfalos, solo con la finalidad de estructurar un aparente sufragio para avalar algo que más de la mitad del planeta rechaza, porque no cumplen los requisitos mínimos democráticos.

De verdad hay que ser un idiota para creer que Rusia, Irán, Nicaragua y otros compinches de Maduro, son ejemplos fieles de democracia, tolerancia y paz, para poder así darle credibilidad a algo que no tiene bases en el pluralismo, la tolerancia y la libertad.

De todas maneras, el proceso electoral se llevó a cabo, obligando y amenazando a los electores para que acudieran a los centros de votación, so pena de perder los beneficios que les da la revolución, como las cajas de alimentos y los bonos. ¡Qué lamentable que por tan poco hayamos perdido un país!

Luego de unas horas de espera se dieron los resultados, con tendencia irreversible: el Partido Socialista Unido de Venezuela y sus aliados obtuvieron 253 escaños, contra los 18 que alcanzaron aquellos partidos y candidatos que se prestaron a esa comedia, esos alacranes que entendieron que para poder alcanzar el mayor beneficio con el mínimo esfuerzo era mejor aliarse con el régimen y así vociferar mentiras y babearse a favor de la dictadura.

La cantidad de diputados que lograron supuestamente los próceres revolucionarios le dan la opción de tener una mayoría cualificada, es decir, pueden hacer y deshacer a voluntad, una situación peligrosa dado el perfil totalitario de los gobernantes rojitos.

Lamentablemente, esa forma de administrar el poder se ha convertido en tan nuestra que ya hemos olvidado cómo se vive en democracia, no recordamos la libertad y no apreciamos la tolerancia ni la paz. Hemos pasado de la decencia a la vulgaridad, de la convivencia al sálvese quien pueda, de la tranquilidad al terror, de las oportunidades a la miseria más absoluta, de la honradez a la trampa y el abuso, del respeto a la justicia a la impunidad casi absoluta, del progreso a la resignación, del libre albedrío a la opresión.

Y llegamos al mar de la felicidad que tanto anhelaba Hugo Chávez y que Nicolás siguió navegando sin tapujos, hasta hundirnos en la pobreza, la inseguridad, la corrupción, la discriminación y la zozobra; donde todo nace de la mentira y el engaño, donde la dignidad ya no es necesaria para vivir en Venezuela.

Pero nunca falta un pero, no se puede esconder la realidad, en donde se refleja la única verdad, que no es otra que la destrucción de todo el tejido social, económico y político de un país, en el cual solo se aprecia una degradación insuperable, que ha convertido en gran parte de la población en ambulantes de sueños y caminantes sin futuro. Solo sabemos sobrevivir, ya no labramos nuestro destino, lo estamos aguantando.

Por eso como nación debemos estar claros, a pesar de que todo el tiempo nos quieran envolver con promesas y culpar a otros de sus desmanes, la condición que no debemos ni podemos olvidar, es que las libertades y los dictadores no se combinan fácilmente, cuando podamos entender que estamos sumergidos en ese estado, podremos entender mejor la verdad que nos rodea y luchar para rescatar la democracia. Mientras tanto, como ilusos, seguiremos comiendo mierda sin hacer signos de repugnancia y practicaremos los cuatro idiomas que hemos aprendido, que son el castellano, el discriminatorio, el ofensivo y el amenazante, porque el resto de la patria está muda.

Ya que nuestros connacionales se han visto obligados a recluirse en el silencio, para poder escapar de sí mismos y al mismo tiempo, dejar de comprender, hacer y mucho menos saber, porque nos hemos adecuado con las mentiras convertidas en verdades, conformándonos en la estructuración de una nación con base en la ignorancia impartida por unos charlatanes, que odian fervientemente el progreso, el avance y el éxito. Han convertido a Venezuela en una telenovela socialista, en la cual el venezolano comenzó su vida como rico y terminó como miserable.

Desde 1992, nunca subestimé las intenciones del golpista, lo que hice fue sobrestimar al venezolano, pensando que había alcanzado una conciencia de responsabilidad ciudadana en el momento de elegir y fue todo lo contrario, la decepción fue tal, que se dejaron guiar por cantos de sirena y ahora se lamentan de la situación que están padeciendo. Al mismo tiempo, muchos han demostrado su analfabetismo político, no obstante en su infinita estupidez está la única esperanza que puede liberar a la nación, ya que es el pueblo quien salva al pueblo.

Que vaina, ya vivir en este país se ha convertido en una sentencia, transformada en cadena perpetua, porque lo que importa es la ética revolucionaria, que solo cree en sus bondades, tratando de que traguemos un concepto de patria basado en el odio, la discriminación, la impunidad y la mediocridad.

A pesar de haber vivido cuarenta años años, desde 1958 hasta 1998, bajo un sistema democrático perfectible, los adecos y los copeyanos nunca enseñaron a los ciudadanos a hacer lo que se debe, en concreto, saber ejercer su soberanía.

Por el contrario, abrazamos el imperio de la piratería y el clientelismo, llevando en nuestras conciencias el silencio de los cobardes, soportado por un Estado paternalista sin propósito ni sentido, que han hecho de la improvisación su carta de presentación, que no es otra cosa que decretar incertidumbres.

Que dolor, que tristeza, ya el venezolano deambula sin esperanzas, sus pasos expresan inseguridades, además, el alma ha sido envenenada con un discurso de odio constante y metódico, decretando la pérdida de valores y mermando los principios básicos de convivencia. Todas las acciones de estos comunistas fueron medios para lograr un fin, que no fue otra que arrodillar al pueblo para que viva de las limosnas que el régimen se ufana en darle.

Necesitamos libertad, añoramos la libertad, pero el terrorismo de Estado ejercido por el gobierno ha persuadido a los venezolanos, que a pesar de no apoyar la revolución gritan consignas y participan en marchas, porque ya dejamos de ser ciudadanos, para convertirnos en hipócritas, mentimos para soportar el paso de los días.

Ante la crisis y las angustias aparentemente sin salida, que parece dominar la escena nacional, hay que luchar, proponer soluciones y creer que el cambio es posible. Mantener actitudes estériles, donde se señala que nada sirve y que antes de llegar este gobierno estábamos peor, es un error. Hay que seguir adelante para rescatar nuestra democracia y robustecer nuestra institucionalidad.

¿Qué podemos hacer ante tanta calamidad? Esa sería la pregunta de las cincuenta mil lochas. Desde mi humilde punto de vista, rescatar la tolerancia a las ideas diversas, aunque nos muramos de la arrechera por las injusticias creadas por la revolución bolivariana, pero a la vez debemos ser firmes con las convicciones democráticas, en el cual se debe basar la libertad, el imperio de la ley y la separación de poderes, pero ese camino está lleno de obstáculos; sin embargo, hay que recorrerlo, aunque nos sangren los pies, porque esos son los valores de nuestra amada Venezuela.

A su vez y quizás lo más importante, recuperar la fe como país, para poder erigir y levantar un mejor futuro, porque el fin último del rescate de la democracia, es nuestra patria. Pero, nunca falta un pero, no dejemos de lado la humildad para evaluar y reflexionar sobre el camino andado, retomando de nuevo el andar con nuevo impulso para conquistar el porvenir. Fuerza y fe, podemos lograrlo.


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