La salida de Directv ha sido la crónica de una muerte anunciada, como el cierre injusto de RCTV.

Un blackout comunicacional de dimensiones catastróficas en la cuarentena del país.

Desde principios de año, la mala noticia sonaba por los pasillos de la empresa, como un secreto a voces, a raíz de las sanciones interpuestas a Raúl Gorrín de Globovisión, cuya señal era cuestionada por el origen de sus fondos.

Estados Unidos exigía el cese de la transmisión del canal 33, así como de Pdvsa TV, para permitir la operación de la compañía ATT en Venezuela, a través de Directv.

Se había resuelto sacar ambos canales de la parrilla de la cablera, pero Conatel y los órganos de propaganda del régimen se negaron a aceptar la realidad de las condenas de la comunidad internacional, obligando a Directv a mantener las transmisiones de las televisoras aludidas en territorio nacional.

Así, el 19 de mayo, ocurre el martes negro en la historia de la radiodifusión venezolana, cuando millones de suscriptores despertaron con el apagón informativo del Estado fallido, lo cual favorece el aislamiento mediático potenciado por la dictadura. Desaparecen cientos de opciones de ver un mundo distinto, de conectarse con las experiencias de culturas diversas del planeta, de evadirse sanamente.

Miles de empleos, directos e indirectos, se pierden de un solo golpe, alentando un clima enrarecido de recesión, crisis, pánico e inestabilidad.

Las rutinas de ciudadanos fueron alteradas en el confinamiento, sin mayor aviso o anestesia.

Las personas de tercera edad, que no son nativos digitales, carecen ahora de una ventana que les brindaba un contenido negado por la propaganda.

Directv llegaba a lugares remotos de las regiones apartadas de la provincia, por la consistencia de su sistema satelital.

Los espectadores encontraron en la programación foránea una manera de migrar y de viajar, desde la comodidad del hogar.

Ante la intoxicación y la autocensura de las plantas locales, los usuarios dejaron de sintonizar los bodrios de VTV y los enlatados de la telebasura roja, recalentados al gusto de la inteligencia cubana.

Frente al abuso autoritario de las cadenas de Nicolás, los consumidores podían hacer magia con su control de mando, al buscar refugio en un documental de NatGeo, en un serie dramática de HBO, en un partido de fútbol de ESPN, en una telenovela o en un videoclip de la cultura pop.

La izquierda sembró, en las mentes idiotizadas de estudiantes y profesores universitarios, un prejuicio obsoleto contra la “caja boba”, a partir de investigaciones y teorías moralistas de viejos herederos de la escuela de Frankfurt.

De ahí nacieron los criterios infames que redactarían las leyes resorte y “antiodio”, destinadas a reprimir los mensajes y la libertad de expresión de los emisores independientes.

En el marco de la Constitución chavista, las compañías de cable como Directv recibieron el equivalente a un filtro, a un código parental de Black Mirror, capaz de bajar y tumbar canales incómodos, a la discreción de los inquisidores de Conatel.

Por tal motivo, la tiranía logró bloquear el trabajo de diferentes medios de comunicación que apoyan la causa de la oposición venezolana.

Paradójicamente, el despotismo del siglo XXI instrumentó la señal de Directv para llegar a las casas de abonados y clientes, quienes huyen de las insidiosas alocuciones de Jorge y Delcy Rodríguez.

Escribo el artículo en momentos oscuros y aciagos para todos. Me considero una de las víctimas de uno de los miles de problemas de la semana. Culpa de la arrogancia y de la política segregacionista de la banda del PSUV.

Espero el regreso de Directv, para seguir viendo y comentando películas, así como aguardo por el regreso de la democracia.


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