Quizá meta la pata publicando lo aquí expuesto. El pesimismo y el desaliento de la gente, estimulados por el caballo de Troya de la negociación y los comicios a toda costa, así como la manipulación informativa a cargo del aparato propagandístico del gobierno de facto y el bombardeo sistemático de posverdades y fake news de cómplices malgre eux, atrincherados en Facebook, Twitter y otras madrigueras virtuales, impiden opinar sin prejuicios sobre la movilización de ayer sábado. En lo tocante al atrevimiento de meter mi cuchara en un evento por realizarse si las circunstancias lo permiten y escribir al respecto, se trata, si no de un ejercicio de futurología —la mejor manera de predecir el futuro es inventarlo—, al menos de adivinación, a pesar del peso del pasado y de la tormenta libertaria desatada en Bolivia, cuyos vientos huracanados insuflan nuevos alientos a la lucha por poner término al írrito mandato de Nicolás Maduro.

Este batallar fue puesto en cuestión en el seno mismo del legítimo Parlamento, al iniciarse un burocrático tejemaneje orientado a conformar la Comisión Preliminar responsable de designar el Comité de Postulaciones Electorales encargado de seleccionar a los nuevos rectores del CNE, ¡uf! Concedámosles, no obstante, el beneficio de la duda al presidente Guaidó y a la diputación democrática, evitemos perder el juicio en el laberinto de las sospechas y aprensiones, y veamos en la iniciativa un trámite de nunca acabar, pensado con el propósito de mantener en vilo sine die a quienes desertaron de sus curules y regresaron al Capitolio con la pretensión de sentar pautas de buena conducta.

Pero, volvamos al oscuro objeto de mis deseos. Lamenté no tener acceso a una bola de cristal ni saber interpretar los sueños o leer presagios en las cartas del tarot, el vuelo de los pájaros o el fondo de una taza de café. No me aboqué a la videncia mediante la observación del color y forma de las cebollas, porque la cromniomancia —nombre de esta práctica— me haría llorar, y vislumbrar el porvenir en las burbujas de una copa de champagne es un lujo impagable. El vaticinio en política no es asunto de magia o brujería, pienso, sino de sentido común. Dejemos de lado profecías impregnadas de pensamiento ilusorio y enfoquémonos en las analogías y discrepancias entre el acontecer nacional y los sucesos de la república consentida del Libertador.

Bolivia es el espejo donde se mira hoy el venezolano musitando si allí se pudo, aquí también; no es, pues, insensato atribuir a la rebeldía boliviana un efecto potenciador del rechazo al reyecito y su corrupta corte; sin embargo, antes de exhumar de las páginas rosadas del Pequeño Larousse Ilustrado la expresión Barbam propinqui radere, heus, cum videris, prabe lavandos barbula prudens pilos —Cuando las barbas de tu vecino veas afeitar, pon las tuyas a remojar, en castellano silvestre y vulgar—, o encender velas a los santos Miguel Arcángel, Jorge, Expedito e Ignacio y a las santas Bárbara y Juana de Arco, patronos y patronas de soldados y guerreros, rogándoles iluminen y alebresten la conciencia de nuestros militares y, en sintonía con el ejemplo boliviano, cumplan su deber en tanto salvaguardas juramentados de la democracia, la Constitución y el Estado de Derecho, debemos tener presente algunos peros, ¡siempre habrá peros!: Potosí es nostálgico recuerdo de un pretérito plateado y no el dorado Arco Minero guayanés; Evo Morales no es Nicolás Maduro ni Vladimir Padrino es Williams Kalimán (el acento es por si acaso, a fin de no confundirle con el superhéroe creado por Modesto Vázquez González para la radio mexicana y versionado en cómic de alto tiraje en Centroamérica por Víctor Fox y Clem Uribe). Tampoco Jeanine Áñez es Pedro Carmona Estanga, así se le parezca.

Y si los reparos no bastan, echemos manos nuevamente de la muy prostituida frase escrita al inicio del primer capítulo del 18 brumario de Luis Bonaparte por el demiurgo del materialismo herr Karl Heinrich Marx —Quousque tándem abutare, Carlucho, patientia nostra?—, reproducida a continuación en su totalidad: “Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa”. En las ecuaciones de Bolivia y Venezuela hay dos incógnitas para despejar: ¿vacío de poder?, ¿golpe de Estado? En ambos casos, la respuesta depende del observador y su postura política.

