Desde hace unos tres años el régimen tantea el establecimiento de un modelo de desarrollo distinto al estatismo de corte socialista impulsado desde los tiempos de Chávez. Maduro, preocupado porque ya no tiene cómo financiar a los CLAP y demás programas de subsidio con los cuales mantiene bajo su influencia una parte de los sectores populares, puso fin a los controles de cambio y de precio e hizo aprobar en la fenecida asamblea constituyente la Ley Antibloqueo, una especie de venta desesperada al mejor postor de los activos del Estado.

Más recientemente, percibiendo que el programa de privatizaciones necesita cubrirse de una mayor legitimidad, la Asamblea Nacional ilegítima invitó a Fedecámaras a un diálogo (frustrado, a la vista de todos, prematuramente). Simultáneamente, el ministro de Educación Universitaria anunciaba la implementación de un programa que establece 115 carreras estratégicas, todas de carácter técnico o en el ámbito de las ciencias naturales, vinculadas a los denominados “16 motores productivos de la economía nacional”, entelequias imaginarias que, a saber, jamás han existido o arrancado.

Uniendo esto con lo otro, y agregando la no menos importante declaración de imponer este mismo año un Estado comunal, pareciera que todo cuadra: el régimen quiere revestirse de un carácter tecnocrático a la par que impulsa o trata de copiar el modelo chino de “un sistema, dos países”. Maduro, después de ser un Stalin tercermundista, con juicio en la Corte Penal Internacional y todo, pretende mutarse ahora, como si de un cambio de camisa se tratase, en el Deng Xiaoping de los trópicos.

Valga acotar que la tecnocracia es un término acuñado a principios del siglo XX, y que tomó cuerpo a medida que la tecnología se convirtió en un factor determinante no solo para el crecimiento económico sino para todos los ámbitos de la vida social, incluyendo la política; al punto que pensadores como Zbigniew Brzezinski (destacado pensador y estratega polaco-norteamericano, que fue secretario de Estado en el período de Carter) utilizó el término de civilización tecnotrónica para describir nuestra época (en tiempos más recientes, se habla de sociedad informática o del conocimiento, entre otros términos). Una de las características más notables de la civilización tecnotrónica es que cada vez se reduce más el tiempo en que los avances en las ciencias básicas se traducen en resultados aplicados concretos para la producción y para la vida en general: descubrimientos científicos que antes tardaban décadas o años en traducirse en alguna aplicación práctica, ahora lo hacen en meses (como podemos comprobar con la centelleante elaboración de las vacunas contra el covid-19).

Sin embargo, el rasgo que la define por excelencia es el establecimiento de una razón técnica que desplaza o se superpone a la razón legal: la búsqueda de la eficacia y la productividad desplaza a un segundo término a las restricciones y parámetros establecidos por la racionalidad legal moderna. Como decía Jean Francois Lyotard al aludir críticamente a la racionalidad instrumental, nos hemos convertido en la sociedad de los inputs y los outputs.

En su notable libro, Burocracia y tecnocracia, el maestro Manuel García Pelayo explicó cómo al menos desde mediados del siglo XX en todos los países de gran desarrollo industrial, tanto capitalistas como socialistas, podía detectarse la presencia de una clase tecnocrática que trastoca el dominio tradicional de las castas burocráticas y que condiciona a la clase política, o incluso, en determinados casos, pujaba por sustituir a esta. Como él señala, lo que se ha producido realmente es una especie de coexistencia o articulación –llena de competencias y reacomodos– entre los políticos, la clase burocrática tradicional y la tecnocrática.

Tanto en la Unión Soviética como en China, en efecto, este fenómeno se desplegó plenamente, como puede observarse por el acelerado desarrollo industrial que tuvieron ambos países en pocas décadas. Es notorio, sin embargo, que la URSS se desintegró a fines de los 80, lo cual puede atribuirse no solo a las enormes debilidades del socialismo estatista frente al modelo de libre mercado capitalista, sino también a las grandes limitaciones que tuvieron la ciencia y la tecnología desde los tiempos de Stalin, sobre todo en sectores claves como la informática, considerados por el padrecito como propios de la ciencia burguesa. La China de Deng Xiaoping, en cambio, inspirada por una propensión materialista y pragmática que está en las venas de su idiosincrasia, y en una búsqueda del equilibro muy propio del taoísmo –el yin y el yang– al tiempo que inauguró la inédita convivencia entre dos sistemas antagónicos –capitalismo y socialismo– liberó las amarras de la ciencia y la tecnología en esos sectores claves, al punto de haber desplazado en algunos aspectos muy concretos de ellos a Estados Unidos.

Hay otro rasgo que podemos considerar determinante para que China esté navegando como pez en el agua en los océanos de la sociedad y la economía tecnotrónica: la milenaria tradición burocrática que la marca desde los tiempos de Qin Shi Huanddi, el primer emperador, y que a su vez se retroalimenta de la exaltación confuciana del conocimiento y de la razón. No en balde, desde hace dos milenios, en la cima de la sociedad china ha estado siempre la casta intelectual-burocrática de los mandarines y compañía, dejando en el segundo lugar de la jerarquía al estamento de la aristocracia feudal y guerrera. Junto a todo esto, además, es decisivo otro rasgo que aportó la doctrina confuciana a China y a las culturas asiáticas en general: la disciplina de trabajo y la obediencia paternal a las autoridades del imperio.

Cuando ponemos en liza estos elementos culturales tan emblemáticos, es difícil darle siquiera el beneficio a la duda al experimento de los Deng Xiaoping del Caribe. Porque Maduro, efectivamente, no es el primero: desde los tiempos del período especial, Fidel, Raúl y ahora el delfín Díaz-Canel han anunciado sucesivos intentos de apertura económica, muy en la vía china, que se han quedado en el camino y, a lo sumo, han concedido solo unas mezquinas libertades a los “cuentapropistas”.

Como en nuestro caso, es difícil esperar un resultado positivo de semejantes aperturas cuando al mando –aquí y allá– está una clase político-mafiosa, que acabó con todo indicio de racionalidad-legal, propio de la clase burocrática y de un Estado de Derecho. Mucho menos viable es el aumento del protagonismo de los tecnócratas y la clase de los intelectuales y profesionales en general, en estos momentos en la última escala de la jerarquía social. Por más prioridades universitarias y motores productivos que se anuncien, ninguna economía productiva y de avanzada podrá florecer en medio de un ordenamiento que se alimenta del caos, y donde mandan los caudillos, las mafias y los militares; en este cuadro no hay espacio para una civilización tecnotrónica ni una economía de mercado competitiva, cuya construcción, por lo demás, demandará un ambiente de convivencia pacífica, además de décadas de paciente reconstrucción e inversión de ingentes recursos en educación, ciencia y tecnología.

A lo sumo, la apertura económica y esta tecnocracia de comiquitas podrá servir -aparte de capturar unas pocas rentas– para consolidar el liderazgo hegemónico de la dupla Maduro-Rodríguez dentro del bloque de poder, y, sobre todo, para que este último desplace definitivamente a Diosdado como la segunda figura del régimen, pavimentando su carrera como sucesor del “hijo de Chávez”. Lo demás son cuentos de camino.

@fidelcanelon

 

 


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