Escuchando y leyendo las palabras orientadoras de los doctores Gustavo Villasmil, Julio Castro y Rafael Orihuela, ex ministro de Salud en el período democrático, en torno a las acciones necesarias para enfrentar la pandemia del coronavirus y sus señalamientos, con datos, de la precariedad del sistema de salud de Venezuela (solo 84 camas UCI), resulta imposible evitar la indignación con la “pandemia del socialismo del siglo XXI”, dos décadas de desidia y despotismo que una de las asociaciones diásporicas, Venezuelan American Alliance, convertirá en museo virtual.

Período en el cual el régimen “administró”, es un decir, la mayor cantidad de ingresos conocidos en la historia de Venezuela. En lugar de utilizarlos para invertir en el sector eléctrico, o para ampliar y mejorar el sistema de salud, estos pasaron de sus manos a sus bolsillos y a cuentas bancarias en paraísos fiscales. Los saqueadores y la pandemia socialista acabaron con todo y dejan un sistema de salud en la indigencia.

Todavía hay quienes se vanaglorian de formar parte de ese equipo de demolición del país, cuyos inicios se sitúan en los dos sangrientos y fallidos golpes de Estado del año 1992. Ayer, como hoy, usaron los recursos de los venezolanos para sus fines personales y políticos. Los aviones, fusiles, tanques y camiones destinados a resguardar la soberanía nacional se utilizaron para imponer por la fuerza su proyecto, el socialismo del siglo XXI, cuya capacidad corrosiva desconoce límites.

Civiles y militares partícipes de esas intentonas, dizque para hacer frente a la corrupción, hoy pagan penas en cárceles o huyen de la justicia. Pienso en el ex capitán y luego tesorero de la nación, preso en Estados Unidos por haber robado los recursos a los hospitales, a la electricidad y a la seguridad de los venezolanos. La anticorrupción era un pretexto para el saqueo.

Ese inmenso latrocinio lo pagan los ciudadanos con desnutrición, escasez de todo, muerte y una migración forzada de más de 6 millones de venezolanos, superior a la de Siria, país en guerra.  Un dicho anónimo lo resume así: “Nadie se va de su hogar a menos que su casa sea la boca un tiburón”.

Lo sucedido en Venezuela no puede caer en el olvido y esto me hace pensar en la exposición del campo de concentración de Auschwitz, finalizada recientemente. Ella reúne objetos de quienes fueron encerrados y perdieron la vida en los inhumanos barracones del más grande campo de exterminio. Ha sido concebida para recorrer el mundo en los próximos años como una manera de invitar a la reflexión ética sobre un hecho dramático e inhumano.

También viene a mi memoria la reciente exposición de 36 fotografías, de Juan Pedro Revuelta, de dos campos de exterminio humano, Auschwitz/Birkenau, realizada en el Instituto Sefarad en Madrid. Imágenes del horror: pelos, zapatos que “incorporan el instante mismo de la detención, de la muerte” en palabras de los organizadores. Imágenes elocuentes que convocan a evitar el olvido, la desmemoria de millones de vidas cercenadas.

Mientras estas exposiciones mostraban el horror del holocausto, evocaba con indignación el maridaje del ex presidente de Irán  Mahmud Ahmadineyad, quien negaba la existencia de los campos de exterminio, con el difunto presidente de Venezuela. En idéntica dirección se orientan las palabras de uno de los tres vicepresidentes de España, quien decía: “La maquinaria de exterminio se comportaba como cualquier policía que intentara impedir una manifestación en una cumbre mundial o que detiene emigrantes en cualquier ciudad”, una represión normal, pues.

Recordaba que en 2004 la policía allanó el Colegio Hebraica en Caracas, hecho que se repitió el año 2007. En 2009 el canciller Maduro expulsó al embajador de Israel en Venezuela; ese mismo año hombres armados profanan la sinagoga ubicada en Maripérez. Preocupados y enojados por estas señales de odio, nuestro querido profesor y amigo Heinz Sonntag convocó la reunión, en la casa que vence las sombras, en la cual creamos el Observatorio Hannah Arendt. En el año 2010 el difunto exclamó en un vídeo, con gestos suficientemente expresivos, lo siguiente: “Condeno desde el fondo de mi alma y de mis vísceras al Estado de Israel; ¡maldito seas, Estado de Israel!”, “Israel critica mucho a Hitler, nosotros también, pero ellos han hecho algo parecido, qué sé yo si peor a lo que hacían los nazis”.