¿Constituirían la insurgencia popular contra un fraude electoral mayúsculo e inocultable y la renuncia del presidente indígena la versión dramática del sainete escenificado aquí en abril de 2002? Es arriesgado responder afirmativamente porque los dolientes del depuesto cocalero todavía se retuercen como serpiente decapitada. Hay, desde luego, al menos un paralelismo. En aquella oportunidad, el ministro de Defensa, oficial del Ejército ascendido a general en jefe por la bravura demostrada en la campaña de adulación a la caricatura bolivariana entonces aposentada en Miraflores, y nominado con la gracia del culto evangelista tenido en la blasfema y salaz jodienda criolla por famélico crónico y vaginófago insaciable, anunció urbe et  orbi la renuncia del santón de Sabaneta, “la cual aceptó” —en nota al pie de la última cuarteta de Las Celestiales, Iñaki de Errandonea, S. J., alter ego de Miguel Otero Silva, se confiesa sorprendido por lo de “muerto de hambre y harto de cucas”, pues estas sabrosas acemitas más bien hubiesen hecho engordar al discípulo y médico de cabecera de Pablo de Tarso—.

Nuestro Lucas, el del Rincón no era galeno, por eso el remedio de la dimisión agravó el mal de Chávez y aquí estamos, casi 20 años después, rememorando una  comedia de errores, archivada en la memoria colectiva como “carmonazo”, aumentativo y despectivo nombre —iba a poner sustantivo, mas eran muchos ivos—, a la medida del patético y efímero mandato del hombre de Fedecámaras y, se conjetura, marioneta del empresario Isaac Pérez Recao, de quien se sabe fue asesor de inteligencia y operaciones especiales del Ministerio de Justicia bajo la chiripera gestión de Rafael Caldera y es reputado en leyendas urbanas como una de las primeras personas, junto al general Ovidio Poggioli, en acudir al rescate de los afectados por la terribles inundaciones de 1999 en el estado Vargas. Me extravío en los meandros del torrencial río de recuerdos de la oportunidad perdida por el ejercicio oportunista y chapucero de la política. A Lucas Rincón se le premió con una embajada y quién sabe dónde andará ahora. Raúl Baduel, héroe y deus ex machina de la reconquista, fue anatemizado y encarcelado por su compadre Hugo, y vilipendiado y degradado por el usurpador.

Los tiempos han cambiado y si la oposición democrática ha madurado lo suficiente y colocó a la unidad por encima de los intereses y ambiciones grupales y personales, lo de ayer ha debido ser el ansiado principio del fin. Si los actores de este crucial episodio, animados por la onda expansiva del terremoto boliviano y encabezados por el presidente Guaidó en papel estelar, interpretaron sus roles a cabalidad, las manifestaciones de ayer no deben haber degenerado en mojigangas y la ciudadanía volcada a las calles pudo haberle callado la jeta a Cabello y sus bravuconadas —“quienes piensen comerse la luz este 16 de noviembre irán derechito a Ramo Verde”— y a Maduro y su flagrante violación del derecho de disentir y de protestar —¡quien salga a la calle sin permiso, será detenido!; he dado instrucciones, bla, bla, bla y más bla—. De ser así, enmendaríamos la plana a Marx, haciendo historia en clave de epopeya. Civil, naturalmente, aunque la fuerza armada nacional —en minúsculas hasta tanto no supere su condición de sostén de matones y facinerosos, cual el antediluviano cabecilla de la comunal prostituyente—, si dejase de ser piedra de tranca, tendría vela en el entierro del nicochavismo y recuperaría el prestigio perdido. Los tiempos han cambiado y también la dirección e intensidad de los vientos. Los partes meteorológicos rojos solo dan cuenta de una imaginaria brisa bolivariana soplando en dirección al Cono Sur y omiten el huracán libertario proveniente del altiplano andino. Este se ha hecho sentir en el país con inusitada fuerza y el viernes, en horas de la mañana, El Nacional informaba: “A pocas horas del 16 de noviembre, ciudadanos tomaron las calles de Caracas”. Si así llueve, que no escampe, me dije antes de rubricar estas líneas.

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