“De acuerdo con las estimaciones de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), en 2020 la actividad económica de la República Bolivariana de Venezuela caerá por séptimo año consecutivo, con una contracción del 30%. Entre 2013 y 2019, la dinámica mostrada por el producto interno bruto (PIB) de la economía venezolana, tanto en el sector petrolero como en el no petrolero, se caracterizó por una prolongada y severa contracción, que se estima en 63,4% en ese período. Esta situación se agravó en 2020 por los efectos de la pandemia de coronavirus (covid-19), una aguda escasez de combustible y el endurecimiento de las sanciones impuestas por Estados Unidos al sector público venezolano. La restricción financiera del sector público también ha seguido estrechándose en 2020, como consecuencia de la caída de los ingresos fiscales (petroleros y no petroleros) y la situación de cesación de pagos de la deuda pública externa, lo que ha acentuado la dependencia del financiamiento monetario de la acción fiscal. En materia de inflación, persiste el proceso hiperinflacionario iniciado a finales de 2017, y en septiembre de 2020 el Banco Central de Venezuela (BCV) reportaba que la inflación interanual había sido de 1.813%. En 2021 se anticipa una nueva caída de la actividad económica de 7%, ligada fundamentalmente a un descenso de la actividad de los sectores no petroleros”. Informe de la Comisión Económica para América Latina (Cepal, enero 2021).

En ocasiones, cabe preguntarse cuál es la solución para un gran problema y la respuesta no suele ser de alcance limitado. Debe ser grande, entera, completa, como el problema mismo. De allí deduzco el mensaje del sacerdote jesuita y ciudadano venezolano de excepción, Luis Ugalde, quien recientemente opinó: “La sociedad civil debe entender que sin la salida del régimen no puede haber ninguna mejora”. (En foro de American Society y Council of Americas, el 15 de enero de 2021)

Comedido; el exrector de la UCAB si tomamos en cuenta el contenido de la larga pero insalvable cita que a guisa de acápite me he permitido insertar al comienzo y  su contundencia para explicar el tamaño del desastre, del dramático cuadro macroeconómico que muestra nuestro país, luego de décadas de gobierno chavista, militarista, madurista.

Si extendemos la glosa a otros tópicos conexos, llegamos, sin exageración, a considerar a Venezuela como la víctima de la peor gestión económica del mundo. Si además describimos el escenario social con su pobreza, insalubridad, carencia de gas, gasolina, diesel, agua, servicio eléctrico e insumos tales como alimentos y medicinas, inalcanzables para la gran mayoría y la parálisis disimulada de escuelas, liceos, universidades y como reza arriba por la Cepal, del grueso del aparato económico petrolero y peor aún, no petrolero también, sin seguridad, ni justicia creíble, basta el informe de Provea o aquel otro de Transparencia Internacional, concluiremos, sobriamente por cierto, en nuestra postración, en nuestra agónica condición.

Se oyen, no obstante, pareceres que quisieran acordarse de algún modo con el oficialismo madurista militarista o acaso, con los mentores ideológicos cubanos para iniciar una transición. Entiendo que no encuentran otra vía posible, dado el control del aparato policial y de seguridad que asemeja una boa que nos tiene rodeados y nos aprieta cuando respiramos para acabar nuestra liquidación pero, dudo mucho que podamos lograr lo necesario para liberar al país de la opresión, presión, asfixia económica, social, institucional, daño antropológico sin un cambio verdadero  del Estado, sin otra valoración de la cosa pública, del sentido de la gestión de gobierno que, como un prisma irradie ambiciosamente a la sociedad pública y privada en todos sus aspectos fundamentales. Tendría que ser un muy corto período y me costaría a pesar de ello aceptarlo. Recordando a Heidegger, Ser y tiempo de por medio.

En resumen, no se trata acentuar o suavizar los tonos o grados de lo que se encuentra en el lienzo, para decirlo de alguna manera, sino de pintar otro cuadro, desde una representación de valores, principios y creencias diferente, para que se pueda concretamente arribar a otra mundo, desde una cosmovisión distinta. Debemos salir del pandemónium aprovechando un viento hacia la utopía humanística que, el ideologismo fascista y el cinismo espiritual nos arrebató. Solo un cambio auténtico puede llevarnos a eso.

Algún lector tal vez pensará que mis afirmaciones, por ser tan elementales, serán tan infecundas como genuinas perogrulladas, pero destaco que ya se han visto iluminados que buscan erigir pasarelas para proponer una transición que si durara en el espacio temporal sería como seguir con esto. Cuidado, además, con el manejo de los cambalaches gatopardianos.

La experiencia es conocida y el caso Nicaragua viene a mi memoria. Se eligió a la Chamorro y se prescindió de todos los excesos del sandinismo para, luego volver a alumbrarse de la misma vela y un mediocre como hay pocos, Daniel Ortega, volverse a poner la banda y ahito de la doctrina chavista y madurista, adulterar la institucionalidad y condenar a ese pueblo corajudo y valiente a la tiranía. ¡Mosca con eso!

La tentación pulula en aquellos que navegan por igual en las aguas de lluvia que en las fétidas negras y dispuestos están a cualquier arreglo. Opino que si bien la democracia es el gobierno del pueblo o debería serlo, exige disciplina y control del poder. Viene a mi memoria una cita del profesor y tutor de mi tesis de grado de doctor en Ciencias Políticas, Ricardo Combellas: “La libertad del poder es la arbitrariedad” tomado de Bertrand De Jouvenel.

Si me lo permiten diré que es el momento de un gran golpe de timón porque estamos en el extravío más grande de nuestra historia, ¡asumámoslo!

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@nchittylaroche


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