Una visita al Zulia muestra dos países, dos realidades, dos imágenes en contraste. Por una parte, la que salta a la vista, la del abandono, de la carencia, de la falta de servicios, de la desesperanza, de una actividad económica reducida a los mínimos. Una visión así no estimula, desde luego, el optimismo, menos aún cuando se trata de un estado de cosas que no solo se viene arrastrando desde hace ya largos meses, sino que se ve, con angustia, agravarse cada día.

La otra cara, sin embargo, es la de la tenacidad y el optimismo, la de la gente y las instituciones para las cuales su compromiso de vida es con el hacer, el crear, el poner la mira más en los retos que en las dificultades. Es la visión que da razón y sobre la que se construyen el optimismo y la esperanza.

Dos encuentros recientes dan fe de ese país que no se rinde: la reunión de empresarios y miembros de la sociedad civil integrantes del Programa Proexcelencia en Maracaibo y la celebrada el martes pasado, en esa misma ciudad, sobre la recuperación del sector agroalimentario en Venezuela. Ambas dan testimonio de otra realidad, la de un espíritu positivo, creador, capaz de seguir proponiendo, estimulando y desarrollando iniciativas.

La reunión de Proexcelencia puso el acento en la voluntad de contribución al desarrollo del país a través de la educación, con énfasis en el apoyo a las carreras universitarias de jóvenes venezolanos de medianos o bajos recursos. Fue la renovación de la conciencia y el compromiso de responsabilidad social del empresariado y de su decisión de prestar atención prioritaria a la formación integral de las nuevas generaciones y a la divulgación de los valores asociados al progreso, el liderazgo y el desarrollo personal.

El interés por la recuperación del sector agroalimentario en Venezuela se hizo patente en la calidad de la respuesta de los agricultores del Zulia presentes en la reunión convocada por el IESA, en el marco de sus dos décadas de presencia en la zona y en cumplimiento de su compromiso con el desarrollo de las competencias gerenciales de esa región. Más que el lleno absoluto registrado en el foro para conversar sobre el futuro del campo, es de justicia destacar el interés de los asistentes por participar, por proponer alianzas y generar iniciativas, por organizarse y suplir la ausencia de políticas, por superar las trabas y las dificultades.

En este encuentro con el sector agroalimentario llama especialmente la atención el vigor y la visión de una generación joven, herederos de una tradición y de una voluntad de hacer. Quienes hoy están asumiendo el relevo lo están haciendo con toda la conciencia de la magnitud del reto, pero sobre todo desde la convicción de que la única manera de alimentar de verdad el optimismo es con trabajo y tenacidad. No están pensando sino en resolver los colosales retos de su generación en un área de actividad tan vital. Dispuestos a escuchar y a mirar el ejemplo de sus mayores, sus intereses se orientan a innovar, a activar planes sociales, a fomentar las escuelas agropecuarias en las cuales puedan formarse técnicos medios, preparados y con oportunidades de trabajo en un sector prometedor y de importancia capital. Esas son las tareas a las que están dedicados.

La visión de un estado Zulia como espacio en el que la tenacidad está dispuesta a superar la adversidad merece elogio y admiración, pero sobre todo expresa la única postura posible para justificar el optimismo y para dar argumentos a la esperanza. Tenacidad y optimismo se alimentan mutuamente, se necesitan mutuamente, de allí que siempre será estimulante y productivo poner a la vista aquello de que somos capaces que permitir que el acento en las dificultades, económicas o políticas, siga minando la capacidad personal y colectiva de hacer. El país gana, sin duda, con personas e instituciones cuya disposición a participar se exprese menos de manera retórica y más de manera propositiva. La tenacidad zuliana suma razones al optimismo.

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