En este mes, Alimenta la Solidaridad alcanza los 200 comedores en todo el país, con lo cual se brinda apoyo a más de 13.400 niños.

El crecimiento de esta iniciativa nos llena de orgullo. Es un logro compartido entre madres, comunidades, voluntarios y aliados, que han hecho crecer este proyecto y reproducirlo en diversos ámbitos. Alrededor de Alimenta también se han desarrollado programas culturales, el rescate de espacios públicos y la realización de talleres de capacitación que han ampliado el alcance del proyecto y sus objetivos iniciales. El programa representa la fuerza de los valores convivenciales, que constituyen el lado más luminoso de nuestro gentilicio y su capacidad para transformar positivamente la realidad.

Estamos abriendo comedores porque queremos un país sin estos hagan falta. Eso significa que los niños puedan estudiar y las comunidades organizarse para ser autosuficientes.

Pero el crecimiento de Alimenta también refleja que la crisis alimentaria y la emergencia que esta ha significado, lejos de disminuir, se ha agravado de forma alarmante.

Y no como fenómeno aislado, sino como parte de una gran crisis sistémica que sacude todos los niveles de nuestra realidad en lo social, económico y político. Alimenta ha crecido sustancialmente en las regiones, acuciado por el colapso de servicios vitales como los de agua, electricidad y gas, inmensas colas para obtener combustible y debacle económica.

De igual forma, la población infantil, de enorme vulnerabilidad en el contexto de la emergencia humanitaria compleja que vivimos, ha venido siendo afectada en formas cada vez más complejas y terribles.

Según datos recabados por Cecodap, para este año alrededor de 1 millón de niños ya han sido dejados en manos de familiares o amigos, porque sus padres han migrado fuera del país. Hogares de acogida y ayuda social de organizaciones religiosas, como los salesianos o las casas Don Bosco, han alertado acerca del aumento de niños entregados por sus padres, ante la imposibilidad de poderlos mantener. Un fenómeno alarmante que también está sucediendo de manera informal, sin el monitoreo de instituciones u organismos públicos, en distintas partes del país.

Estos hechos son muestra de la gravísima emergencia que estamos viviendo, que opaca burbujas económicas y dolarizaciones de facto. Una emergencia que día a día la inmensa mayoría de los venezolanos enfrentamos ante un Estado opresor y violento, privados de nuestros derechos más elementales, sin instituciones con la voluntad y capacidades para apoyarnos.

En este sentido, debemos mantener nuestro llamado a visibilizar el efecto de la crisis que vivimos, y exigir la superación del actual modelo de pobreza y opresión oficial que la promueve y la aprovecha criminalmente. Con mayor importancia, debemos llamar al encuentro organizado de diversos actores sociales alrededor de los graves problemas de la emergencia para enfrentarlos desde la concreción de iniciativas y la creación y fortalecimiento de redes de apoyo y solidaridad.

Superar la crisis no significa solamente cambiar un gobierno, sino un modelo que profundiza la fragmentación y el desencuentro, la exclusión y la desigualdad, la violencia y la sumisión. Reconocer esta realidad es necesario para la creación de una nueva convivencia que nos guíe en las acciones para afrontar la emergencia y construir un nuevo país.


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