Palabras y gestos situados en las antípodas de otro presidente, López Contreras, quien dio cobijo a los judíos perseguidos, quienes fueron recibidos por la ciudadanía de Puerto Cabello con las luces de las casas y carros encendidas, en señal de bienvenida. Representaba la fibra humana de los ciudadanos venezolanos.

Se juntaban otras exposiciones en distintos museos y espacios. La exposición del Museo de Arte Moderno de Bogotá (Mambo) de la fotógrafa y forense Teresa Margolles, quien recoge en fotografía y objetos los caminos de la diáspora a través de trochas y piedras del río Táchira en la frontera colombo-venezolana. La exposición fotográfica de Ana María Ferris, No me mires, las imágenes de un secuestro o el fotolibro de Alicia Caldera con figuras de la frontera en la Guajira. Todas ellas muestran el rostro de los problemas y así los humanizan.

Por ello, cuando conocimos el proyecto quedamos maravillados. Una importante y necesaria iniciativa concebida por la diáspora y merecedora de nuestro respaldo. Una forma de luchar contra la desmemoria, para evitar la falsificación o desaparición de la realidad, para darle rostro a la tragedia humanitaria. En una entrevista reciente con Román Lozinski colocaron dos audios del señor Maduro, fingiendo humanidad, mostraba su preocupación por la diáspora cuya existencia negó hace unos pocos meses en las Naciones Unidas.

Los propósitos de este museo y de las exposiciones se nutre de la experiencia museística de otros países: documentar, estudiar, denunciar, difundir, auspiciar proyectos de investigación, mostrar dimensiones desconocidas de la realidad y evitar la desmemoria para impedir el retorno de la barbarie totalitaria. Igualmente, fortalecer la memoria colectiva intersubjetiva, que trasciende los recuerdos. Cuidado con no mirar hacia atrás y olvidar lo ocurrido. Es un medio para reforzar los antídotos con el fin de combatir la pandemia totalitaria. Como la salud, la democracia y las libertades, no se pueden dar por sentado.

Las imágenes fotográficas, las películas, los textos y los documentales le dan rostro a la tragedia humana y a la esperanza. Sirven como mecanismos de reflexión e inclusión social, facilitan la expresión de las emociones y evitan que estas se evaporen como los sueños. Con ellas se inmortaliza lo ocurrido, documentan la historia y son invaluables para la historia. Además, cumplen una función socializadora creando lazos afectivos y emociones, que constituyen el corazón de la política.

La memoria puede resultar muy corta. Lo vemos en quienes hoy, pese a todas las evidencias, enarbolan las banderas del socialismo soviético, cubano o venezolano o del nazismo, responsables de las mayores barbaries y hambrunas de la historia reciente de la humanidad. Por ello hay que insistir con las exposiciones, pues resultan de gran utilidad para estimular la sensibilidad social y una mayor comprensión del otro,  crean espacios para el diálogo y la construcción.

Me preguntaba por los contenidos de este museo. Afortunadamente disponemos de archivos fotográficos, fílmicos, grabaciones de radio y televisión, textos, con informes de lo ocurrido en cada sector, etc. Las fotografías: del horror de la morgue, de las agresiones y asesinatos en las marchas, las de la desnutrición y la escasez, la de los hospitales, ambulatorios, los vacíos módulos de Barrio Adentro, las de los proyectos de hospitales de los que solo hay cemento y cabilla, las cabillas oxidadas y los mojones de cemento de un supuesto tren entre Caracas y Puerto Cabello, figuras de colegios, liceos y universidades, las de la desnutrición y la muerte, las de la diáspora. Las grabaciones hechas a los compatriotas colombianos expulsados en 2015 cuyas casas fueron marcadas como hacían los nazis. Pensaba en las listas del odio, entregadas por orden de no sabemos quién, a Tascón o la otra lista Maisanta, las indignantes escenas del despido del capital humano de Pdvsa, las de la devastación en el Arco Minero, las del cierre de las empresas de Guayana, la de las empresas agrícolas expropiadas y acabadas. En estas exposiciones es preciso incluir a los socios del régimen, quienes ven como niños rollizos a los desnutridos, como una forma de evitar la pandemia global.

Esta ha dejado, además, muchas heridas sociales; su rostro es la precariedad y la miseria, la oscuridad, ha destruido la cultura del trabajo y el mérito y ha reducido a la nada la productividad. Esos espacios del museo deben servir para la reflexión y el diálogo. Denuncian la tragedia humanitaria y reivindican el derecho humano a vivir mejor, en democracia y libertad. Las imágenes, más propias de personas que viven y huyen de un país en guerra, invitan a la solidaridad humana con los venezolanos en el mundo.

@tomaspaez


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