Licenciado:

Por medio de la presente me dirijo a usted con el fin de participarle mi renuncia irrevocable, bien irrevocable, a mi cargo de ayudante de la secretaria de su asistente personal.

No es por lo que dice mi papá: “¡Y que haber estudiado una carrera en la universidad para terminar de recepcionista y correveidile!”.  No, no es por eso, sino por lo que usted dijo el día en que yo llegué:  “Patricia, Elena, díganle a la muchacha del vestido marrón que me traiga café”.  ¿Ya me ubicó?  Ése era mi mejor vestido de trabajo y no me lo volví a poner más. Pero aquí todo siguió siendo:  “Patricia, Elena y la muchacha del vestido marrón”.

Tengo más de tres meses llevándole su café todas las mañanas, un cappuccino que me enseñaron a hacer siguiendo sus instrucciones exactas, y se lo pongo en su escritorio y me quedo para ver cómo se le llenan de espuma los bigotes.  Usted no levanta la vista sino que murmura algo.  No sé si me da las gracias, pero yo no me muevo esperando a que usted me mire… al menos un segundito.  No sé si se da cuenta de cuando salgo llevándome su taza vacía.  Pero qué importa, ¿verdad?, para usted es costumbre ser observado. No, “observado” no, “admirado”.  Y es que yo nunca había estado frente a un hombre tan distinguido, tan culto, tan agua de colonia todo usted.  Licenciado, usted está siempre como recién bañado y no se arruga; nada lo despeina ni lo altera.  Usted es como una estatua griega, pero con ropa carísima.  Y yo lo oigo cuando usted habla por teléfono con sus amigas, con sus novias y hasta con su ex esposa.  Usted tan fino, tan gentil, tan caballeroso.  Si al menos alguna vez me hubiese visto a mí.  No me tenía que hablar, sólo verme a los ojos.  Una miradita y hubiera sabido.

Yo estoy enamorada de usted.

Sí, ya está, ya lo escribí. Se lo he querido decir desde que empecé a soñar con usted. Conmigo y con usted. ¡Y si le contara mis sueños, Licenciado! Mis fantasías. No tiene idea de lo que soy capaz de imaginar. Pero sólo con usted y conmigo, con nadie más.

Hoy cumplo quince días quedándome para trabajar horas extra. Es mentira lo de las horas extra.  Me siento en su sillón de cuero, prendo su lamparita verde, pongo un montón de hojas en blanco sobre su escritorio, tomo su pluma fuente –tan pesada, tan varonil- y no puedo evitar cerrar los ojos y olerla.  Es usted.  Usted allí en la palma de mi mano, en mi respiración.  Mío. Eso es lo más cerca que yo lo he tenido.

El motivo de esta despedida -irreversible y oficial-, es que usted no sabe que yo existo. Ya le he escrito catorce cartas de renuncia; cartas que después me dan pánico y rasgo en mil pedacitos y voy botando en distintas papeleras una vez que huyo de aquí.  Pero hoy sí me armé de valor para dejarle ésta.  Hoy sí. ¿Por qué? Porque hoy es mi cumpleaños. Estoy cumpliendo veintidós. Me gustan las violetas, los caramelos de miel y los libros de pintores famosos. Y usted no sabe cómo me llamo y tampoco le importa.

Ya es de noche y sigo en su oficina redactando mi renuncia definitiva. Última vez que escribo con su pluma fuente. Mis palabras van en azul-usted, azul mar profundo, azul de cielo sin estrellas; y llevan una tinta que me diluye.

Lo adoro y eso me hace demasiado daño, así que renuncio a usted, porque usted es un imposible… Y aquí estaré mañana sin falta, haciéndole su café y escribiendo otra carta de renuncia que también voy a romper.

Sin otro particular al que hacer referencia,

Atentamente,

 

La muchacha del vestido marrón

 

@carolinaespada

 

Tercer premio del concurso “Cartas de Amor de Montblanc” (Caracas, 2012).

Segundo premio, Susana González Rico. Primer premio, Albio Vivas.

 


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